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Si este corto es destacable por algo, es sobre todo por una cosa; si bien el escenario se repetirá muchas veces posteriormente, algunas con pequeñas variaciones pero con la misma esencia, lo más importante es que ya aparece la psicología de Charlot como ser excluido de la sociedad. En este caso, ayudado por los efectos del alcohol, con ese aire de vagabundo, entra en plena acción al encontrarse con una de las señoritas en el pasillo del hotel cuando ésta ha sufrido que se le cierre la puerta. Como un rayo, acude presto a su conquista, esta vez sin meter la mano en ninguna escupidera para buscar una mísera colilla. El enredo se va desarrollando gracias al perro, animal que se usará en más ocasiones, mezclando dos parejas entre las que se produce el malentendido. Chaplin fluctúa entre unos y otros pero, como no puede ser de otra forma, queda solo, acosado por los botones o cualquier miembro de “seguridad”. Él está fuera de la sociedad, es el marginado que en La quimera del oro se comerá sus botas acuciado por el hambre, saboreando los deliciosos cordones y apurando las tachuelas o en Luces de ciudad se zampará una serpentina caída en su plato. Todas las grandezas y todas las miserias de este infernal mundo viajarán a las manos de Charlot para ser devueltas a veces con una sonrisa, a veces con la mayor tristeza.

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