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Archivo de 4 Diciembre 2007

El caminante

Entre una débil niebla mañanera se vislumbró al caminante, entre la insignificante espesura del valle, vagando por el pequeño sendero que conducía hacia la choza del ermitaño. Sus pasos mostraban el eterno cansancio del tiempo que nunca cubre nuestras vidas; lentamente dibujaba su zigzaguear por la macilenta tierra que muchas noches cobijó su cuerpo amparado por la belleza de la luna y de las estrellas, las cuales palpitaban en ese cielo sombrío dibujando un destino que ya sabía imperecedero. Su mirada apenas se levantaba de su propio caminar puesto que poco o nada le quedaba por ver; sus ojos habían recorrido todos los lugares del mundo que existen, existieron y existirán, en ese cruento destierro que solamente pueden sufrir las almas que ya no peregrinan.
El ermitaño, sorprendido por la presencia humana en aquel valle alejado de cualquier mundo, fijó su esperar en él con esa ansia de la reflexión no mostrada. Con su corpulento cuerpo intentaba aligerar los pasos del viajero, con leves impulsos de sus fornidas piernas, acostumbradas a las pesadas cargas de la soledad, pretendía aumentar el discurrir del tiempo para que, a la mayor brevedad, se encontrase ante él el extraño. Su mente no paraba de discurrir qué debería hacer, cómo debería comportarse. Su ego le impulsaba a hablar con él, convertirse en su guía para que allá donde fuese contase que se encontró con un humilde ermitaño que se convirtió en un gurú para él; quién sabe si, en caso de ser una persona interesante, no le daría cobijo y alimento, no le daría descanso, del cual seguramente tan falto estaba, y mientras reposaba el cuerpo hastiado de tantos sinsabores, poderse explayar con sus conocimientos adquiridos en el silencio. Tal vez lo mejor sería ignorarlo al principio para aumentar así el interés;sí, él estará ávido de contacto humano, él estará deseoso de recibir alguna ayuda y pronto abrirá sus brazos por la necesidad, más aún cuando conozca la humilde vida de un eremita entregado a la reflexión, al conocimiento del mundo, a los saberes de la naturaleza y del hombre que habita en ella.
En estos pensamientos nuestro viajero estuvo a punto de sorprender al filósofo; rápidamente se volvió hacia su choza intentando aparentar el mayor de los desprecios; cogió su pesada azada con una mano y un enorme saco con la otra imitando continuar con sus quehaceres cotidianos, insinuando que ninguna presencia, por extraña que fuese, podría apartarlo de su intimidad. Contento de su actuación y seguro del efecto causado ya que era gran conocedor del género humano, se dirigió como en una letanía hacia sus labores observando con el rabillo del ojo a su futuro iniciado. Sin embargo éste, tras un imperceptible movimiento de cabeza, continuó su camino observando cómo uno de sus pies seguía al otro. El eremita, frustrados sus esfuerzos, corrió hacia él preguntándole a dónde iba. Lentamente, los ojos, negros como un abismo, de nuestro caminante se volvieron pero las palabras a duras penas podían emerger de su boca, no acostumbrada a esos menesteres desde hacía tanto. En un esfuerzo titánico consiguió levantar su brazo derecho y extender su dedo índice señalando un horizonte malva. ¿Tan lejos?- gritó el ermitaño sorprendido. El peregrino giró su cabeza casi con violencia y con una voz grave y profunda le contestó ¿Tan lejos de dónde?

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