El derecho de las futuras generaciones.
A lo largo de su existencia, la humanidad se ha ido percatando del mal que ha ocasionado a la gran casa de todos. Vivimos en un planeta cuyos recursos naturales renovables y no renovables han sido casi agotados. Cada año crecen las desigualdades sociales e interplanetarias que, lejos de generar desarrollo, han aumentado las pobrezas materiales y espirituales. Dentro de esas miserias se hallan los conflictos bélicos, la prostitución, la xenofobia, el comercio de menores y la discriminación, como muestra de algunos ejemplos.
En este sentido, dentro de las respuestas a esta crisis mundial, surgió el desarrollo sostenible como uno de los conceptos que al leerlo devuelve la esperanza por tan solo segundos porque el volver nuevamente los ojos a la realidad, conlleva a pensar: “¡qué farsa!”.
El discurso de la sostenibilidad surgió más como una quimera que como una necesidad real. El “hecho del desarrollo sin comprometer la herencia de las generaciones futuras” exige muchos sacrificios para la actual era y el problema no está en el concepto ni en sus creadores; está en los gestores del nuevo cambio. Desarrollo no implica solo crecimiento económico sino de indicadores cualitativos como la educación y la atención médica.
A partir de este análisis, otros hombres y mujeres, preocupados por la catástrofe mundial, han creído pertinente hablar sobre las directrices de la formación de valores en niños y jóvenes como parte de una nueva cultura y saber que permita gestionar los cambios pertinentes necesarios en las sociedades.
Los seres humanos no solo han dado valor a sus producciones de orden material; los artículos que cubren necesidades humanas son tan significativos como la producción espiritual vinculada a su vez con la psiquis humana y las relaciones interpersonales tales como la sinceridad, la felicidad, la solidaridad, la dignidad, la libertad, etc.
Partiendo de la idea anterior, un valor es un sentido socialmente compartido, que está sujeto a sus subjetividades y a las transformaciones del ambiente en el que se ha desarrollado. Sin embargo, existe una conciencia social, podría decirse universal, a la que se hallan sujetos estos valores como una vía de coordinación, gestión y mejora de la calidad de vida en sentido general y la política interpersonal, interterritorial e internacional. Es por ello que existe un consenso planetario sobre los valores que se deben fomentar en las nuevas generaciones como parte del patrimonio histórico cultural intangible mundial.
En sentido general, para hablar de modificaciones en las condiciones de vida de los grupos sociales, se deben tener en cuenta dos aspectos fundamentales que coadyuvan a la formulación de proyecciones futuras:
Primero: La propuesta de cambio debe surgir de los interesados y no los interventores. En todo caso, el interventor- mediador o como prefiera nombrarse de acuerdo a la ciencia que desee identificarlo, puede realizar propuestas de ayuda y de guía hacia el proceso de cambio, pero las necesidades deben ser identificadas por lo propios destinatarios-necesitados. Es cierto que a veces estos últimos, por problemas de desconocimiento, no saben que es necesario mejorar su calidad de vida. Aún así, es en ellos donde la toma de conciencia debe prender para que las nuevas propuestas no caigan en el vacío.
Segundo: Cambiar la conciencia social de un segmento de la población es un proceso complejo y a largo plazo, condicionado por antiguas sociedades humanas regidas por un orden económico específico, determinante de la ideología, la política, la filosofía, el derecho y, en fin, de una cultura socioambiental que hasta nuestros días ha permanecido y se ha enriquecido o “empobrecido” con los nuevos fenómenos sociales.
En cuanto a los niños y adolescentes, la importancia de la familia y la escuela es primordial para la transmisión de valores, aunque no son los únicos medios que los trasmiten y promueven, porque hay vías no formales que también juegan un papel significativo.
Considerando entonces a padres, maestros, vías no formales (entre las que está la televisión, la radio, las instituciones socioculturales…) como trasmisores y fortalecedores de valores en niños y jóvenes, valdría la pena proponer a estos educadores y mediadores del proceso formativo-educativo, dar una ojeada a los derechos humanos de niños y jóvenes, ya que ellos tienen derecho a todo lo contrario de lo que apunta la crisis actual y, por ende, están a tono con los valores que las sociedades e instituciones educativas deberían promulgar:
· Derecho a una mejor calidad de vida cada día.
· Derecho a la libertad.
· Derecho a la salud.
· Derecho a un medioambiente sano y saludable.
· Derecho a la educación – a una educación básica gratis y obligatoria, formas disponibles de una educación secundaria y superior, libre de todo tipo de discriminación en todos los niveles.
· Derecho a la protección de todo tipo de abuso físico y mental.
· Derecho a la protección contra cualquier explotación económica y sexual.
· Derecho a la vida en un ambiente familiar.
De esta forma, los valores ético-morales contribuyen a la lucha por hacer valer el amor al otro, la tolerancia, la solidaridad, el respeto, la laboriosidad, la incondicionalidad, la responsabilidad, la honestidad,…como muestra de una relación dialéctica entre los derechos humanos y valores humanos.
14 de January de 2008 - Publicado en reflexiones | 1 Comentario »