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Son días para la memoria reciente, pretérito imperfecta, pero no para la pluscuamperfecta, tan antigua que emerge de mis primeros años en la facultad; sin embargo, las casualidades, como aquellas que hacen que un viernes a las ocho tenga que elegir entre cinco compromisos o que en una sola tarde me devuelvan diez libros cuatro personas diferentes, manipulan nuestras memorias a su antojo.
Me encontró esta mañana en un rincón de la facultad empujado por un presentimiento, dijo. Hacía tantos años, no sabíamos qué decir. Afortunadamente, la secretaría burbujeaba del sonido metálico de las máquinas de escribir, llámense ordenadores. Te espero fuera, dijo. En unos diez minutos, salí de la secretaría de camino a la conserjería, fulminantemente aprisa, en busca de papeles clave para entrar en una cadena de montaje burocrática. Hacía tanto tiempo que al principio no le reconocí, hacía tanto tiempo que apenas nos habíamos añorado. Horas más tarde, me llamó por teléfono para contarme que, mientras me esperaba a la puerta de la secretaría, había idealizado el momento en que me acompañaría ciudad abajo, al sol del mediodía, dijo. Me contó que había ido al quiosco a comprar unos caramelos, y que se había imaginado diciéndome Y bien, cuéntamelo todo al tiempo que me ofrecería uno de frambuesa. Imaginó que nos pondríamos al día y que las palabras saldrían fluidas, aéreas, ebúrneas. Imaginó, dijo, mi perfil deshaciéndose en el viento, por esa cuesta que había bajado caminando solamente con personas a las que había amado -sonreí para mis adentros, pensando que a mí me había sucedido lo mismo-. Qué tendrá la cuesta de Letras, con sus árboles en estado salvaje entre ruinas de futura construcción, con el laboratorio astronómico que dejamos atrás paso a paso, con los carteles oxidados yaciendo en la cuneta. Qué tendrá.
Me llamó, decía, ya al atardecer, para contármelo, para contarme lo que no había sucedido y no sucedería: ese paseo desde la facultad hasta el centro. No sucedió, porque por la mañana, cuando salí a conserjería en busca de papeles urgentes, le dije como gritando a la nada, Vete a casa. No tengo prisa, decía. Me siguió hasta la copistería y luego de vuelta a secretaría. Vete a casa, le dije, no me esperes, esto va para largo, me van a tener aquí hasta las dos de la tarde, tengo que entregar estos papeles, era cierto, salir al banco, volver, entregar fotocopias de algunos certificados, hasta las dos de la tarde, ya verás. De acuerdo, dijo, y nos despedimos. Vete a casa, insistí, una vez más, en el último momento, ya sabes, la burocracia, aprovecha tu mañana que yo ya la voy a perder, me toca rellenar unos cuantos formularios y he visto ese brillo en tus ojos al mirarme así que vete a casa… que yo ya no sé querer.
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Hay algo muy reconfortante en las películas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del límite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine.
Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mí me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla.
Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacía un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mí, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subía la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda.
Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frío para confortarme después de la carrera y me dirigí sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedía el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigía al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero sería imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. Sonreía para mis adentros. Recordaba conversaciones y películas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzaría. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacía lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacía frente al mío. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allí. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos días. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mía por unas horas.
En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodías del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decía esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caía lentamente sobre Maravillas
Está mañana volví a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenía tiempo, llegaría en punto. Me dirigí a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y líquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegaría incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, había una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas.
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A pesar de la vertiginosa proximidad el mar, era un lugar muy silencioso. Una pequeña fortaleza gris y barroca se erigía en el borde de un abismo; abajo, una playa en miniatura, irregular como un viejo encaje, y el mar centelleando en silencio: o había demasiada calma, o mi ventana estaba tan alta que enmudecía el océano.
Entre el momento en que recibí la invitación y llegué allí, pasaron breves horas; de modo que la reflexión sobre la naturaleza del viaje se produjo precisamente durante el viaje, y la prefiguración hipotética del lugar se realizaba paradójicamente in situ.
Decidí coger un libro y bajar a desayunar, sin embargo, la extraña disposición de las escaleras y la falta de disponibilidad de los ascensores me hicieron desistir por alguna razón que no alcanzaba a comprender.
Fui a sentarme en el balcón. La luz en su cénit, la luz de mediodía, duró eternamente. Tardaba el día en pasar, la luz en cambiar, el sol en metamorfosearse: el paisaje, iluminado en exceso, casi inmóvil, silencioso, se mantenía como impreso sobre una postal. Estuve leyendo y manoseando un libro durante toda la tarde. No recuerdo de qué trataba, tanto la visión estática me hipnotizaba entre línea y línea; y súbitamente, como un pesado telón de teatro, cayó la noche, de un minuto a otro.
