Archivo de la Categoría “Personal”


Es triste recordar que ya no puedo escribir. Recuerdo que ha habido momentos en los que páginas y páginas han salido de mis manos con esa facilidad pasmosa del que sabe hacer su trabajo. Sin embargo, ahora, las letras tienen un peso que no puedo soportar y las palabras se deslizan de manera tan indecorosa que el pudor hace que las censure.
Ya no puedo escribir, como hace demasiado vaticiné a algunos conocidos en algún bar de mala muerte, ya no salen de mi esos párrafos que brotaban de la nada. Ahora me siento en el ordenador y no hago más que borrar malas líneas, malos pensamientos, malos mundos inimaginables que prácticamente ya ni consigo palpar.
Y de nuevo vuelvo a buscar el refugio del alcohol, y de nuevo vuelvo a mirar esa luz tenue que contempla los lentos pasos del embriagado inmerso en un mundo de palabras que nunca llegan a significar lo que se necesita. Y me siento en ese castillo en ruinas a contemplar glorias pasadas, con una mínima intención de reconstruir todas y cada una de sus piedras pero sin encontrar una razón verdadera para bajar del cómodo asiento privilegiado de la torre y ponerse a trabajar.
Dentro de poco habrá que escribir cosas nuevas, lo que supondrá imbuirme otra vez en el mundo de la embriaguez pasajera, adentrarme en los abismos que permiten rozar la línea de lo indiscreto, que facilitan el paso a través de muros de piedra embestidos por cañones otrora.
Ya no siento lo que escribo, ni escribo lo que siento, tal vez, probablemente, por eso no escriba.

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Sueño a veces que me pierdo en mundos extraños, que viajo por aquellos mares en donde el horizonte es inalcanzable. Tal vez por eso siempre me gustaba lo inalcanzable, porque es lo que te permite soñar. Cuando sabes lo que hay más allá este juego pierdo parte de su sentido. Ganes o pierdas el resultado tal vez sea el mismo, tal vez ya no merezca la pena luchar. Eso lo sé desde hace muchos años, mejor lo supongo, y la partida ha dejado de tener sentido, ha dejado de tener gracia para convertirse en una horrible pesadilla.
El hombre necesita las quimeras para ahogar sus llantos, necesita saber, hacer, luchar e intentar vencer, pero la batalla ya está perdida y, sinceramente, nunca me ha gustado participar si no puedo intentar vencer. El espectáculo debe continuar, como diría mi adorado Mercury, pero no cuenten conmigo.
Mis lides ya han tenido lugar y no volveré a desenvainar mi espada, no volveré a galopar sobre mi caballo, tan rápido como el viento, para enfrentarme a nada ni a nadie. Mi tiempo pasó, mis fuerzas se agotaron, mi voluntad se ha visto sometida, subyugada, por la experiencia, esa que me ha dicho que ya no merece la pena derramar mi sangre, esa que me ha comentado que las tormentas llegan y se van, esa que me ha mostrado que, un día más, sólo voy a escuchar el eco de mi voz.

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Sí, sin duda el tiempo pasará, poco a poco, sin que nos demos cuenta, con esa velocidad extraña que provoca que unas veces corra más rápido que otras y se nos escape de las manos cuando intentamos retenerlo mientras que se agolpa cuando deseamos que pase.

El tiempo pasará, y nos hará olvidar, y … no, eso es mentira, nos hará recordar, nos hará volver a islas, hasta que ya no quede ninguna para naufragar, como dice Sabina, el gilipolllas de Sabina que escribe cosas que ya quisiera yo, e intentemos ahogarnos con el agua del mar que escapa por cada uno de nuestros poros.

Un cigarro recién apagado, un ron Pálido en la mesa y “El tiempo pasará” de fondo mientras escribo esto, justo después de haber vuelto a ver Casablanca no sé por cuánta vez.

El tiempo pasará. Es Triste, demasiado triste. Hace poco estaba leyendo una crítica de cine sobre Casablanca, no recuerdo de quién, que a fin de cuentas deciá que la peli es una mierda pero que posee determinados aspectos que la han hecho inmortal. Por supuesto no la terminé de leer; dejó de interesarme. Quizá porque Casablanca tiene el alma que no poseen otras películas, quizá porque estoy profundamente enamorado de Casablanca, quizá porque yo no tengo ese París ni el comienzo de ninguna amistad.

Se escucha la voz de Sam de fondo, la misma voz que ha conseguido que no me haya puesto de mala hostia al leer un nuevo comentario de otro cubano comunista que escribe en mi blog diciendo que no tengo ni zorra idea de lo que digo. Tal vez lleven razón; ahora no me importa, menos recordando, mientras bebo mi Ron Pálido de Motril, que en la última fiesta cubano comunista la publicidad era de Bacardi, no se si con i latina o con griega.

