Después de no sé cuánto tiempo ha vuelto a saltar la noticia de los fenómenos paranormales de la Alfaguara, en el sanatorio para tuberculosos que está en esta sierra a la que se puede llegar desde Alfacar. Esta historia la escuché hace aproximadamente veinte años y ahora la sacan como si fuese la hostia. No puedo evitar que estas cosas me hagan gracia aunque por un lado las entiendo. Que publiquen esto como si el mundo fuese a pararse muestra que cada vez se tiene menos imaginación para escribir y que hay que rellenar páginas como sea. Uno tiene la suerte de, si no tiene nada que decir o no le da la gana, abstenerse de editar cualquier memez ya que con lo que cobra… No obstante, si hubiese tenido la obligación y me hubiesen dicho Oye, escribe la pollada más grande que se te ocurra, en lugar de irme a la Alfaguara para hablar de una muerta que no sabe estar quieta y le da por limpiar la casa, habría hecho algo más simple y más cercano: hablar de los fenómenos subnormales que nos rodean, porque eso sí que es paranormal y, además, mucho más fácil de contrastar. El aquí escribiente tiene la fortuna de padecer el contacto humano más de lo que cualquier sociedad civilizada recomienda, quizá por eso acuda al alcohol más de lo debido. Así encontramos varios tipos de “fenómenos”. Por un lado están los que comienzan cualquier tipo de comunicación con un Quillo, Jefe, Maestro o similar alocución que ya hace que te caiga como una patada en los mismísimos; caso extremo es el del especimen que tuvo la desgracia de tratar hace poco que se dirigen a uno con un Eeeh y poco después van rajando de la mala follá que tienes (cosas de la vida). También encontramos a los que no se enteran de nada y te hacen repetir todo aprovechando la amplitud de significados que tienen las complejas oraciones que utiliza uno. Así, si le informas de un dirección y le dices por ejemplo la tercera a la izquierda, como un resorte te responderán ¿Ésta de aquí? Poco después rajarán también de tu mala follá porque te has tomado la molestia de explicarles que no, que esa es la primera, que después va la segunda y luego la tercera, claro, a no ser que Barrio Sésamo mintiera. Los terceros son los llamados tocapelotas. Tomando el caso anterior, te repetirían tus palabras tres o cuatro veces por si no sabes distinguir muy bien lo que dices. ¿La tercera? ¿A la izquierda? ¿Tercera? ¿Ésta no, la otra tampoco, la tercera? para justo después irse en dirección contraria a preguntarle a alguien más. Estos también rajan de tu mala follá al comentarles que la próxima vez le pregunten a su puta madre. Hay muchos tipos más pero me gustaría destacar a uno especialmente. Son los que gracias a Dios no tengo el disgusto de escuchar pero sí la desgracia de leer. Este grupúsculo podría definirse por pedantorros vacuos, osease, mongos que maquillan un discurso vacío con un lenguaje petulante, que seguramente se mesarán la barba (o cualquier otra parte) mientras escriben o copian palabras de otros. Su escritorrea suele caracterizarse por estar llena de citas enmarcadas en un lenguaje forzado que trata de unir ideas varias y dispersas en una columna en la que no aportan más que refritos muchas veces sin sentido intentando introducir cualquier característica cultureta que les hayan enseñado pero que jamás han intentado valorar por sí mismos. Si tienen la desgracia de encontrarse a esta subespecie podrán comprobar que no suelen dar una opinión propia hasta que alguien ha dado la suya a la cual, por supuesto, se adhieren porque así se ven respaldados. Este, para mí, es de los peores grupos porque además de ser imbéciles creen que no lo parecen. Seguro que si buscan encuentran algún ejemplar.





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