Mientras muevo despreocupadamente un cubo Rubik en blanco+negro+tonalidades de gris, las imágenes de la pantalla, gris sobre gris, sombrean la habitación con acogedora semi-oscuridad. Una mano se desliza en mi mano. Despierto; con el vago recuerdo de aquella mano anónima y la imagen nítida de la película en plena proyección, miro a mi alrededor, miro mi habitación; tiene el mismo aspecto que le di hace cien años, después de mezclar distintas generaciones de tejido para que las imágenes materiales no casaran demasiado. Miro. Mi dosel de estrellas que nunca fue constelación. Motivos pictóricos y palabras, deformados en una mueca de indiferencia. El acero oxidado del sonido del despertador vibrando todavía en mi costado. Por fin, después de varias horas de inconsciencia, nace un nuevo día: una promesa de luz, de súbito la lluvia ha amainado; eternas horas por la tarde; una noche secreta y perfecta. Un nuevo día; por dentro, sonrío.
Otra cosa es estar en una isla desierta erigida sobre una nube arenosa salpicada de cajones. En los cajones hay recuerdos. En otros vacío, todavía. Estoy en un tren, hace sol. Hay horas en la ventanilla, en los pliegues del cuero rojo, en los pasillos de mi maleta. Una canción de Anja Garbarek flota en el universo. El paisaje se deshace en el eco. Los objetos se calientan al sol, inclino la cabeza sobre un libro. Perspectiva de un mar esmeralda que espera a mil millares de millas -tradición irlandesa-. Una fotografía se refleja contra el cristal, efímera. Soy el actante de un cronotopo banal, tranquilo, sereno; por fuera, sonrío. entonces, esa sonrisa tangible rasga el papel que separa las ensoñaciones diurnas de la realidad tangente. Porque despertar no es lo mismo que Despertar.

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Últimamente hace un par de días me encuentro constantemente envuelta en situaciones que escapan a mi control racional. No hablo de querer dominar una situación o tener el control, nada más lejos de eso. Me refiero a esas conversaciones, situaciones y casualidades, que se manifiestan de manera imprevista y se desbordan por sí solas, mientras tú te mantienes silencioso e inmóvil y ves como todo gira hacia un lugar agridulce, hacia la metamorfosis, para bien, o en otros casos directamente hacia el desastre, sin que tengas tiempo de hacer o deshacer nada, ni para bien ni para mal. Es estar congelado en un instante en que la nada engendra maravillas o monstruos.
¿De qué manera una palabra amable se ha convertido en una burla? ¿Cómo un enemigo potencial me ha rozado suavemente una herida que me cruza la cara? ¿De qué manera la criatura que no hacía más que preguntar acerca de literatura y lengua ha llegado por fin a ser quien contesta a las preguntas? ¿Cómo el hablarle a alguien de mis horarios imposibles puede acabar en lágrimas? ¿Por qué poner una isla en una bandeja para luego marcharse a otro lugar? ¿Cómo la falta literal de tiempo puede convertir los días en noches y las noches en días? ¿Cómo puede estar el calendario en números rojos cuando me desperté una mañana de febrero y tenía meses por delante? ¿Cómo puede ser que el mito de los sueños premonitorios se cumpla hasta lo imposible?
¿Por qué Kafka sólo habla en sus cartas de sus propias cartas? : metadiscurso infinito cercano a la angustia teñida de pánico ácido e indisoluble. Después de la situación que te atrapa como una enredadera y te asfixia, regresas a casa, o sales al mundo, con la sensación de que el tiempo y el espacio se tambalean. Te preguntas realmente si estás despierto. Te preguntas si existes.
Tener la verdad sobre las cosas no es suficiente; resta saber si algunas verdades se pudieran haber evitado antes de que lo llegaran a ser. Ser. Ser o no ser. El único consuelo, Dios escribe recto con renglones torcidos.

