En breve se incorporará a esta sección otro blog para completar la revista; ese será, como muy tarde, el momento que hemos decidido que Crónicas de Elvira finalice esta etapa porque su autor, o sea yo, quiere dedicar parte de su tiempo a otros menesteres. Así que, aunque uno no es ni caballeroso ni educado ni nada de nada, he creído oportuno despedirme de la gran mayoría de ustedes, que en realidad son bastantes pocos.
Estoy completamente seguro de que poco a poco se irán incorporando más blogs que completarán la revista y que irán aportando más puntos de vista, posiblemente constructivos y no destructivos como el mío.
La verdad es que estoy enrollándome para que esto sea más largo pero, sinceramente, no tengo nada que decirles, sólo adiós.
Es curioso cómo la gente habla muchas veces por la sencilla razón de escuchar su propia voz, por irrumpir en ese silencio que consideran atroz para el transcurrir normalizado de su espíritu sociable, sin darse apenas cuenta de que en multitud de ocasiones el silencio es lo adecuado. Las conversaciones se llenan con silencios, en la vida se buscan los silencios, el yo necesita el silencio; sin embargo muchos parecen negarse a dejarte disfrutar de tal estado y hacen que sus estridentes palabras resuenen en el vacío de cualquier lugar. Debe haber alguna ley no escrita en la que se regule que siempre hay que decir algo, que no importa que tus necedades sean incluso molestas al oído de tus no contertulios, de lo que se trata es de que tu voz se alce con sus miserias e idioteces para rellenar un mundo en el que existe la norma estúpida de que si no tienes nada que decir, no hables, en un universo en el que si el silencio es más bello que tus palabras, no lo rompas y disfruta.
En multitud de ocasiones envidio a la gente que veo tomarse una simple cerveza en torno a una mesa, siempre pienso que yo, que en ese momento no puedo, en cuanto tenga tiempo voy a hacerlo; no obstante, cuando llega la ocasión, nunca puedo ensalzar esos breves instantes porque mi grado de satisfacción no llega al imaginado. Hoy, por fin, me he dado cuenta de cuál es el problema: las palabras vacuas. La gente se encuentra en la necesidad de hablar, creen que su obligación es cubrir esos momentos con sus palabras hueras, se sienten violentos por el simple hecho de que si no hay nada que decir, es mejor callar, otra forma de hablar, y no rasgar una situación que para otros es agradable.
Igual ocurre cuando cuentas algo que te ha ocurrido, algún problema del trabajo o similar; la necesidad de opinar es tan alarmantemente superior al hecho de sólo escuchar que prácticamente todos te dan su opinión, su punto de vista, sobre algo que no les importa lo más mínimo. Aparentemente es incomprensible que alguien necesite que le escuchen, no que le aconsejen ni que les comente, sólo sentirse comprendidos. Es como si, cuando te comunican algo, necesitases ponerte en un plano superior, en un nivel de consejero que nadie te ha otorgado, mientras piensas joder, lo mío sí es grave, lo mío sí son problemas, no los de éste, para siempre soltar una parrafada en plan místico y sobrado, como una demostración de que uno sí conoce el mundo y no el subnormal ahogado por sus penas que no nos ha pedido consejo sino que simplemente necesita desahogarse.
Muy parecido es el caso de las discusiones, cuando se habla de algo y una voz responde dando una opinión llena de desconocimiento como queriendo demostrar que es un ser pensante sin tener en cuenta que el hablar sin saber contradice ese tipo de ser. Hay una necesidad extrema de hacerse notar, de dar una imagen de lo que uno cree de si mismo, vacilando entre el mundo de la sociabilidad y el de la incoherencia e inoportunidad.
De todas maneras, para mí, las peores son las palabras que quieren enaltecernos, las que apuntan hacia un estado de abstracción sublime que creemos nos transportan a un mundo intelectual, a una transmigración de sonidos guturales que intentamos aparenten ser muestras de nuestra entelequia por la sencilla razón de que lo incomprensible, lo superfluamente culto o las referencias aristotélicas y demás (como diría un escritor que conozco que no escribe) nos confieren cierto grado de superioridad.
Sé que el alma bella murió hace ya demasiado tiempo, sé que a todos se nos valora por lo que aparentamos, nunca por lo que somos, sé que yo nunca despertaré admiración en la gente que me conoce pero me niego a moldear las palabras sencillas, me niego a no dejar transcurrir los silencios hermosos, me niego a desgarrar unos breves instantes si no es con unas palabras bellas.