Sin hambre ni sed, me dirigí hasta el lecho. Me pregunté vagamente, antes de caer en el sueño más profundo, dónde estaban aquellos que también habían sido convidados, y si nos veríamos al día siguiente. Un sueño sin sueños me había invadido y, por la mañana, regresé impertérrita a mi puesto de observación en el balcón iluminado sobre el precipicio. Todo seguía igual, deliciosamente quieto. Fue entonces cuando me di cuenta de que los cambios que no se observaban en el exterior, sucedían en el interior, sencillamente; al cabo de tres o cuatro mañanas, pude decir que sin ninguna duda alguien compartía mi habitación; alguien que dejaba una sábana arrugada en el diván; alguien que perdía sus libros en los cojines; alguien que dejaba vaho en los espejos, los grifos goteando y el fondo de la bañera lleno de espuma.
Al cabo de cinco días, decidí bajar al comedor. Un hambre fáuvica aunque selectiva me roía la concentración. Abandoné pues mi único libro propio en las losas ardientes del balcón y salí al pasillo. Después de subir y bajar varias escaleras, me vi de vuelta al mismo lugar; subí en el ascensor, pulsé el botón 1, pero me llevó al ático; desde allí, bajé por la pequeña escalera cuya baranda coronaba la terraza de la cumbre del edificio; eran sólo doce escalones de mármol blanco y sin embargo me llevaron de vuelta a mi planta. Regresé al calor del balcón de mi cuarto. Volví a intentarlo al día siguiente, deduciendo que aquel lugar no tenía puertas reales: no había salidas y, probablemente, tampoco hubo ninguna entrada. El ilogicismo de aquellas conclusiones me dio una dulce sensación de vértigo. Me tumbé en la cama y dormí un rato. Me desperté para regresar al balcón, donde me esperaba una bandeja con una copa de zumo de naranja y un cuenco lleno de frutas rojas; granadas, fresas, frambuesas cubiertas de azúcar. Desayuné con un punto de indiferencia, mirando fijamente hacia el mar, y entonces desperté.
Pensando en el sueño que había tenido me vinieron a la mente, ya de vuelta a la razón cartesiana despierta y consciente, todas las coordenadas del lugar, nítidas y exactas. Las anoté inmediatamente. Me pareció sensato, por el realismo del sueño, decirle, en caso de que volviera a suceder, donde se encontraba el lugar; explicarle dónde había que ir a buscarme: le dibujé la playa y el edificio, le describí todos los muebles y objetos, hice un plano y anoté todas las cifras importantes para que pudiera localizarme: el número de la habitación, de la planta, la dirección completa, las latitudes. Una vez le hube explicado cómo llegar hasta el lugar donde había estado encerrada en sueños, me sentí tranquila; pero entonces desperté; salí al balcón, en una bandeja la fruta roja se marchitaba bajo el sol, las páginas del libro pasaban solas tomadas por un sutil viento y el mar silencioso oscilaba levemente hasta quedarse paralizado, como en una postal.
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Sueño entre las irregularidades del cardiograma. Es la hora de dejar entrar a Morfeo hasta lo más profundo. Después de un día que ha amanecido de noche, en que la lluvia licuó, brillante, el sol de la mañana y la tarde se deshizo en susurros en mi oído: Franz Kafka contándome historias inverosímiles.
Música, música en mis oídos en este día que ha sido como una larga noche, trabajo frenético, calmada serenidad en mi mente sin vacío; en mi rostro sin hoyuelos. Autorretrato fotográfico, autocardiograma, me miro fijamente, ya no soy Alicia Carroll porque supongo que nunca lo he sido realmente: no acostumbro a caer al fondo del interior de los árboles ni a discutir con la reina de corazones.
Vértigo de las horas que pasan lentamente, de la lluvia que cae lánguidamente, con cuidado, gota a gota, como un collar que en un instante se rompe, como por arte de magia, o por arte de manos, de libros, de tiempos, y acto seguido está cayendo, irregular y disperso, golpeando el suelo como un xilófono en sordina, imitando la respiración somnolienta, el sonido del arpa y los versos donde encuentro destellos tan intensos que no puedo repetir sus palabras con palabras.
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No importa que esté del mismo humor que la miel dulce y dorada. No importa que sienta el aire atravesar mis pulmones como novelas atravesando mi mente. No importa con quien esté y que la compañía sea acogedora. En estos días la tarde siempre es agridulce y grisienta, grasienta del calor artificial de los establecimientos y gris de ese frío tajante y metálico que ha sido desterrado del invierno y vaga vagabundo como alma en pena por los laberintos y las corrientes de aire. La ciudad se deshace igual que un universo recortado en papel, vulnerable y con un equilibro precario, falsamente oculto bajo una urna de cristal.
Las horas se vuelven líquidas como hidromiel moderna, es decir, amarga, ácida, edulcorada con fenilamina o algún otro azúcar químico. Las luces crepitan como en el instante previo a un apagón en los cincuenta y el aire se llena de libélulas verdes y turquesas. Haga lo que haga, estas tardes, cada año, son macilentas y densas, y los cuerpos evolucionan por las aceras empujados por una especie de vértigo atrayente y terrorífico a la vez. Es un tiempo que no pertenece a ninguna estación, a ningún calendario, como un 29 de febrero que durase días y nos dejara en blanco, exentos de referencias en nuestra memoria de caminantes. No hay metaliteratura posible y los cánticos saben a luz inerte y ámbar. Hay una mezcla de bienestar y melancolía, de olor a hierba recién cortada y último estertor del invierno. Pero yo tengo el estado de ánimo de la miel dulce y dorada que se derrama en espiral en mi taza de café.
