Mientras muevo despreocupadamente un cubo Rubik en blanco+negro+tonalidades de gris, las imágenes de la pantalla, gris sobre gris, sombrean la habitación con acogedora semi-oscuridad. Una mano se desliza en mi mano. Despierto; con el vago recuerdo de aquella mano anónima y la imagen nÃtida de la pelÃcula en plena proyección, miro a mi alrededor, miro mi habitación; tiene el mismo aspecto que le di hace cien años, después de mezclar distintas generaciones de tejido para que las imágenes materiales no casaran demasiado. Miro. Mi dosel de estrellas que nunca fue constelación. Motivos pictóricos y palabras, deformados en una mueca de indiferencia. El acero oxidado del sonido del despertador vibrando todavÃa en mi costado. Por fin, después de varias horas de inconsciencia, nace un nuevo dÃa: una promesa de luz, de súbito la lluvia ha amainado; eternas horas por la tarde; una noche secreta y perfecta. Un nuevo dÃa; por dentro, sonrÃo.
Otra cosa es estar en una isla desierta erigida sobre una nube arenosa salpicada de cajones. En los cajones hay recuerdos. En otros vacÃo, todavÃa. Estoy en un tren, hace sol. Hay horas en la ventanilla, en los pliegues del cuero rojo, en los pasillos de mi maleta. Una canción de Anja Garbarek flota en el universo. El paisaje se deshace en el eco. Los objetos se calientan al sol, inclino la cabeza sobre un libro. Perspectiva de un mar esmeralda que espera a mil millares de millas -tradición irlandesa-. Una fotografÃa se refleja contra el cristal, efÃmera. Soy el actante de un cronotopo banal, tranquilo, sereno; por fuera, sonrÃo. entonces, esa sonrisa tangible rasga el papel que separa las ensoñaciones diurnas de la realidad tangente. Porque despertar no es lo mismo que Despertar.
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* * * * * 4 votos Últimamente hace un par de dÃas me encuentro constantemente envuelta en situaciones que escapan a mi control racional. No hablo de querer dominar una situación o tener el control, nada más lejos de eso. Me refiero a esas conversaciones, situaciones y casualidades, que se manifiestan de manera imprevista y se desbordan por sà solas, mientras tú te mantienes silencioso e inmóvil y ves como todo gira hacia un lugar agridulce, hacia la metamorfosis, para bien, o en otros casos directamente hacia el desastre, sin que tengas tiempo de hacer o deshacer nada, ni para bien ni para mal. Es estar congelado en un instante en que la nada engendra maravillas o monstruos. * * * * ½ 11 votos La primera imagen es un oso blanco bañándose en la bañera; sobre la porcelana amarillenta una rosa de tinta china se deshace en riachuelos de tinta que mi pluma ya está lamiendo con ansia de escribir. Este tiempo cabizbajo de nubes agridulces, el calor de las mañanas, el frÃo del amanecer transplantado al tedio de la noche que no acaba de caer, que no acaba de detenerse en el filo de la almohada. Me preguntan por ‘Franz mi prometido’, una palabra que deberÃa ser erradicada, dicen, y les cuento que Kafka y yo somos muy felices: leo su correspondencia y él sólo duerme, ha decidido dejar de hablar para que yo tenga menos que leer ahora. Mientras, el futurismo llama a la puerta en pos de un no que llevo escrito en la cara. Alguien dijo algo de beberse una sonrisa, y alguien dijo que con la cabellera revuelta sobre la mochila cubierta de pasionarias blancas parezco al menos diez años más joven: yo que era el mito del eterno reterno, ahora he de parecer joven… Este silencio en la habitación aún… Este silencio en la habitación es el solsticio de mi mente, pero todavÃa te echa en falta, a ti. Hablando de otra cosa, recibo cartas. De pronto el universo está cerca, me encuentro con viejas glorias, viejos libros, me reencuentro con Paolo y Paola, veinteañeros, intelectuales, de cabellos plateados. Conozco desconocidos. Olvidados. Conversaciones literalmente matemáticas, calendarios imposibles, propósitos ajenos absurdos que me hacen sonreÃr, de cara a la luz filtrada por cristales sucios, en el autobús. Me encuentran, por casualidad. Saludo, serena. Sigo mi camino lentamente de regreso a casa. Nubes sacudiendo su tristeza en espiral. La lluvia húmeda enmarcando mi memoria como una pesada cortina de teatro abandonado. Un viejo vestido sin estrenar. * * * * ½ 4 votos
21
04
2008