Como lo prometido es deuda aquí tienen dos vídeos que he grabado del concierto de Silvio Rodríguez en el Palacio de Congresos de Granada. Como Gotardo no ha podido ir, que sabe de música bastante más que yo, como de casi todo, no va a haber crítica musical puesto que no entiendo de eso y, en el caso de que no fuese así, no tengo ganas ya que estoy de mala hostia. Como resumen les diré que el concierto ha estado bien, sin muchos más aspavientos, aunque es más que probable que si le preguntan a cualquier otro de los allí presenten se masturben mientras se lo cuentan a la voz de ¡Viva Cuba!. Como yo me cago en la puta madre que parió a Fidel Castro y en todos los dictadores de mierda, he decidido no colgar la canción que seguramente ustedes querrían escuchar, Ojalá, que podrán encontrar fácilmente en el youtube; la razón es bien sencilla: cuando Silvio le dedique la canción a su amado Castro, yo cambiaré mi forma de pensar pero sigo sin comprender muy bien cómo se puede atacar a Pinochet, otro cabrón sin duda, y defender a alguien que aniquila a su pueblo.
Hoy el público me ha sorprendido, quitando a los subnormales habituales. Como no puede ser de otra manera, ha habido gritos procubanos, profidel y determinadas aclamaciones al Ché cuando Silvio ha comentado que se estaba recordando su muerte. La gran mayoría, quizá yo lo he visto mal, no ha aplaudido, lo cual me mola porque ya va siendo hora, tal vez edad y cultura, de que en Cuba lo único que se puede hacer es intentar sobrevivir, que Fidel Castro es un dictador, un asesino, un simple latifundista de pacotilla, un mecenas de la corrupción, y el Ché fue un deficiente mental que pretendía llegar a una utopía con una mentalidad de adolescente, un mártir que ni tan siquiera supo morir con una frase original y que si siguiese vivo tendría todas las papeletas de ser otro tirano igual que su compañero de inmundicias. No confundan; no soy de derechas, ni de centro izquierda; soy rojo excepto porque creo que todo el mundo es malo por naturaleza, la única diferencia con quien piensa distinto respecto a lo que he dicho es que yo tengo más cultura y soy más inteligente -si creen que soy un nazi por eso, piensen que soy Fidel-.
Les pongo los vídeos ya que tanto tiempo sin ver dibujos puede llegar a afectar a muchos:
Tal vez el paso de los años no perdone, no lo sé, pero el caso es que ya no es lo mismo. Descubrí a Silvio cuando estaba en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada, allá por el año 1995, y al poco sonaba en cada rincón de los lugares donde me movía. Nunca pude ver un concierto de él en directo pero rara era la vez en que sus letras y su música no aparecían en las jornadas en favor de Cuba, cuando uno todavía creía ciertas cosas, y en las que Saramago, sin su Nobel todavía, nos hablaba y adoctrinaba. Pero Silvio no fue sólo eso, fue mucho más; fue una etapa de una vida, unos años, siempre unidos en cierta forma al mundo universitario, de la que guardo pocos recuerdos gratos … pero todo eso es una historia que ni a ustedes les interesa ni que yo vaya a contar.
Ya saben que nunca suelo escribir sobre nada personal, mi vida se mantiene lo más lejos posible de los textos que publico aunque algunos crean que en ocasiones no es así, sin embargo es la ventaja de saber mentir bien. También saben que suelo ser un poco bastante hijo de puta, un cabroncete que normalmente hace muchas cosas con la única finalidad de molestar. Si uniesen ambas ideas, no tardarían en darse cuenta de que por un lado, voy a hablar de mi vida privada, es decir, escribo estas líneas para contarles que no puedo entretenerme mucho porque tengo que ducharme e irme al concierto que da Silvio Rodríguez aquí en Granada, en el Palacio de Congresos, dentro de un par de horas; por otra parte, y siguiendo con las líneas marcadas al principio, sepan que sólo comento esto por joder al que no vaya porque no haya podido conseguir entrada, tal y como estaba yo hace diez minutos.
En el improbable caso de que consiga grabar alguna canción, no duden que la compartiré con ustedes aunque la mayoría me caigan tan mal como yo a ellos.