Archivo de 30 Marzo 2008

Con ruido de máquina milenaria, el mecanismo de acero del ascensor se pone en funcionamiento. Dentro, las miradas cruzadas de gente desconocida aunque familiares ya por la rutina, intentan no encontrarse más allá del segundo de cortesía del “Buenos días”, incómodas.

Primera, segunda, tercera planta.

 

Cada cual tiene su libro, su canción, su película. Quizás por habernos deslumbrado en un momento o quizás porque fue el momento el que deslumbró a la pieza artística, queda grabada en nuestra memoria como algo tal vez agradable y entretenido, tal vez aburrido y repulsivo, hasta que en otra ocasión tomamos de nuevo ese libro entre nuestras manos, escuchamos otra vez aquella canción o volvemos a ver una película y, oh milagro, ha cambiado.

Cada uno de nosotros, cada uno de los miembros de ese ascensor tiene sensaciones y recuerdos con cada película que ha visto. Ahí está el objetivo de esta página que se abre como una voz entre tantas y para que otras voces se unan a ella: no sólo hacer una crítica de cada filme, sino más allá comentar lo que significó para cada uno y cómo se manifestó en el cuerpo de cada cual.

 

Cuarta, quinta, sexta…

Se acerca el destino del viaje. Es hora de coger la barra y colocarla entre las hojas del metal de la puerta, deteniendo a la máquina ascendente entre la séptima y la octava planta.

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