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Archivo de la Categoría “Anécdotas de Semanario de motocicleta”


Hoy, para Semanario de una motocicleta, le ha tocado el turno a Huétor Santillán. Como siempre, en el momento de salir, no tenía muy claro mi destino porque está relativamente bastante cerca de una de las rutas que más me gusta hacer en moto y que quizá, si mi gripazo galopante me lo permite, haga mañana.

No sé si lo estarán preguntando pero, por si acaso, les diré que hoy no me ha parado la Guardia Civil, algo que he echado de menos. Tras una breve visita a Alfacar y Víznar, he tomado el camino equivocado y he vuelto de nuevo a Granada con una cara de gilipollas impresionante. Como el único camino que conozco para ir desde Víznar a Huétor Santillán es el de Puerto Lobo, que no sea autovía, se me ha ocurrido la brillante idea de preguntar a una amable señora que me ha indicado perfectamente pero que uno, al que de vez en cuando le faltan décimas, ha interpretado lo que le ha salido de los mismísimos y ha vuelto al origen (la parte en que se veía parte de Granada y he pensado ¡Coño, cómo ha crecido Huétor! me la salto porque es de idiotas redomados).

Esta vez, con cierta responsabilidad, he optado por tomar el camino más fácil y conocido, el que pasa por El Fargue y llega hasta el objetivo de hoy. Lo primero al llegar, en un alarde de esfuerzo físico, ha sido aparcar la moto en la Plaza de la Fortaleza, principio del pueblo, para adentrarme en sus calles a patita, algo que es usual y recomendable. Tras tomarme uno de los peores cafés que he probado en mi vida (al par del de Los Girasoles), he comenzado mi peregrinación por un lugar que me trae muy viejos y buenos recuerdos ya que hace aproximadamente veinticinco años solía ir por allí.

El primer paseíto me ha llevado hasta la calle Agua, bajando la cual se lleva al punto donde se unen el río Carchite con el Darro. Puede que debido al una insolación, al café o al monóxido de carbono que expira la moto, el mongo de mi ha optado por bajar andando para hacer una foto del lugar. Tras un trecho, recordando aquello de que todo lo que baja tiene que subir, he decidido darme la vuelta no sin antes obtener una foto del lugar…, bueno, de las cercanías del lugar.Durante la vuelta, además de ver un par de sherpas, me he desecho de la nicotina de, por lo menos, mis diez últimos cigarros. Teniendo en cuenta el precio del tabaco y de que no hay que desperdiciar nada, al terminar la escalada al Himalaya, con los pulmones bien abiertos y una tos griposa, me he fumado un par de ellos para compensar.

Sudando como un pollo he terminado de cumplir con mi visita, haciendo un par de fotos aquí, otra allá, y tomando el camino de vuelta. Casualidades de la vida, llegando me he encontrado con el barrio del Albayzín, uno por el que tengo una pequeña devoción, y me he sentido en la obligación de tomarme una cerveza. Como el Torcuato desde que hizo sus remodelaciones ya no me gusta, he elegido la Plaza Aliatar porque hacía mucho que no iba. Menos mal que iba solo porque se me estaba calentando el hocico y no me he parado excesivamente, sólo lo justo para que no me dé tiempo a escribir lo de Huétor Santillán, solo el Anecdotario, así que queda probablemente para esta tarde. Quién sabe; si mañana me voy no sé si a Pradonegro o a Beas (o a culquier otro sitio) igual se me juntan.

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Parque nacionaol Sierras de Tejada, Almijara y Alhama

Lo cierto es que no sé hasta cuando estará abierto y actualizándose el blog de Semanario de una motocicleta; tampoco sé en qué degenerará. El caso es que para la primera entrada, hoy Domingo he salido. Tras darle vueltas, ayer por la noche decidí el lugar a donde ir (noche, madrugada, qué más da): uno de los símbolos de Granada, por lo que cada lugar se enorgullece, es el agua, así que nada mejor para comenzar que hacer una visita a Lanjarón. Esta mañana, forrado de ropa, descartando dejarme los pantalones de un pijama debajo de los vaqueros, me he puesto en camino. Visitar la zona de la Alpujarra granadina en invierno y en moto no es muy recomendable, la próxima vez me llevo unos calzoncillos de cuello vuelto. En un alarde de idiotez supina, he echado a la mochila, además de los pertinentes papeles de la moto y la cámara, una botella de plástico para llenarla en alguna de las fuentes milagrosas que hay allí pero el hombre propone y Dios dispone.

Y Dios ha dispuesto que por el camino vea un cartel que rezaba “Carretera de montaña” por lo que el hombre, en este caso, se ha propuesto desviarse un poco… un poco bastante. La visita alpujarreña tendrá que ser otro día.

El periplo ha sido bastante entretenido; ha habido ocasión para todo (cabrearme, cabrearme más, cabrearme mucho más). La ventaja de tomar carreteras es que uno tiene la suerte de poder disfrutar de paisajes y de rincones los cuales se mantienen escurridizos a ls autovías, sin embargo, si por una lado conducir por lugares de constantes curvas es más divertido, por otro el casi no poder apartar la mirada de la carretera te impide poder disfrutarlos, más teniendo en cuenta la manada de gilipollas que circulan por los caminos del señor (del señor Chaves en este caso). Desde aquí le mando un saludo al cabrón del coche que me ha adelantado en una de las curvas y a su puta madre si es que la ha conocido ya.

