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Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia está en otra parte. (André Breton, “Manifiesto del Surrealismo”)

El Ángel Exterminador (Luis Buñuel, 1962) es quizás uno de esos últimos bandazos de uno de los “ismos” con más repercusión en su día: el surrealismo. Ya desde el mismo título (que Buñuel tomó prestado de Bergamín) se apunta en la dirección del sinsentido, puesto que no tiene absolutamente nada que ver con el interior de la obra, siendo algo terriblemente casual, como lo pudo ser “El Perro Andaluz” o el “El Otoño en Pekín” de Boris Vian. La presencia de ángeles es recurrente pero sólo a modo ornamental del salón, una cárcel rodeada de símbolos religiosos -como al final lo será de igual modo la iglesia-, quizás como referencia de que el hombre puede ser víctima de sus creencias, quedar atrapado por ellas, ser dominado por ellas.

La película y el mismo encierro son una excusa para narrar el triunfo de los instintos frente al raciocinio. Para ello Buñuel toma como víctimas a la más alta clase social, la más racional y conservadora y por tanto la menos tendente a caer en el abismo de las pasiones. Frente a la insanidad estúpida que trae el encantamiento de la reclusión sin barreras, la única voz que persiste cuerda es la del médico (símbolo usado en distintas obras como ejemplo de cordura), el silencio alucinado y lógico de la Valkiria virgen (por tanto, desconocedora de los bajos instintos) y el acto heróico del suicidio de la pareja que espera en pocos días su boda y que prefiere morir junta y amándose a verse arrastrada por la marea de locura imperante. Los reclusos pierden cualquier amor por la formalidad, cayendo cada vez más: primero algunos se quedan semidesnudos para su mayor comodidad y para gran vergüenza de los demás, reprobatorios de tal actitud; luego no tienen pudor en asearse delante de los demás (afeitarse y, sobre todo, cortarse las uñas, se convierten en imágenes repulsivas pese a su normalidad); incluso se atropellan para conseguir lo más básico: el agua. Esta locura alucinante se propaga fuera de la casa a los ciudadanos, que quieren ver qué ocurre dentro (algo terrible seguro) pero que no se atreven a entrar. Entre éstos, se encuentra casi a totalidad del servicio del hogar que, con un arrebato visionario, lo abandonan la misma noche que sobre él cayó el embrujo.

El surrealismo tuvo cierto auge gracias a la obra de Dalí, las teorías psicoanalíticas (que no son surrealistas pero que ahondan en lo onírico) otros movimientos como el Dadaísmo y el propio Luis Buñuel. Una de las utopías de las que parte es la de narrar pasajes sin tener conexión con las anteriores experiencias del sujeto. Esto sería como hacer hojas sueltas de un árbol cortando las raíces de las que ha crecido, olvidando a éstas sin más. De hecho, Buñuel tira, consciente o inconscientemente, de sus recuerdos y de su propia experiencia, como su grata estancia entre los Jesuitas o la alegoría de los corderos, el animal sagrado que tanto aquí como en el Apocalipsis es sacrificado. Para dar un toque más onírico e irreal aún, Buñuel acude a un recurso innovador y desconcertante: la repetición de escenas, haciéndolo desde diversos ángulos (la entrada de la comitiva en un picado y en un contrapicado), con diversos resultados (el brindis, primero atendido luego desatendido) o con distintos personajes (las escenas en las que se afeitan).

El sueño claustrofóbico se desmonta de la misma forma absurda en que comenzó, por un motivo tan nimio como la colocación de los personajes en el escenario, que han sido tratados o tomados como figuras de una “partida de ajedrez”. Así, los protagonistas pueden salir de ese edificio número 1109 (siniestra profecía de los ataques de Nueva York, locura infinita del alma humana), recuperarse y de nuevo verse encerrados, esta vez en una iglesia, protegida por la policía de las enloquecidas masas, contagiadas por algo desconocido, y a la que se dirigen para ser otra vez sacrificados en buen número de corderos.

Religión, caída en la más bajo del ser humano, parábola de nuestro comportamiento… todo puede ser explicado… o tal vez no. Porque, tanto el surrealismo como la propia película son algo que, en palabras de Buñuel, “no tienen explicación alguna”. Quizás esa sea la gracia de este movimiento. O quizás sí tenga explicación y la quieran esconder (tanto consciente como inconscientemente), y esa broma ingente sea realmente la gracia del surrealismo.

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