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La primera imagen es un oso blanco bañándose en la bañera; sobre la porcelana amarillenta una rosa de tinta china se deshace en riachuelos de tinta que mi pluma ya está lamiendo con ansia de escribir. Este tiempo cabizbajo de nubes agridulces, el calor de las mañanas, el frío del amanecer transplantado al tedio de la noche que no acaba de caer, que no acaba de detenerse en el filo de la almohada. Me preguntan por ‘Franz mi prometido’, una palabra que debería ser erradicada, dicen, y les cuento que Kafka y yo somos muy felices: leo su correspondencia y él sólo duerme, ha decidido dejar de hablar para que yo tenga menos que leer ahora. Mientras, el futurismo llama a la puerta en pos de un no que llevo escrito en la cara. Alguien dijo algo de beberse una sonrisa, y alguien dijo que con la cabellera revuelta sobre la mochila cubierta de pasionarias blancas parezco al menos diez años más joven: yo que era el mito del eterno reterno, ahora he de parecer joven… Este silencio en la habitación aún… Este silencio en la habitación es el solsticio de mi mente, pero todavía te echa en falta, a ti. Hablando de otra cosa, recibo cartas. De pronto el universo está cerca, me encuentro con viejas glorias, viejos libros, me reencuentro con Paolo y Paola, veinteañeros, intelectuales, de cabellos plateados. Conozco desconocidos. Olvidados. Conversaciones literalmente matemáticas, calendarios imposibles, propósitos ajenos absurdos que me hacen sonreír, de cara a la luz filtrada por cristales sucios, en el autobús. Me encuentran, por casualidad. Saludo, serena. Sigo mi camino lentamente de regreso a casa. Nubes sacudiendo su tristeza en espiral. La lluvia húmeda enmarcando mi memoria como una pesada cortina de teatro abandonado. Un viejo vestido sin estrenar.

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Nada que decir, salvo que, dicen, las niñas grandes no pueden permitirse una lágrima. Que esperar fumando vaho de primera hora al pie de un monumento hace que te encuentres de bruces con japoneses armados de cámaras digitales. Que saldré de fondo de pantalla en sus fotografías improvisadas y apresuradas, como la minúscula sombra vestida de negro, que esperaba por vocación, porque el domingo la ciudad está quieta como en las postales que la retratan. Este frío me abraza como un abrazo. Ce froid m’étreint comme dans un écrain. I, I can stand under my umbrella.
Las cosas no van mal, en mi otra vida tengo una mansión junto al lago de Constanza y por la mañana desayuno zumo de naranja de mis propios naranjos. No pido mucho más en cuanto a lujo se refiere, no pido Chanel nº5, mi vieja ropa de Dior descansa en naftalina; no pido una nariz de porcelana. Pido un invierno frío a la sombra de un libro, y a la sombra de diciembre. Una primavera que refleje en sus paredes toda esta luz que acostumbro a acumular en la memoria cuando duermo. La lluvia cae como una cortina de vapor; la ciudad húmeda me recuerda el fondo del mar que un día conocí, el mar salino y tormentoso que acostumbraba a susurrar mis noches. Mar que se hizo tormenta barroca y dulce et procella est, ‘y se hizo la tormenta’, es decir, la revolución, la metamorfosis. Y mis manos acariciando Bach; y mi mente tejiendo mi novela, la que no he escrito. La que no se dice ni se ve, ni se siente.

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Y mientras los árboles se abrían sobre mí como arañas, entre sus encajes de ramas y claroscuro el sol caía sobre la ciudad como una lluvia de cristales benignos.

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Buona ventura, Caravaggio. Fuente: wikipedia

Lejos del habitual tenebrismo, del claroscuro y del escorzo, Michelangelo Caravaggio presenta en 1594 este lienzo novelesco y apacible.

¿Qué pueden leer en la mano del retratado?

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No sé dónde he oído últimamente eso de tengo tanto frío y tanta hambre que podría llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anímicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach.
Hoy llueve, creo que ayer también llovía, lo que sucede es que por alguna razón ayer apenas tuvo importancia. Pero hoy, Llueve literal y anímicamente, es decir que hace un tiempo para envolverse en sensaciones y prendas que abriguen. Es un día para desviarme de mi camino habitual y dirigir mi vestido de primavera, cubierto con un abrigo de lana húmedo de tormenta, hasta tu casa. Entrar en silencio, sentir tu casto beso en mi mejilla porque tu familia anda observándonos discretamente. Sentarme en el sofá, oír cómo la lluvia arremete contra el tejado. Me deshago del abrigo acuático sobre el radiador, tú me dejas un jersey, me está grande, me apoyo un poco contra tu hombro y, mientras te entretienes en una conversación de sobremesa, oigo las vibraciones de tu voz y la atmósfera sonora y cambiante de la televisión; y tú me acompañas, duermes despierto.
Pero no hay ningún tú; regreso a casa, me siento en el sofá con el abrigo puesto y contemplo, entre quimérica, risueña y triste, el terrible vacío en el hueco de mi habitación.

