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“Se despertó cuando caía sobre ella un castillo de cartas. Alicia, exclamó parsimoniosamente David Copperfield, tengo hambre. Alicia le pasó mecánicamente un cucurucho de castañas asadas, no me llamo Alicia, dijo, soy Ana Lovita Horlado, de Toledo. Alicia, exclamó entonces Gustavo Adolfo Bécquer, estoy asustado. Y Ana Lovita Horlado lo tapó con una página para que se durmiera.

Como no sabía porqué se había metamorfoseado, porqué tenía el cabello de pergamino y el vestido de papel carbón, sólo se le ocurrió una cosa: debía consultar el buzón de correos: las cartas eran grandes reveladoras de la identidad.

En un principio, el plan se vio bastante obstaculizado por un asunto trivial: para hallar el buzón de correos, había que salir de la casa… Tras dar con veintitrés puertas aparentes, de las que cinco eran ventanas y doce resultaron ser trampantojos, encontró la puerta de entrada, con su alfombra hipócrita y su timbre dorado, en el hogar de la chimenea. Una vez fuera, tuvo que bordear varios árboles cuyo diámetro se medía en millas -todo estaba en sombra, los pájaros aullaban- hasta encontrar el buzón. Lo abrió y en el interior estaba la respuesta, una carta en blanco que se dirigía a Alicia Lovita Horlado. Sintió cómo la presión sanguínea a la altura de sus sienes se hacía más y más azul. Se sentó en la hierba fresca y su consciencia se desvaneció.

Cuando despertó, se encontraba en un lugar subterráneo; en cuanto recuperó un mínimo de lucidez y de sentido de la claustrofobia, se levantó para huir a donde fuese. Ana, pareces el conejo blanco de la Alicia de Lewis, dijo Thomas de Quincey, siempre tienes prisa. No había salida: se dejó caer contra una pared del sótano, forrada como un libro con papel pintado barroquizante y ondulatorio, y llegó a Nueva York.

Allí un paseante a quien no llegó a reconocer se giró a su paso para saludarla. Una manzana más allá, Alyv Singer miró directamente a la cámara y le dijo huya señorita, aquí hay demasiado tráfico, y la palabra señorita se repitió en eco hasta desaparecer en la neblina; precisamente, se apoyó contra esa niebla, que la sostuvo durante unos minutos, y finalmente cayó al otro lado, en el profundo e inquietante interior del Támesis. Por fin, Alicia le dijo un tritón con cabello de algas verdes, por fin, Alicia Copperfield Bécquer, insistió, y su voz nublada por el agua le era tan familiar…, te he conocido en la infancia recitó Analicia Lovita Copperfield Horlado como si fuese una fórmula mágica y, entonces, recordó”.

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