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Para poder llegar a comprender esta película es necesario conocer la pasión que Woody Allen siente por el Jazz, pasión que no sólo encontramos en algunas de sus bandas sonoras sino también en conversaciones entre personajes o puestas en escena.
Acordes y desacuerdos nos sumerge en el mundo del Jazz de los años treinta de la mano del músico Emmet Ray (Sean Penn); un músico cleptómano, misógino, chuloputas; un músico que nunca existió pero que si lo hubiese hecho sería lo más parecido posible a Django Reinhardt, uno de los mejores guitarristas de Jazz de todos los tiempos, equiparable a músicos de la talla de Armstrong o de Bechet.
Allen, devorador y gran conocedor del Jazz, construye su personaje a partir de las leyendas urbanas que giran en torno a otros músicos que sí son reales, lo construye a partir del trompetista King Oliver y su pistola nacarada, del pianista Jelly Roll Morton y su harén, del trompetista Freddie Kepper y su obsesión con no grabar discos para que no copiasen su maña, de Waldo Davis y su cleptomanía y de, por supuesto, de Django Reinhardt y su vista perdida en el pasar de trenes esperando un día tocar en el regazo de la Luna.
Acordes y desacuerdos cerró muchas bocas, silenció a todos los que buscaron un resquicio diciendo prácticamente a mediados de los noventa que Woody Allen, ese que es lo suficientemente feo y bajito como para triunfar por si mismo, estaba acabado.

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