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Son días para la memoria reciente, pretérito imperfecta, pero no para la pluscuamperfecta, tan antigua que emerge de mis primeros años en la facultad; sin embargo, las casualidades, como aquellas que hacen que un viernes a las ocho tenga que elegir entre cinco compromisos o que en una sola tarde me devuelvan diez libros cuatro personas diferentes, manipulan nuestras memorias a su antojo.
Me encontró esta mañana en un rincón de la facultad empujado por un presentimiento, dijo. Hacía tantos años, no sabíamos qué decir. Afortunadamente, la secretaría burbujeaba del sonido metálico de las máquinas de escribir, llámense ordenadores. Te espero fuera, dijo. En unos diez minutos, salí de la secretaría de camino a la conserjería, fulminantemente aprisa, en busca de papeles clave para entrar en una cadena de montaje burocrática. Hacía tanto tiempo que al principio no le reconocí, hacía tanto tiempo que apenas nos habíamos añorado. Horas más tarde, me llamó por teléfono para contarme que, mientras me esperaba a la puerta de la secretaría, había idealizado el momento en que me acompañaría ciudad abajo, al sol del mediodía, dijo. Me contó que había ido al quiosco a comprar unos caramelos, y que se había imaginado diciéndome Y bien, cuéntamelo todo al tiempo que me ofrecería uno de frambuesa. Imaginó que nos pondríamos al día y que las palabras saldrían fluidas, aéreas, ebúrneas. Imaginó, dijo, mi perfil deshaciéndose en el viento, por esa cuesta que había bajado caminando solamente con personas a las que había amado -sonreí para mis adentros, pensando que a mí me había sucedido lo mismo-. Qué tendrá la cuesta de Letras, con sus árboles en estado salvaje entre ruinas de futura construcción, con el laboratorio astronómico que dejamos atrás paso a paso, con los carteles oxidados yaciendo en la cuneta. Qué tendrá.

Me llamó, decía, ya al atardecer, para contármelo, para contarme lo que no había sucedido y no sucedería: ese paseo desde la facultad hasta el centro. No sucedió, porque por la mañana, cuando salí a conserjería en busca de papeles urgentes, le dije como gritando a la nada, Vete a casa. No tengo prisa, decía. Me siguió hasta la copistería y luego de vuelta a secretaría. Vete a casa, le dije, no me esperes, esto va para largo, me van a tener aquí hasta las dos de la tarde, tengo que entregar estos papeles, era cierto, salir al banco, volver, entregar fotocopias de algunos certificados, hasta las dos de la tarde, ya verás. De acuerdo, dijo, y nos despedimos. Vete a casa, insistí, una vez más, en el último momento, ya sabes, la burocracia, aprovecha tu mañana que yo ya la voy a perder, me toca rellenar unos cuantos formularios y he visto ese brillo en tus ojos al mirarme así que vete a casa… que yo ya no sé querer.

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Hay algo muy reconfortante en las películas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del límite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine.

Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mí me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla.

Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacía un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mí, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subía la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda.

Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frío para confortarme después de la carrera y me dirigí sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedía el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigía al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero sería imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. Sonreía para mis adentros. Recordaba conversaciones y películas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzaría. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacía lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacía frente al mío. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allí. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos días. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mía por unas horas.

En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodías del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decía esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caía lentamente sobre Maravillas

Está mañana volví a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenía tiempo, llegaría en punto. Me dirigí a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y líquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegaría incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, había una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas.

