Cumbres borrascosas
Escrito por: Florie en Diario, alucinaciones, relatos improvisados, universos oblicuosEl paisaje más desolador de una cumbre, en la que me hallaba siniestramente esperando un medio de locomoción que me llevase de vuelta a un lugar con vida, se convertÃa en el pasaje más desolado de Cumbres borrascosas.
Era aquella hora que no puede decirse del dÃa ni de la noche; el cielo se llenaba de fuego azul oscuro y nubes antracita, que evolucionaban en un extraño movimiento de retroalimentación. No habÃa nadie; las hojas de los tilos, dispuestos a ambos lados de la cuesta que, abrupta y secular, oscilaba entre la horizontalidad y la verticalidad, temblaban tanto a mi alrededor que parecÃa estar envuelta en el oleaje; y no habÃa nadie…
El frÃo empezaba a atravesar mi abrigo otoñal, los libros a pesar, la soledad a atormentar cada rincón de esta tierra. Después, la soledad vino a duplicarse, porque habÃa aparecido alguien, pero alguien extrañamente oscuro, ausente, ajeno. Habiendo alguien ahÃ, yo seguÃa estando sola. Hasta que de pronto entró en escena una segunda figura, que inmediatamente asocié con la primera porque corrió hacia él como si hubiese sido una cuestión de vida o muerte: miré a mi alrededor, más atentamente; quizás estemos en estado de alerta, tal vez haya comenzado una inundación, quizás la montaña de las Letras habÃa sido desterrada del resto de la ciudad, tal vez estemos encerrados al aire libre, quizás la tormenta iba a ser tan fatal y predecible que no merecÃa la pena guarecerse, tal vez nos encontremos en pleno naufragio y los tilos realmente sean olas: me he dormido en cubierta, me dije cerrando los ojos, y ahora, cuando vuelva a abrirlos, comprobaré que la nave ha chocado con un iceberg de castillos invernales, mis pies estarán empapados y trataré de secarlos, febril e incoherente porque de todas formas el agua ya estará amenazando mi garganta.
Abrà los ojos, el paisaje seguÃa siendo desolador, el autobús seguÃa sin llegar, pero estábamos en tierra firme. La soledad ya no pesaba tanto porque en cierta manera estaba escribiendo; una vez descrito el lugar, necesitaba personajes; me giré hacia ellos.
Ella iba vestida de frambuesa burtoniana; él iba de blanco como un ángel televisivo: se estaban besando lentamente. Sonreà y desvié la mirada hacia la carretera; allÃ, ancladas en el suelo, unas luces parpadeaban al ritmo de Bela Bartok. Volvà a mirar: parecÃa que hacÃa sol justo encima de ellos que entonces jugaban al escondite entre los postes de la parada; estaban tan ensimismados que yo seguÃa sin existir, pero no importaba, la sensación de soledad del lugar habÃa desaparecido; la tierra abandonada en una hora entre el dÃa y la noche en que los estudiantes ya han huÃdo a sus refugios particulares, si hubiera tenido voz, habrÃa gritado ‘mientras hay vida hay esperanza’.
Unos minutos más tarde, unos kilómetros más tarde, a través de la ventanilla, la naturaleza volvió a sorprenderme; encima de un colegio anticuado, una media luna brillante y tridimensional resplandecÃa, y sobre ella brillaba un rayo fuerte y nÃtido atravesándola transversalmente; algo más cerca del suelo, pero en lÃnea paralela a la mancha oblÃcua de luna en el cielo, tres focos de farola moderna producÃan exactamente el mismo efecto sobre un ciprés urbano.
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24 Octubre 2007 a las 1:28 pm
es la mala hora
condenado estoy
es la mala hora
cien pájaros hambrientos
anuncian la aurora
es la mala hora
mi jodida suerte
terminó
26 Octubre 2007 a las 8:11 am
Una sensación parecida sentà el miercoles, caÃan chuzos de punta, la calle estaba desierta y yo tenÃa que llegar hasta mi casa e intentar mojarme lo menos posible, asi que tome un autobús no muiy seguro de que me llevara a casa. Una hora y media después me baje. Es un mundo el autobús, y la espera en sÃ, 8 minutos dan para ver mucho =)
26 Octubre 2007 a las 10:52 am
Exacto, con el tiempo me estoy dando cuenta que el autobús da para mucho! Y el miércoles de tormenta, por cierto, un autobús me hubiese evitado esas décimas de fiebre, ains.