Procella estEscrito por: Florie en cuaderno de bitácora, linterna trágica, música clásicaNada que decir, salvo que, dicen, las niñas grandes no pueden permitirse una lágrima. Que esperar fumando vaho de primera hora al pie de un monumento hace que te encuentres de bruces con japoneses armados de cámaras digitales. Que saldré de fondo de pantalla en sus fotografÃas improvisadas y apresuradas, como la minúscula sombra vestida de negro, que esperaba por vocación, porque el domingo la ciudad está quieta como en las postales que la retratan. Este frÃo me abraza como un abrazo. Ce froid m’étreint comme dans un écrain. I, I can stand under my umbrella. * * * * 6 votos
Y mientras los árboles se abrÃan sobre mà como arañas, entre sus encajes de ramas y claroscuro el sol caÃa sobre la ciudad como una lluvia de cristales benignos. * * * ½ 4 votos Lejos del habitual tenebrismo, del claroscuro y del escorzo, Michelangelo Caravaggio presenta en 1594 este lienzo novelesco y apacible. ¿Qué pueden leer en la mano del retratado? * * * ½ 4 votos
08
04
2008
Bitácora página 8.4.Escrito por: Florie en Diario, cuaderno de bitácora, descripciones, entelequias, geografÃa domésticaNo sé dónde he oÃdo últimamente eso de tengo tanto frÃo y tanta hambre que podrÃa llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anÃmicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach. * * * * * 3 votos
07
04
2008
Cuaderno de bitácora página 31/03Escrito por: Florie en Diario, relatos improvisados, álbumSon dÃas para la memoria reciente, pretérito imperfecta, pero no para la pluscuamperfecta, tan antigua que emerge de mis primeros años en la facultad; sin embargo, las casualidades, como aquellas que hacen que un viernes a las ocho tenga que elegir entre cinco compromisos o que en una sola tarde me devuelvan diez libros cuatro personas diferentes, manipulan nuestras memorias a su antojo. Me llamó, decÃa, ya al atardecer, para contármelo, para contarme lo que no habÃa sucedido y no sucederÃa: ese paseo desde la facultad hasta el centro. No sucedió, porque por la mañana, cuando salà a conserjerÃa en busca de papeles urgentes, le dije como gritando a la nada, Vete a casa. No tengo prisa, decÃa. Me siguió hasta la copisterÃa y luego de vuelta a secretarÃa. Vete a casa, le dije, no me esperes, esto va para largo, me van a tener aquà hasta las dos de la tarde, tengo que entregar estos papeles, era cierto, salir al banco, volver, entregar fotocopias de algunos certificados, hasta las dos de la tarde, ya verás. De acuerdo, dijo, y nos despedimos. Vete a casa, insistÃ, una vez más, en el último momento, ya sabes, la burocracia, aprovecha tu mañana que yo ya la voy a perder, me toca rellenar unos cuantos formularios y he visto ese brillo en tus ojos al mirarme asà que vete a casa… que yo ya no sé querer. * * * * ½ 4 votos
05
04
2008
El crepúsculo caÃa lentamente sobre…Escrito por: Florie en caleidoscopio, gramófono, memoria reciente, música clásicaHay algo muy reconfortante en las pelÃculas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del lÃmite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine. Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mà me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla. Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacÃa un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mÃ, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subÃa la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda. Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frÃo para confortarme después de la carrera y me dirigà sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedÃa el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigÃa al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero serÃa imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. SonreÃa para mis adentros. Recordaba conversaciones y pelÃculas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzarÃa. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacÃa lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacÃa frente al mÃo. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allÃ. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos dÃas. