Sí, ya sé que estas cosas suelen ocurrir por lo menos una vez a la semana, pero en algunos aspectos uno ya no tenía costumbre de que los días tuviesen nombres distintos sino que se medían por horas: unos tienen más, otros menos.
Así que hoy, como el buen muchachito que soy, me he despertado junto a mi congestión nasal, mi fiebre, mi dolor de cabeza y mis agujetas (y mis gatos) para desayunar un café cargado hasta donde permite el estómago humano, dos tostadas con mermelada y un Ducados para aclarar la voz.
Más por obligación que por placer, hemos salido los cuatro (los gatos han tenido que quedarse) a cumplir una palabra dada, cámara en ristre para hacer el gilipollas un rato. Lejos de recorrer alguno de mis caminos habituales, es decir, aquellos desprovistos de gente, nos hemos aventurado en un mundo nuevo intentando hacer nuestra buena obra del año mezclándonos con el género humano. Las calles rebosan de parejitas, unas con niños otras sin ellos, que vagan buscando terrazas donde tomarse la cerveza fresquita de rigor. También he tenido el placer de ver al pájaro loco, el cual parece más pequeño en la tele, que no ha tenido la gentileza de ofrecerme uno de esos globos fálicos. El día podría haber sido mucho más completo si uno que iba “repartiendo” pegatinas con un lacito de esos que se pusieron tan de moda me hubiese pegado una en mi pecho varonil pero, por razones que desconozco, tras mirarme, ha dado la vuelta y se ha ido por otra calle.

El caso es que en mi viaje experimental he pasado por el Paseo del Salón, lugar donde han tenido a bien colocar una de esas fuentes enormes gracias a que mucho tiempo atrás decidieron quitar otra, la de los “Gigantones”, hoy en la Plaza de Bibarrambla, lugar desde el que trasladaron la estatua de Fray Luis de Granada situada en estos tiempos en la Plaza de Santo Domingo fieles a una costumbre de cambiar las cosas de su sitio (así nunca encuentro yo mis gafas). Aprovechando que llevaba la cámara y que de la fiebre estaba medio colocado, mis pasos han comenzado a titubear hacia otras fuentes de la ciudad hasta que, de nuevo decepcionado, he regresado a mi casa sin ni siquiera una mísera cerveza en el cuerpo, bebida nuestra de cada día.
Lo que quizá más me ha llamado la atención, debido tal vez a que el sol aumentaba mi estado febril a pasos agigantados, es la improbabilidad de encontrar una sombra en la que retozar unos instantes tranquilo, más teniendo en cuenta que me hallaba en uno de los lugares de encuentro y paseo por antonomasia de la sociedad granadina.
Era en el Paseo del Salón y en el de la Bomba donde la clase media-alta granadina acudía a contonearse (el Violón era para los trabajadores, por eso se le llamó Paseo de la Chancleta). Allí se reunían para echar un vistazo a los demás pavos y ay que gorda se ha puesto maripili o sabes que manolito se ha echado una querida –o al revés, qué gorda se ha puesto manolito y maripili es boyera-. Y la verdad, aunque pueda mejorarse una barbaridad, es que por aquellos andurriales no se está mal del todo, especialmente por la zona del río donde puede uno entretenerse viendo cómo algunos van corriendo para, a fin de cuentas, no llegar a ningún sitio. Ya lo decía mi madre: correr es de cobardes y andar poco elegante.
En realidad mi viaje no ha tenido mucho de accidental. Por varias razones, durante casi diez años pasaba por allí todas las madrugadas, cuando las calles eran regadas y el aroma a tierra mojada no estaba envuelto con la pestilencia que arroja el Genil. Mi camino era siempre el mismo, donde se encuentra uno de los lugares de culto de Granada, la Virgen de las Angustias, patrona de la ciudad. Esta iglesia y su inquilina están situadas en una de las calles más bellas por la noche que he tenido el placer de admirar, bajo los suaves brillos de la noche que consiguen envolverte en el regazo de lo sobrenatural al amparo de los bellos árboles que enredan sus almas allá en lo alto.





Entradas (RSS)