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A pesar de la vertiginosa proximidad el mar, era un lugar muy silencioso. Una pequeña fortaleza gris y barroca se erigía en el borde de un abismo; abajo, una playa en miniatura, irregular como un viejo encaje, y el mar centelleando en silencio: o había demasiada calma, o mi ventana estaba tan alta que enmudecía el océano.

Entre el momento en que recibí la invitación y llegué allí, pasaron breves horas; de modo que la reflexión sobre la naturaleza del viaje se produjo precisamente durante el viaje, y la prefiguración hipotética del lugar se realizaba paradójicamente in situ.

Decidí coger un libro y bajar a desayunar, sin embargo, la extraña disposición de las escaleras y la falta de disponibilidad de los ascensores me hicieron desistir por alguna razón que no alcanzaba a comprender.

Fui a sentarme en el balcón. La luz en su cénit, la luz de mediodía, duró eternamente. Tardaba el día en pasar, la luz en cambiar, el sol en metamorfosearse: el paisaje, iluminado en exceso, casi inmóvil, silencioso, se mantenía como impreso sobre una postal. Estuve leyendo y manoseando un libro durante toda la tarde. No recuerdo de qué trataba, tanto la visión estática me hipnotizaba entre línea y línea; y súbitamente, como un pesado telón de teatro, cayó la noche, de un minuto a otro.

Sin hambre ni sed, me dirigí hasta el lecho. Me pregunté vagamente, antes de caer en el sueño más profundo, dónde estaban aquellos que también habían sido convidados, y si nos veríamos al día siguiente. Un sueño sin sueños me había invadido y, por la mañana, regresé impertérrita a mi puesto de observación en el balcón iluminado sobre el precipicio. Todo seguía igual, deliciosamente quieto. Fue entonces cuando me di cuenta de que los cambios que no se observaban en el exterior, sucedían en el interior, sencillamente; al cabo de tres o cuatro mañanas, pude decir que sin ninguna duda alguien compartía mi habitación; alguien que dejaba una sábana arrugada en el diván; alguien que perdía sus libros en los cojines; alguien que dejaba vaho en los espejos, los grifos goteando y el fondo de la bañera lleno de espuma.

Al cabo de cinco días, decidí bajar al comedor. Un hambre fáuvica aunque selectiva me roía la concentración. Abandoné pues mi único libro propio en las losas ardientes del balcón y salí al pasillo. Después de subir y bajar varias escaleras, me vi de vuelta al mismo lugar; subí en el ascensor, pulsé el botón 1, pero me llevó al ático; desde allí, bajé por la pequeña escalera cuya baranda coronaba la terraza de la cumbre del edificio; eran sólo doce escalones de mármol blanco y sin embargo me llevaron de vuelta a mi planta. Regresé al calor del balcón de mi cuarto. Volví a intentarlo al día siguiente, deduciendo que aquel lugar no tenía puertas reales: no había salidas y, probablemente, tampoco hubo ninguna entrada. El ilogicismo de aquellas conclusiones me dio una dulce sensación de vértigo. Me tumbé en la cama y dormí un rato. Me desperté para regresar al balcón, donde me esperaba una bandeja con una copa de zumo de naranja y un cuenco lleno de frutas rojas; granadas, fresas, frambuesas cubiertas de azúcar. Desayuné con un punto de indiferencia, mirando fijamente hacia el mar, y entonces desperté.

Pensando en el sueño que había tenido me vinieron a la mente, ya de vuelta a la razón cartesiana despierta y consciente, todas las coordenadas del lugar, nítidas y exactas. Las anoté inmediatamente. Me pareció sensato, por el realismo del sueño, decirle, en caso de que volviera a suceder, donde se encontraba el lugar; explicarle dónde había que ir a buscarme: le dibujé la playa y el edificio, le describí todos los muebles y objetos, hice un plano y anoté todas las cifras importantes para que pudiera localizarme: el número de la habitación, de la planta, la dirección completa, las latitudes. Una vez le hube explicado cómo llegar hasta el lugar donde había estado encerrada en sueños, me sentí tranquila; pero entonces desperté; salí al balcón, en una bandeja la fruta roja se marchitaba bajo el sol, las páginas del libro pasaban solas tomadas por un sutil viento y el mar silencioso oscilaba levemente hasta quedarse paralizado, como en una postal.

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