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“Lo sabía mientras sucedía, mientras el calor yuxtapuesto de sus cuerpos evolucionaba mal abrigado de camino a un lugar que era más tiempo que espacio; sabía ya entonces, de una manera intuitiva e inefable, que cada imagen permanecería grabada en su memoria. La ciudad esperaba el invierno con un traje de verano conservado bajo cristal; en las plazas, las aves levitaban en un murmullo de papel arrugado y sueño, emitiendo un canto de xilófono ingrávido: las aves eran elegancia bajo el cielo azul oscuro; el cielo azul oscuro era paz en el espacio que se albergaba entre su piel y sus pulmones. La ciudad parecía recién construida, la noche le había sacado brillo con extremo cuidado y los pasos caían firmes pero etéreos sobre las filigranas de los suelos urbanos demasiado plateados y limpios como para estar en la misma ciudad que había amanecido horas antes. Caminaron más aprisa, con la palabra templando el aire, constelaciones enteras que se hilaban solas, veloces, palabras conservadas en el frío, iluminando el camino, blancas, intactas y materiales. La ciudad, por un momento, se volvió del revés; de los dobleces de los edificios salieron lobos negros indefensos y espíritus encarnados en gente anónima y pretérita que aparecía súbitamente en la geometría oculta de las calles que se abrían a su paso, enarbolando caras ovaladas y brillantes. Caminaron entre ellos como si no estuvieran y luego miraron fugazmente por encima del hombro: las criaturas inquietantes seguían allí, mudas, exhibiendo miradas fijas que trataban de atravesar la ciudad, pero ellos ya estaban lejos y a salvo. La ciudad se desenvolvía, mate como un pergamino, bajo las hojas inmóviles; las hojas silenciosas, que bajo el fulgor eléctrico de la ciudad había sido abandonada por cien mil almas somnolientas que soñaban detrás de las fachadas con lugares diferentes a este que quizás hayan olvidado. Las calles ofrecían tácitamente trenes improvisados en las aceras, asientos cojos que esperaban a ser montados para viajes interestelares, pero llegó una encrucijada, un espejismo entre dos calles, una calle oscura, y entonces las llaves sonaron agriando metálicamente un cerrojo. En cuanto traspasó el umbral, en cuando quedó sumida en la oscuridad y el silencio, el frío yerto de la casa la envolvió como una sábana, y en aquel momento, la ciudad que había estado empezando a existir unos segundos antes se duplicó para cristalizarse en la memoria; ahí fuera, la ciudad de papel, la ciudad perfecta, siguió creciendo.”

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