No sé si alguna vez lo habré comentado pero bueno. Hace ya unos años, cuando uno era aficionadillo al ciclismo, se intentó concienciar a los conductores de que respetaran a los que iban en bicicleta. Siempre recordaré la frase que uno llevaba puesta: “El ciclismo es duro, el ciclista frágil. Respétanos.” El tiempo modifica prácticamente todo y ahora, subnormales aparte, más o menos se toman precauciones cuando se encuentra a alguien dando pedales. No obstante, el que ha estado a punto de tirarlos por un barranco he sido yo porque jode bastante que pasen de ser las víctimas a los amos. Eso de circular por su derecha ha pasado a mejor vida (por supuesto sólo me refiero a algunos, sólo al noventa por ciento de los que me he encontrado hoy) pero como vamos sobrados además estamos mientras de cháchara con los compañeros. Mientras un coche pasa de cien a veinte en menos de un segundo porque hay un ciclista delante, otro me adelanta a mi en una curva ciega a ciento veinte (la señal ponía treinta pero es que se le debía haber caído un uno -bueno, yo tampoco iba a treinta precisamente-). Menos mal que en esa curva no había hielo ni aceite porque si no se habrían quedado sin esta entrada.

La verdad es que por ese tipo de lugares se conduce bastante bien y es divertido, más cuando los demás no son mongólicos. Aparte de los ciclistas, es una ruta bastante transitada por motos (quizá por el morbo de los quitamiedos metálicos -no sé por qué se llaman así cuando uno prefiere caerse por el balate que chocar contra semejante engendro-), eso sí, que circulan el línea, no en grupitos como otros. Tampoco vamos a engañar a nadie, el número de salvajes es considerable, más después de que con el carné de conducir un tontito en cuatro ruedas pueda convertirse en un tontito sobre dos y, si tiene pasta, sobre dos muy gordas pero sin tener zorra idea de conducir una moto.

Volviendo al tema de carreteras y autovías, una de las desventajas de ls primeras es la situación estratégica de sus gasolineras. Cuando digo estratégica me refiero me refiero militarmente porque no hay dios que sepa dónde están. No suelo ser muy clasista, mientras ha estado abierto he ido a comprar a “Ca´Juan”, una tienda de comestibles (y cervecillas) cerca de mi casa; eso no quita que, sinceramente, me toque un poquito la polla repostar en una gasolinera que se llame “Ca´Pepe”(o algo por el estilo). ¡Coño!, ponle Balentín Pérez que, con suerte, alguien la confunde con la BP, pero ¿Ca´Pepe? Claro, eso significa que la Eurosúper 98 no ha llegado todavía, sólo la 97, y, como la moto es tan delicada como el dueño para beber y todavía no estaba en reserva, hemos decidido esperar a la siguiente la cual hemos localizado justo detrás de a tomar por culo. Esta vez sí en reserva (se me olvidaba que la moto se parece al dueño no sólo en la delicadeza sino en la cantidad de bebida que traga) hemos parado bastante agobiadillos ya. De la primera gasolinera a esta segunda había un buen trecho, tan grande como el rato que yo llevaba pensando que me quedaba tirado por ahí. Ya me veía llamando por teléfono (todavía no me había dado cuenta de que el móvil estaba sin batería, probablemente también sin cobertura) “Oye, vente a buscarme. ¿Dónde estás? ¿Te acuerdas del anuncio ese del coche que te llevaba al fin del mundo?. Sí. Pues lo dejé atrás hacia media hora”. Menos mal que había aparecido un señor (gracias que hablaba español porque si me dice algo en portugués me acojono) que me indicó que a unos dos kilómetros había una gasolinera. Reconozco que soy un poco hijoputilla pero como conozco el sistema de medición andalúz lo primero que hice fue mirar el cuentakilómetros. Si un andalúz te dice que algo está a dos kilómetros en una carretera, échale mínimo diez; exageramos todo excepto las distancias, que nunca se sabe; bueno, casi todos los andaluces, porque éste lo clavó. Sólo tuvo un pero y es que le pregunté por una gasolinera y llamar a eso gasolinera es muchísimo. Vamos, que si al salir el tío de su chiringo me pregunta que si soy forastero me voy de allí cagando leches. Pero no, no preguntó nada, sólo señaló el lugar donde tenía que repostar. “¡Pero si esa es 95! Sí, es que no hay de otra”… Querida moto, como supongo que te levantarás con resaca, quiero pedirte por escrito perdón, no olvides que fue la necesidad”.

Había llegado el momento de poner fin a la excursión que ya era tarde, eran las… (el momento en el que me di cuenta que el móvil estaba sin batería). Por lo menos con la gasolina me aseguraba no tener que preguntar a qué hora salía el siguiente tren hacia Granada (…el tren lleva diez años sin parar aquí, forastero… -tengo que dejar de ver películas-).

A pesar de todo, el viajecito me ha servido para algo porque he aprendido dos cosas nuevas, ambas volviendo. La primera es que es cierto eso de que todos los caminos conducen a Roma, lo malo es que vayas a Granada. En caso de que funcione también para Granada, aunque todos te lleven, normalmente es mejor el que conoces. Cuando es tu cabeza aparezca la pregunta ¿Se llegará por aquí también? la respuesta es sí, pero más tarde y dando una vuelta de dos pares de cojones. Además, todavía no entiendo muy bien la finalidad de las señales, no sé si es para recordarle al que sabe el camino cómo ir o partirse la caja con el que no tiene ni idea. Si pones una flecha que señala recto es conveniente cambiarla cuando haya dejado de existir ese camino a no ser que en los muros haya una puerta invisible hacia otra dimensión, una puerta que te teletransporte.

Lo segundo que he aprendido es que uno nunca está solo. Es bonito saberlo. No importa que estés en el culo del mundo porque siempre, aunque no lo creas, estará allí la Guardia Civil para pedirte los papeles.

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