Breves momentos surgen en los que el tiempo detiene su pesado peregrinar suspendiendo su implacable destino, breves momentos en los que el dulce azul del viento se mece ante nuestros ojos.
Hay historias que detienen el tiempo, igual que amores que lo eternizan, que lo aprisionan en una alma de niño pequeño soñando en una habitación cualquiera con la mirada perdida en el blanco cisne del techo.
Sin embargo el cisne, al revés que en los cuentos, sin embargo el tiempo, al contrario que en los sueños, se convierte en el patito feo, se transforma en el hastío y la tragedia, en viento que galopa sobre colinas desiertas.
Apenas quedan recuerdos; intentas mecerte en el violento transcurrir de las horas buscando el hálito azul de la felicidad, intantando alcanzar ese blanco unicornio que cuidaba de ti en aquel mundo de monstruos imaginarios bajo la cama para que su magia te envuelva frente a las atrocidades del ahora. Ya es tarde, murió cuando te obligaron a dejar de soñar a pesar de que siempre dijiste que tú no, que siempre galoparías en él para enfrentarte al mundo. Ahora recuerdas cómo lo mataron, como lloraste al perder a quien dio su vida por ti y tú, impotente, sigues acurrucandote noche tras noche intentando traerlo a tu memoria, único lugar en el que puede sobrevivir. Pero es demasiado tarde, así que no puedes más que enterrarlo en algún paraíso por si alguien lo encuentra, por si alguien lo resucita y, quién sabe, quizá vuelva a ti.
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26 Octubre 2007 a las 12:59 pm
Entonces de José Hierro
Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese.
Cuando las horas esperaban
que unas manos las exprimiesen.
cuando las ramas opulentas
deban su sombra a nuestras frentes.
Cuando en el mundo se morían
todos los tristes y los débiles.
Cuando el soñar, el sentir hondo,
cuando el beber ávidamente
la luz, la brisa, el agua, el aire,
eran primero que la muerte.
Cuando las tardes solitarias,
cuando los árboles más verdes,
cuando las conchas de colores
a nuestras madres sonrientes,
a nuestras novias de ojos grises
como la escama de los peces.
Cuando eran pena y alegría
nuestros amables timoneles
y no existía otro paisaje
que el que alzaba su luna enfrente:
mundo que abría cada día
sus lejanías, frutalmente.
(¿Eras así, tan sin palabras
primaverales que te expresen?
¿Tan de elementos terrenales:
arena, piedra, hierba, nieve?
¿Nombres de tiempos, de lugares
deshojados diariamente:
Piélagos, Hoces, Montes Claros,
octubre, enero, abril, noviembre?)
Yo no te pinto otros colores
que los colores que tú tienes.
¿Eras así, mi paraíso,
rumor del agua cuando llueve,
hacha que hiere la madera,
fuego que incendia la hoja verde?
Yo no me acuerdo ya de aquello.
Un día tuve que perderte.
Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese,
cuando tenía cada instante
un ritmo nuevo y diferente,
cada estación sus ubres llenas,
rebosantes de blanca leche…
25 Noviembre 2007 a las 5:13 am
Desde hace tiempo quería agradecerte, Belén, la humillación que supuso que añadieras este poema junto a un texto mío; no voy a decir que todas las comparaciones son odiosas, pero sí en las que salgo perdiendo, más todavía si es por goleada. Pero gracias de todas formas porque merece la pena ser derrotado así.
25 Noviembre 2007 a las 7:57 pm
Lo siento mucho. Lo siento.