Cuaderno de bitácora página 31/03
Escrito por: Florie en Diario, relatos improvisados, álbumSon dÃas para la memoria reciente, pretérito imperfecta, pero no para la pluscuamperfecta, tan antigua que emerge de mis primeros años en la facultad; sin embargo, las casualidades, como aquellas que hacen que un viernes a las ocho tenga que elegir entre cinco compromisos o que en una sola tarde me devuelvan diez libros cuatro personas diferentes, manipulan nuestras memorias a su antojo.
Me encontró esta mañana en un rincón de la facultad empujado por un presentimiento, dijo. HacÃa tantos años, no sabÃamos qué decir. Afortunadamente, la secretarÃa burbujeaba del sonido metálico de las máquinas de escribir, llámense ordenadores. Te espero fuera, dijo. En unos diez minutos, salà de la secretarÃa de camino a la conserjerÃa, fulminantemente aprisa, en busca de papeles clave para entrar en una cadena de montaje burocrática. HacÃa tanto tiempo que al principio no le reconocÃ, hacÃa tanto tiempo que apenas nos habÃamos añorado. Horas más tarde, me llamó por teléfono para contarme que, mientras me esperaba a la puerta de la secretarÃa, habÃa idealizado el momento en que me acompañarÃa ciudad abajo, al sol del mediodÃa, dijo. Me contó que habÃa ido al quiosco a comprar unos caramelos, y que se habÃa imaginado diciéndome Y bien, cuéntamelo todo al tiempo que me ofrecerÃa uno de frambuesa. Imaginó que nos pondrÃamos al dÃa y que las palabras saldrÃan fluidas, aéreas, ebúrneas. Imaginó, dijo, mi perfil deshaciéndose en el viento, por esa cuesta que habÃa bajado caminando solamente con personas a las que habÃa amado -sonreà para mis adentros, pensando que a mà me habÃa sucedido lo mismo-. Qué tendrá la cuesta de Letras, con sus árboles en estado salvaje entre ruinas de futura construcción, con el laboratorio astronómico que dejamos atrás paso a paso, con los carteles oxidados yaciendo en la cuneta. Qué tendrá.
Me llamó, decÃa, ya al atardecer, para contármelo, para contarme lo que no habÃa sucedido y no sucederÃa: ese paseo desde la facultad hasta el centro. No sucedió, porque por la mañana, cuando salà a conserjerÃa en busca de papeles urgentes, le dije como gritando a la nada, Vete a casa. No tengo prisa, decÃa. Me siguió hasta la copisterÃa y luego de vuelta a secretarÃa. Vete a casa, le dije, no me esperes, esto va para largo, me van a tener aquà hasta las dos de la tarde, tengo que entregar estos papeles, era cierto, salir al banco, volver, entregar fotocopias de algunos certificados, hasta las dos de la tarde, ya verás. De acuerdo, dijo, y nos despedimos. Vete a casa, insistÃ, una vez más, en el último momento, ya sabes, la burocracia, aprovecha tu mañana que yo ya la voy a perder, me toca rellenar unos cuantos formularios y he visto ese brillo en tus ojos al mirarme asà que vete a casa… que yo ya no sé querer.
Entradas (RSS)
10 Abril 2008 a las 6:55 pm
Todos sabemos querer… lo que no sabemos es si queremos hacerlo. Recursos para huÃr de lo que queremos…
12 Abril 2008 a las 2:22 pm
Es curioso pero estoy totalmente en desacuerdo y muy de acuerdo, a la vez. SabidurÃa Sebasiana, gracias por pasarte!