Archivo de 21 Abril 2008

Ella se enloquece a veces. Todos nos enloquecemos a veces. ¿Usted no?

¿Por qué Marion Crane tiene siempre que tomar esa salida y dirigirse al mal iluminado Motel Bates?

Es la pregunta eterna, la que aparece siempre, una y otra vez, cada vez que se vislumbra entre la lluvia el siniestro lugar. Innumerables veces nos ha guiado la cámara de Hitchcock por la cuerda tensa que recorre el camino desde el Hotel donde Marion yace con su amante hasta el Motel Bates, pasando por su oficina donde atrapa el dinero y por la carretera por la que huye, sin destino concreto, sin planes hechos y, lastimosamente, sin futuro. Siempre siendo cómplices del robo cometido por un ser casi angelical, engañados por su belleza y candidez que esconden su avaricia inmensa, máscara del pecado del género humano. Siempre evitando que penetre en el Motel, donde todo es terror y sordidez.

Hay un antes y un después en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) a partir del desvío de esa carretera. Ese punto de inflexión comienza a vislumbrarse desde que aparece el inquietante Norman Bates en escena, y se fragua en lo material con el celebérrimo asesinato en la ducha: allí donde, mediante planos consecutivos de la más diversa índole y estridente música de cuchillos se plasma la perfección del cine -allí donde, por cierto, la sangre que va dirigiéndose al sumidero no es sangre, sino chocolate-.

Desde esa distancia con los personajes, también visible en Los Pájaros, Hitchcock nos hace empatizar con ellos, incluído el trastornado de Bates. Así, se nos atraganta la escena en la que se deshace del cadáver, del mismo modo, lento y torpe, en que su coche es engullido por el fango. En ese descenso somos el mismo Bates y corremos su misma suerte, hundiéndonos en lo más escabroso como lo hace el auto en el barro. Incluso tratamos de comprenderlo, exculparlo e incluso nos cegamos ante la clara realidad acerca de la autenticidad de su madre, implorando que ese ser vil exista realmente, que no sea el criminal ese Norman tímido y protector que creemos conocer.

Norman, sin embargo, es el autor de los hechos, si bien sólo material, ya que la autora intelectual es su mente enferma de psicópata (que no de psicótico, como reza el título del filme). El raro trastorno que Bates tiene -de identidad disociativa o personalidad múltiple- es tan infrecuente que hoy día no se considera como tal en países distintos a Estados Unidos, y quizás -por qué no-, sea sólo una escapatoria que su insanidad pretende crear, recordando aquí al magnífico Edward Norton en Las dos Caras de la Verdad. Pero eso sólo lo saben los ojos cristalinos de sus animales disecados.

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