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La noticia de la elección del llamado “Papa Negro” ha sido tratada por todos los informativos, en los cuales una de las palabras más repetidas ha sido “sorpresa”. Y es que no es para menos.

Con la llegada de Benedicto XVI, la Iglesia dio un paso atrás en esa cercanía con el pueblo, al que tantas disculpas le debe. Las últimas manifestaciones aquí en España, hechas con todo derecho, han mostrado el ala más ultraconservadora, semejante a su gran guía. No cabe duda de que ahora mismo prevalece el “ala dura” del catolicismo, lo que está provocando reacciones hostiles no sólo de los pertenecientes a esta religión sino también de los que, sin ser partícipes de ella, generalmente han mostrado el mayor de los respetos.

Los jesuitas normalmente han sido una compañía que no ha casado muy bien con el Vaticano. No hay que remontarse a los tiempos en los que fueron expulsados de España sino que basta con observar que seis de las últimas sanciones en los últimos años se las han llevado ellos (de un total de diez).

La Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola en 1534, cuenta de nuevo con su “Papa” español, tras los pasos de, además de San Ignacio, Diego Laínez, Francisco de Borja, Tirso González de Santalla, Luis Martín y Pedro Arrupe. Ahora, un discípulo de este último, comanda a los más de diecinueve mil jesuitas repartidos por el mundo, Adolfo Nicolás.

La elección creo demuestra y va a acentuar una división. Los últimos veinticuatro años el prepósito ha sido el holandés Peter Hans Kolvenbach, nombrado quizá con la finalidad de mantener una buena relación con el Vaticano, algo que consiguió. De hecho fue el mismo Juan Pablo II quien lo colocó ahí, sabedor de la importancia que esta orden tiene en el mundo. Ahora, tal vez debido a la radicalización del camino que está tomando la Santa Sede, se ha elegido a un progresista. ¿Sorpresa? Si bien en el periodo de “murmuraciones” ya se hablaba de él -de hecho también fue uno de los posibles sucesores de Arrupe-, no hay que olvidar que uno de los requisitos para la elección a este cargo es no superar los sesenta y cinco años; Adolfo Nicolás tiene setenta y uno. La sorpresa es mediana porque sin duda se ha buscado elegir a alguien que, aunque su mandato sea más corto, esté plenamente capacitado para enfrentarse a estos nuevos tiempos, incluido al “poder central” si es necesario.

Veremos cómo se van desarrollando los hechos pero no hay que descartar que se produzca una importantísima división entre ambos “dirigentes” ya que hay determinados temas en los que no va a haber acuerdo, es prácticamente imposible.

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