El tiempo pasará, y veremos cada uno de esos instantes que dejamos pasar, y nos ahogaremos en pequeños sorbos de añoranzas, de recuerdos, de envidias sanas, porque las hay; de hecho yo estoy en uno de esos momentos de envidia sana, uno de los pocos, porque yo, que nunca he reconocido que haya envidia sana, estoy pasando por uno de ellos.

El tiempo pasará, nos diremos adiós, y eso significará que nos hemos saludado, que tenemos algo por lo que despedirnos, que tenemos algo que recordar y soñar en esas largas noches que comienzan con los tímidos rayos del Sol y siguen con las tremendas ojeras del insomnio perenne, ese insomnio que sólo se solucciona el día que tu cuerpo dice basta y duermes como un pequeño, como un niño para el que el tiempo no pasa, como un niño al que, como en la canción, no le cuesta trabajo decir un “te quiero” a pesar de que, cuando el teimpo pase, tenga que decirte adiós.

Adiós. Una de las palabras más tristes que existen, una de las palabras cuyo significado nos es demasiado desconocido. No un Hasta luego, un adiós, un nunca volveré a verte, un siempre te recordaré. Porque en Casablanca significa eso, y en la vida real no importa, porque la vida real no existe, es lo único que no existe, mejor es lo único que no merece la pena.

Puee ser que en Casablanca, en el café de Rick, se unan demasiados sueños destrozados por esa vida real, por esas renuncias, por esos no haber dicho todo. Puede ser que allí en Casablanca haya un lugar reservado a los sueños rotos, que haya un pequeño rincón en el que las lágrimas rebosen en los vasos de los corazones destrozados, en los amores malheridos.

El tiempo pasará… y sólo dejará cicatrices, pequeñas heridas que nos recordarán algo pasado, algo imborrable que siempre palpita entre nuestras miserias.

El tiempo, ese ente extraño que dicen que cura todo cuando en realidad lo que hace es aniquilar, cuando en realidad lo que hace es asesinar todos aquellos minutos en los que, puede decirse, hemos sido felices. Y ese mismo tiempo nos tortura recordándonos que lo fuimos, aunque sea por unos instantes, y nos muestra, en una bandeja muy bien decorada, que ahora no, que tuvimos que decir adiós sin darnos cuenta de que habíamos dicho hola. ¿Y el siguiente saludo?

El tiempo pasará, y olvidaré todo, y todos me olvidarán. Nos diremos adiós, entre bombas alemanas o de cualquier otro país, pero será un adiós condicionado, será un adiós con el peso del recuerdo, será un adiós con cada vez más pequeñas imágenes de un pasado que, quién sabe, un día vuelvan súbitamente a nuestras vidas destrozando todo lo que queda de nosotros, con esa intensidad que ni quiera en esas noches de insomnio nos atrevemos a imaginar.

El tiempo pasará… y me jode tremendamente no ser capaz de decir lo que quiero decir, pero pasará, y no quedará ni en el recuerdo.


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Hoy he contenido mis pasos por un momento; hoy me he parado durante unos instantes simplemente a mirar. Quizá no haya sido yo, quizá no ha dependido de mí, lo único que puedo decir es que por una vez, desde hace mucho, tal vez demasiado, mi caminar se ha visto envuelto por una mirada, una estúpida mirada, un cruel observar lo que rodea.

Lo cierto es que el paisaje era poco alentador, probablemente en cualquier otro momento no me habría ni tan siquiera llamado la atención. Sin embargo la debilidad provoca reacciones inimaginables, provoca sueños improbables, provoca llantos escondidos.

La tenue noche acechaba intentando sorprender a aquellos despistados que continúan con su vida, a todos aquellos que ya no recuerdan lo que es intentar coger el cielo con sus manos, a aquellos cuya cotidianidad ha arrasado sus vidas.

Los automóviles  deambulaban al compás de los peatones, con sus luces retando los destellos de las insignificantes farolas y de las improbables estrellas. Los pasos no se escuchaban, como no se escucha el respirar, como no se escucha esa mirada que nos hace diferentes, como no se palpan los raudos segundos que significamos.

Y por un momento he vuelto a mirar, por un momento, sólo un instante.

Rápidamente he continuado mi camino, con la vista hacia el suelo, sin querer llegar a más, deseando que todo pase, rogando que todo no quede ni en el recuerdo y así empezar de nuevo, deseando estar equivocado.

La luna no sonríe, las estrellas no tililan, los versos más tristes no se han escrito.

Puede ser, tal vez, quién sabe, que mañana sea otro día.

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He dejado el enlace en el foro pero no puedo evitar colgar aquí el video también, sólo el video, sin comentarios por ahora porque me he puesto sensiblero, que a mi también me pasa eso (una vez al año no hace daño). Por cierto, gracias Carlos por habérmelo pasado.


