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La sensación fue como un huracán que arrasó con todo. Estaba tranquilamente sentada en el ordenador y, súbitamente, mis libros caían al suelo, atraídos por la gravedad que respondía a algún impulso que los había levantado hacia el techo que se quebraba, de forma tan fugaz que ni siquiera me había dado cuenta. Me pregunté si estaba muerta. Tenía pulso, pero eso era muy relativo. El huracán siguió arransando con todo, plegando como cartas íntimas en sobres lacrados todos los edificios de la ciudad, los edificios que seguían existiendo tan solo unos minutos antes, todos los lugares que amaba.

El dolor debía ser fuerte porque apenas era perceptible; mi cuerpo se había convertido en una balsa a la deriva entre sus propias orillas. Hasta que desaparecí; entonces comencé a sentirlo, porque ya no quedaba nada de mí salvo una silueta, un rostro, un vestido de lana y frío. Todo lo demás era dolor y no había otra manera de nombrarlo. Tormento, suplicio, angustia, eran consecuencias o causas, pero sólo el dolor era dolor. Si hubiese nacido china, podría sentirlo en una mayor gama cromática: 楚 疼 病 辛 痛 疼痛 酸痛 隐衷 心酸 头痛 痛痒y sobre todo 浑身酸痛. Pero si hubiese nacido china no estaría aquí -quizás, cuestión de estadística- sin saber si estaba muerta o viva, en un dormitorio que ya no tenía techo sino harapos de arquitectura declinando sobre mi cabeza, que no tenía cama sino insomnio con dosel de estrellas, sintiendo cómo el huracán me deshacía y deshacía mis libros. Intacta, mi memoria reciente. Intacta, y redundante, mi memoria. Cerré los ojos, pero era inútil. Las palabras seguían ahí. Abrí los ojos como un recién nacido que ha leído algo sobre la Tierra, miré hacia arriba como Narciso busca en un espejo. Yo no estaba allí, pero mi techo volvía a cubrirme. Faltaba aire -expresión imposible-. Abrí las ventanas de par en par -expresión tópica, pero necesaria-. Al otro lado, mi ciudad se arremolinaba como siempre, como las sabias volutas de una noche de van Gogh; mi tejado me cubría, mi ropa me vestía, y seguía en mi mesa, con las manos abrazadas sobre la madera. Si fuera china el efecto mariposa me habría preparado otro dolor en otro lugar; quizás; me parecía poco probable. Aún así, aún sin poder hacer una comprobación científica, sentí cómo este dolor era inefable, es decir, definitivo. Entonces, dejé de escribir.

2 Respuestas a “Calmar el dolor”
  1. Florie dice:

    Comunicado de prensa:
    ante la avalancha de personas que me preguntan, después de haber leído esta entrada, cómo estoy y qué me ha sucedido -nota: me lo decís todos en privado; insisto, podéis dejar comentarios aquí- he de comunicar que estoy bien, que no me ha pasado nada grave, es sólo un texto sobre el dolor y mi forma de sentirlo o de percibirlo en algunos casos, igual que escribí en otra ocasión una entrada sobre el miedo.
    Gracias a todos por preocuparos.

  2. anoncia dice:

    Hola.Tu blog está muy interesante. Estudio la tradición también,además,lingua y la cultura extranjera.Mi español no está bien,pero puedo ayudarte con chino.
    Un saludo

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