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Archivo de 8 Febrero 2008

“Lo siento, pero yo no sirvo para estar alegre”, tal vez la frase más desgarradora de esta historia, de este contar las pequeñas vidas, de ese introducirnos en el transcurrir de los días que tan impresionantemente bien hace el director de Cinema Paradiso, Giuseppe Tornatore.

Esta vez hacemos un viaje por pueblos de Sicilia por los cuales viaja un cazatalentos en busca de una nueva persona que llene la pantalla grande. Vagamos de un lugar a otro rodeados de vidas no miserables sino cotidianas, intuimos con dos plumazos  el hastío, la pobreza, la mezquindad en unas gentes que se llenan de esperanzas al oir por un megáfono una voz que les anuncia el estrellato, una voz que los llena de ilusiones, una voz que los conducirá al éxito.

Si cinematográficamente no estamos ante una gran película, su escasa calidad en ese sentido se ve recompensada con una gran historia, una historia universal porque esa voz que retumba en los oídos pueblo por pueblo no es sólo una que nosotros hayamos oído, sino que posiblemente también hayamos alzado, sin darnos cuenta del otro lado del cristal, sin percibir el privilegio de ser los únicos en presenciar la desnudez, la inocencia, la humildad, los sueños que rompemos, hasta que un buen día tal vez nos encontremos ante una cámara que nos desnude, ante unos ojos que vean a través de armaduras, y nos hagan saber todo lo que hemos perdido, y nos digan mirándonos frente a frente que nuestros sueños son inalcanzables.

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