Nos llega el remake de una obra de hace diez años, tal vez no la mejor del austríaco de origen alemán Michael Haneke, pero sin duda una que no nos dejará indiferentes.

Esta película no puede ser valorada por la presencia de público, es decir, los números de taquilla no influirán de forma determinante en su éxito, sino el tanto por ciento de público que abandone la sala asqueada por tanta violencia, no una del tipo sangriento -dicho queda para los que sean más sensibles-.

Quienes ya vieran en su momento el original no van a encontrar nada nuevo ya que es una copia casi perfecta; los que no han tenido oportunidad se les presenta la ocasión de encontrar toda la ira presentada para el gran público (se rodó en inglés) en este film de terror que, en palabras del director, sólo aguantarán hasta el final quienes estén necesitados de la violencia que expresa.

Dos horas de película que cuenta con Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbet y Devon Gearthart. Y digo que cuenta con ellos porque es lo que va a diferenciar el original de 1997 con éste.

Fuera de más excusas, aunque resulte una película que produzca un enorme desasosiego, se la recomiendo encarecidamente, incluso a los que hayan visto la primera porque encontrarán ciertos matices en los personajes que los conseguirán pertubar. A fin de cuentas, para algunos diez años no es nada, menos para un planteamiento más que interesante.


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