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![]() La luna se sonroja y desvía la vista hacia la Carrera del Darro temerosa de haber sido descubierta al descifrar, en una de las esquinas, escondido, al Rey Chico rasgando el paisaje, al pie de la Cuesta de los Chinos, bajo bellos cármenes aún no mancillados. Y allí está, estrecha y empedrada, la Carrera del Darro o, como antes se conocía, Carrera de la Puerta de Guadix. Encamina sus pasos lentamente, nostálgica por el abandono de uno de los nombres más preciosos que hay, como se conoce el Paseo Padre Manjón, Paseo de los Tristes, donde se refugian los que no supimos llegar a ningún sitio. Avanza lentamente tras el sonido ya casi apagado de las chirimías y ministriles, del trotar de los caballos, del bullicio provocado por los toros, por las cañas y sortijas. Pronto se encuentra imbuida por las casas señoriales, por los conventos, como el de Zafra. Tras un destello, se apresura hacia el Bañuelo, recogido en su rincón, sin aspavientos, pero el estallido del polvorín situado en la Iglesia de San Pedro la detiene y corre rápido a refugiarse en el Museo Arqueológico, tristemente desconocido. Y despierta, y nos mira, y nos envidia. ![]() Nos envidia a los que hemos entrado, por la noche, amparados por la suave luz de los desamparados, la luz que nunca prende, que nunca deslumbra, que siempre llora. A los que hemos comenzado nuestro peregrinaje por esa calle estrecha y empedrada, a contracorriente del río, como siempre tiene que ser, y nos hemos ido abandonando puente tras puente, contemplando los sueños que nunca se cumplen; los que hemos respirado profundamente y hemos sido arrastrados al Paseo de los Tristes, bajo la Alhambra iluminada, al pie del Albayzín, en la frontera del Sacromonte, y nos perdimos para siempre.
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Revista de Cultura Lenguas de Fuego - ISSN 1886-3027
Última actualización: 1 de abril de 2008 |