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mÃa por unas horas. En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodÃas del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decÃa esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caÃa lentamente sobre Maravillas Está mañana volvà a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenÃa tiempo, llegarÃa en punto. Me dirigà a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y lÃquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegarÃa incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, habÃa una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas. * * * * * 3 votos A pesar de la vertiginosa proximidad el mar, era un lugar muy silencioso. Una pequeña fortaleza gris y barroca se erigÃa en el borde de un abismo; abajo, una playa en miniatura, irregular como un viejo encaje, y el mar centelleando en silencio: o habÃa demasiada calma, o mi ventana estaba tan alta que enmudecÃa el océano. Entre el momento en que recibà la invitación y llegué allÃ, pasaron breves horas; de modo que la reflexión sobre la naturaleza del viaje se produjo precisamente durante el viaje, y la prefiguración hipotética del lugar se realizaba paradójicamente in situ. Decidà coger un libro y bajar a desayunar, sin embargo, la extraña disposición de las escaleras y la falta de disponibilidad de los ascensores me hicieron desistir por alguna razón que no alcanzaba a comprender. Fui a sentarme en el balcón. La luz en su cénit, la luz de mediodÃa, duró eternamente. Tardaba el dÃa en pasar, la luz en cambiar, el sol en metamorfosearse: el paisaje, iluminado en exceso, casi inmóvil, silencioso, se mantenÃa como impreso sobre una postal. Estuve leyendo y manoseando un libro durante toda la tarde. No recuerdo de qué trataba, tanto la visión estática me hipnotizaba entre lÃnea y lÃnea; y súbitamente, como un pesado telón de teatro, cayó la noche, de un minuto a otro. Sin hambre ni sed, me dirigà hasta el lecho. Me pregunté vagamente, antes de caer en el sueño más profundo, dónde estaban aquellos que también habÃan sido convidados, y si nos verÃamos al dÃa siguiente. Un sueño sin sueños me habÃa invadido y, por la mañana, regresé impertérrita a mi puesto de observación en el balcón iluminado sobre el precipicio. Todo seguÃa igual, deliciosamente quieto. Fue entonces cuando me di cuenta de que los cambios que no se observaban en el exterior, sucedÃan en el interior, sencillamente; al cabo de tres o cuatro mañanas, pude decir que sin ninguna duda alguien compartÃa mi habitación; alguien que dejaba una sábana arrugada en el diván; alguien que perdÃa sus libros en los cojines; alguien que dejaba vaho en los espejos, los grifos goteando y el fondo de la bañera lleno de espuma. Al cabo de cinco dÃas, decidà bajar al comedor. Un hambre fáuvica aunque selectiva me roÃa la concentración. Abandoné pues mi único libro propio en las losas ardientes del balcón y salà al pasillo. Después de subir y bajar varias escaleras, me vi de vuelta al mismo lugar; subà en el ascensor, pulsé el botón 1, pero me llevó al ático; desde allÃ, bajé por la pequeña escalera cuya baranda coronaba la terraza de la cumbre del edificio; eran sólo doce escalones de mármol blanco y sin embargo me llevaron de vuelta a mi planta. Regresé al calor del balcón de mi cuarto. Volvà a intentarlo al dÃa siguiente, deduciendo que aquel lugar no tenÃa puertas reales: no habÃa salidas y, probablemente, tampoco hubo ninguna entrada. El ilogicismo de aquellas conclusiones me dio una dulce sensación de vértigo. Me tumbé en la cama y dormà un rato. Me desperté para regresar al balcón, donde me esperaba una bandeja con una copa de zumo de naranja y un cuenco lleno de frutas rojas; granadas, fresas, frambuesas cubiertas de azúcar. Desayuné con un punto de indiferencia, mirando fijamente hacia el mar, y entonces desperté. Pensando en el sueño que habÃa tenido me vinieron a la mente, ya de vuelta a la razón cartesiana despierta y consciente, todas las coordenadas del lugar, nÃtidas y exactas. Las anoté inmediatamente. Me pareció sensato, por el realismo del sueño, decirle, en caso de que volviera a suceder, donde se encontraba el lugar; explicarle dónde habÃa que ir a buscarme: le dibujé la playa y el edificio, le describà todos los muebles y objetos, hice un plano y anoté todas las cifras importantes para que pudiera localizarme: el número de la habitación, de la planta, la dirección completa, las latitudes. Una vez le hube explicado cómo llegar hasta el lugar donde habÃa estado encerrada en sueños, me sentà tranquila; pero entonces desperté; salà al balcón, en una bandeja la fruta roja se marchitaba bajo el sol, las páginas del libro pasaban solas tomadas por un sutil viento y el mar silencioso oscilaba levemente hasta quedarse paralizado, como en una postal. * * * * * 4 votos |

