Es triste recordar que ya no puedo escribir. Recuerdo que ha habido momentos en los que páginas y páginas han salido de mis manos con esa facilidad pasmosa del que sabe hacer su trabajo. Sin embargo, ahora, las letras tienen un peso que no puedo soportar y las palabras se deslizan de manera tan indecorosa que el pudor hace que las censure.
Ya no puedo escribir, como hace demasiado vaticiné a algunos conocidos en algún bar de mala muerte, ya no salen de mi esos párrafos que brotaban de la nada. Ahora me siento en el ordenador y no hago más que borrar malas líneas, malos pensamientos, malos mundos inimaginables que prácticamente ya ni consigo palpar.
Y de nuevo vuelvo a buscar el refugio del alcohol, y de nuevo vuelvo a mirar esa luz tenue que contempla los lentos pasos del embriagado inmerso en un mundo de palabras que nunca llegan a significar lo que se necesita. Y me siento en ese castillo en ruinas a contemplar glorias pasadas, con una mínima intención de reconstruir todas y cada una de sus piedras pero sin encontrar una razón verdadera para bajar del cómodo asiento privilegiado de la torre y ponerse a trabajar.
Dentro de poco habrá que escribir cosas nuevas, lo que supondrá imbuirme otra vez en el mundo de la embriaguez pasajera, adentrarme en los abismos que permiten rozar la línea de lo indiscreto, que facilitan el paso a través de muros de piedra embestidos por cañones otrora.
Ya no siento lo que escribo, ni escribo lo que siento, tal vez, probablemente, por eso no escriba.
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Archivo de 5 Junio 2008 |
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