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El caminante

Entre una débil niebla mañanera se vislumbró al caminante, entre la insignificante espesura del valle, vagando por el pequeño sendero que conducía hacia la choza del ermitaño. Sus pasos mostraban el eterno cansancio del tiempo que nunca cubre nuestras vidas; lentamente dibujaba su zigzaguear por la macilenta tierra que muchas noches cobijó su cuerpo amparado por la belleza de la luna y de las estrellas, las cuales palpitaban en ese cielo sombrío dibujando un destino que ya sabía imperecedero. Su mirada apenas se levantaba de su propio caminar puesto que poco o nada le quedaba por ver; sus ojos habían recorrido todos los lugares del mundo que existen, existieron y existirán, en ese cruento destierro que solamente pueden sufrir las almas que ya no peregrinan.
El ermitaño, sorprendido por la presencia humana en aquel valle alejado de cualquier mundo, fijó su esperar en él con esa ansia de la reflexión no mostrada. Con su corpulento cuerpo intentaba aligerar los pasos del viajero, con leves impulsos de sus fornidas piernas, acostumbradas a las pesadas cargas de la soledad, pretendía aumentar el discurrir del tiempo para que, a la mayor brevedad, se encontrase ante él el extraño. Su mente no paraba de discurrir qué debería hacer, cómo debería comportarse. Su ego le impulsaba a hablar con él, convertirse en su guía para que allá donde fuese contase que se encontró con un humilde ermitaño que se convirtió en un gurú para él; quién sabe si, en caso de ser una persona interesante, no le daría cobijo y alimento, no le daría descanso, del cual seguramente tan falto estaba, y mientras reposaba el cuerpo hastiado de tantos sinsabores, poderse explayar con sus conocimientos adquiridos en el silencio. Tal vez lo mejor sería ignorarlo al principio para aumentar así el interés;sí, él estará ávido de contacto humano, él estará deseoso de recibir alguna ayuda y pronto abrirá sus brazos por la necesidad, más aún cuando conozca la humilde vida de un eremita entregado a la reflexión, al conocimiento del mundo, a los saberes de la naturaleza y del hombre que habita en ella.
En estos pensamientos nuestro viajero estuvo a punto de sorprender al filósofo; rápidamente se volvió hacia su choza intentando aparentar el mayor de los desprecios; cogió su pesada azada con una mano y un enorme saco con la otra imitando continuar con sus quehaceres cotidianos, insinuando que ninguna presencia, por extraña que fuese, podría apartarlo de su intimidad. Contento de su actuación y seguro del efecto causado ya que era gran conocedor del género humano, se dirigió como en una letanía hacia sus labores observando con el rabillo del ojo a su futuro iniciado. Sin embargo éste, tras un imperceptible movimiento de cabeza, continuó su camino observando cómo uno de sus pies seguía al otro. El eremita, frustrados sus esfuerzos, corrió hacia él preguntándole a dónde iba. Lentamente, los ojos, negros como un abismo, de nuestro caminante se volvieron pero las palabras a duras penas podían emerger de su boca, no acostumbrada a esos menesteres desde hacía tanto. En un esfuerzo titánico consiguió levantar su brazo derecho y extender su dedo índice señalando un horizonte malva. ¿Tan lejos?- gritó el ermitaño sorprendido. El peregrino giró su cabeza casi con violencia y con una voz grave y profunda le contestó ¿Tan lejos de dónde?

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Ya saben que nunca suelo escribir sobre nada personal, mi vida se mantiene lo más lejos posible de los textos que publico aunque algunos crean que en ocasiones no es así, sin embargo es la ventaja de saber mentir bien. También saben que suelo ser un poco bastante hijo de puta, un cabroncete que normalmente hace muchas cosas con la única finalidad de molestar. Si uniesen ambas ideas, no tardarían en darse cuenta  de que por un lado, voy a hablar de mi vida privada, es decir, escribo estas líneas para contarles que no puedo entretenerme mucho porque tengo que ducharme e irme al concierto que da Silvio Rodríguez aquí en Granada, en el Palacio de Congresos, dentro de un par de horas; por otra parte, y siguiendo con las líneas marcadas al principio, sepan que sólo comento esto por joder al que no vaya porque no haya podido conseguir entrada, tal y como estaba yo hace diez minutos.

En el improbable caso de que consiga grabar alguna canción, no duden que la compartiré con ustedes aunque la mayoría me caigan tan mal como yo a ellos.

Los dejo que me tengo que largar.

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Para M. B. G. de COU D

Entre los múltiples papeles que por determinada razón estoy volviendo a descubrir, he encontrado unos amarillentos ya por el paso del tiempo, dedicados y acompañados de un dato que me permite fechar cuándo me los dieron: hace trece añitos nada más y nada menos. Supongo que muchos de ustedes conocerán esta carta pero, como no soy capaz de escribir nada que merezca la pena -sé que nunca lo hago-, copio estas palabras las cuales, si bien son una traducción, son bastante decentes. No creo que sea necesario explicar nada puesto que, como he dicho, la carta es bien conocida:

“¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.

Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?

Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altonazo y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos por las estrellas: en cambio nuestro muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el gran jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el gran jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestra tierra. Ello no es fácil ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestra tierra ustedes deben de recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres, sin importarle. Le secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.

No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizá sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada.

No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar cómo se abren las hojas de los árboles en primavera o cómo aletean los insectos. Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprendo nada. El ruido sólo parece insultar nuestros oidos. Y después dde todo, ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos?

El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un mismo aliento, la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestra tierra deben recordar que el aire es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben conservarla como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco puede saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.

Por ello consideramos su oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

¿Que´sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual. Porque lo que le sucede a los animalestambién le sucederá al hombre. Todo va enlazado.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.

Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.

Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, no queda exento del destino común. Después de todo, quizá seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar que ahora Él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. Él es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios refugios.

Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exhuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.”

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Paul Bitternut (www.lenguasdefuego.net)

 Y me hablaste de soledad, en aquella barra rodeada de bullicio y de huellas húmedas de copas para el olvido; me hablaste de llegar a una casa, tu casa, a una habitación y contemplar siempre el mismo vacío, de dormir la misma noche de siempre, con pies fríos, subiendo la manta para taparte la cabeza e intentar cálidos sueños; y acurrucarte en el sofá con una televisión huera e imaginarte tu historia de amor que hasta en tu mente ya tiene un triste final.
Y pasa el tiempo y te vas acostumbrando, y vas sabiendo que estás inmersa en una cuenta atrás en la que en un momento cruzarás la frontera de la soledad absoluta, llegará el instante en que tu mundo se cierre en torno a tu mismo miedo y vagues de bar en bar, de noche en noche, buscando el remanso de tu piel, tras una simple caricia que te haga olvidar que al poco tiempo volverás a ese mundo vacío, desamparada, en donde tu lánguida mirada va tras cualquier sustancia que sirva para evadirse, para rebosar de esa voluptuosidad que tiempo atrás podías sentir con su contacto.
Y me hablaste de soledad en aquel bar rodeados por una muchedumbre que deambula, y me contaste lo duro que es sentirla un día tras otro y cómo dejan de importar los medios para engañarla unos segundos. Me hablaste de cómo te querías rodear de ti misma, abrazarte con tu propia vida para así dar la espalda a esa cama vacía, a ese salón en el que nunca nadie te espera.
Y pasa el tiempo y todo va empeorando, te vas encerrando en tu torre de marfil, donde nadie nunca alcanza, y nos miras desde la altura sin casi implicarte hasta que un día, sin darnos cuenta, caes en el olvido igual que nosotros y quedas sola, sola con tu soledad, sola en un mundo de hadas encerradas en una cárcel de amor, esperando que tu príncipe encantado acuda presto a tu rescate sin tener en cuenta que los cuentos no se cumplen, sin pensar que nadie va acudir porque nadie te recuerda, porque estás sola, como siempre dijiste, sola, como siempre soñaste.

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Paul Bitternut (www.lenguasdefuego.net)

Breves momentos surgen en los que el tiempo detiene su pesado peregrinar suspendiendo su implacable destino, breves momentos en los que el dulce azul del viento se mece ante nuestros ojos.
Hay historias que detienen el tiempo, igual que amores que lo eternizan, que lo aprisionan en una alma de niño pequeño soñando en una habitación cualquiera con la mirada perdida en el blanco cisne del techo.
Sin embargo el cisne, al revés que en los cuentos, sin embargo el tiempo, al contrario que en los sueños, se convierte en el patito feo, se transforma en el hastío y la tragedia, en viento que galopa sobre colinas desiertas.
Apenas quedan recuerdos; intentas mecerte en el violento transcurrir de las horas buscando el hálito azul de la felicidad, intantando alcanzar ese blanco unicornio que cuidaba de ti en aquel mundo de monstruos imaginarios bajo la cama para que su magia te envuelva frente a las atrocidades del ahora. Ya es tarde, murió cuando te obligaron a dejar de soñar a pesar de que siempre dijiste que tú no, que siempre galoparías en él para enfrentarte al mundo. Ahora recuerdas cómo lo mataron, como lloraste al perder a quien dio su vida por ti y tú, impotente, sigues acurrucandote noche tras noche intentando traerlo a tu memoria, único lugar en el que puede sobrevivir. Pero es demasiado tarde, así que no puedes más que enterrarlo en algún paraíso por si alguien lo encuentra, por si alguien lo resucita y, quién sabe, quizá vuelva a ti.

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