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Desde el ordenador donde escribo la entrada de esta noche, los veo. Están de pie, trémulos al sol, formando un semicírculo. Al principio, no los reconocí, en su inmovilidad. Forman un bloque homogéneo, visten como para ir a la misma fiesta, sonríen por turnos. Se conocen. Apoyado contra los rosales está Andrés, con las manos caídas sobre los pantalones color de desierto, dirigiendo la conversación con sus aires de periodista consumado; ahora ha sacado las manos a la intemperie, las agita expresivamente, Sofía se ríe a carcajadas bajo su peinado caoba y lacio; abrigo negro, maneras de fuera, acaba de girarse para dar la espalda al sol. Fabiana ha cogido su sitio, se apoya escarlata junto al brazo de Andrés, silenciosa y observadora. Cuando empieza a hablar, lo hace tan queda y lentamente que todos desvían la atención hacia ella y escuchan; la pequeña argentina cruzada de brazos, su hermana gemela imitándola fielmente, se apoyan en la hierba con una pose de estatua sometida a los cambios climáticos, la una se abraza con frío, la otra bailotea paradójicamente para despejar el calor; son dos caras de una misma moneda, se terminan las frases, se dirigen al mismo punto. Junto a ellas, mirando contemplativo, está Carlos, que desaparece por momentos en la timidez de una bufanda de rayas y asiente a todo lo que dice María con una risa infantil y cómplice. Al fondo, una desconocida, vestida de blanco, divide la conversación en dos grupos, a ratos; desde aquí parece más grande que Andrés pero será cuestión de perspectiva. Fabiana se aleja del grupo y todos se giran para mirarla, camina unos pasos y saca varios litros de cabello líquido del cuello de su abrigo. Andrés la mira como abrazándola-díselo ya, pienso- y me deleita observar desde aquí sus intercambios sociales, sus filias y sus -pocas- fobias- . Miro fijamente para saludarlos, notan mi mirada y se giran. Agitan las manos con una sonrisa, sonrío. Nos hemos despedido hace veinte minutos y me he separado del grupo para venir a escribir. Necesito mi dosis de escritura cada tanto tiempo, y cuando la necesidad impera es mejor no dejarla esperar. Los miro mientras escribo jugando a tomar café invisible en un simulacro de jardín, y en unos minutos regresaremos al silencio de las aulas donde una voz que se divierte en sus propias modulaciones de impaciencia o pasión literaria alternativas, que detiene las explicaciones para distanciarse en anécdotas íntimas de escritores muertos, que explica el siglo diecinueve a nuestra masa de cabezas reclinadas sobre folios blancos en vías de extinción.
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Escrito por: Florie en álbum

Luz, luz nítida y natural, luz que se respira a pleno pulmón.
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Me obligaban a seguirlos, porque se anticipaban a mi camino y se ajustaban a mi ritmo al caminar -entre la ensoñación y la contemplación primaveral-: compartíamos las calles, las plazas, el sol.
Individualmente su belleza o falta de belleza me habría sido indiferente, o habría pasado desapercibida ante mis ojos, si no fuese porque esta belleza residía precisamente en aquel puzzle bipolar -casi bilabial- que constituían juntos. De cintura para abajo vestían como mellizos, como vestimos todos, vaqueros azules azul cielo; de cintura para arriba ella iba de verde, jersey verde pendientes verdes y ojos verdes, con una melena de rastas trigueñas cuidadosamente recogidas en una voluta gigantesca y un rizo natural cayendo desaprensivamente en la nuca; él era todo ébano y dulzura, canela, cabello rizado y tonos verdes, de un verde más oscuro, como para darle una sombra fresca, o profundidad y perspectiva, al bosque que ya era ella por su color: armonía con los árboles quietos, huérfanos de viento, en las aceras, armonía con la ropa de los demás transeúntes, la mía, la de la pareja del banco verde, la de las esmeraldas verdes en el corazón de los caminantes, como si el paisaje se transformara a su paso para proporcionarles un marco armónico y digno de recordar. Dejaban entrever su juego sensual e inconsciente de cogerse y soltarse las manos, atraparse los dedos y volver a soltarse, caminar alejados y volver a acercarse (en aquel paso de peatones, su forma de enlazarse me trajo un viejo recuerdo), hasta que, quizás buscando el sol, él se adelantó unos metros, ignorando por descuido la atracción gravitatoria que había ejercido sobre ella un escaparate lleno de napolitanas.
Volvieron a unirse, con mayor fuerza; el sol nos cubría más fuertemente; yo, ocasionalmente perdida entre mi música y el ensimismamiento, los perdía de vista y de memoria cada tanto tiempo, hasta que volvían a aparecerse en mi camino, a obstaculizar mi paso, habitando todo el ancho de la acera en pendiente: la primera vez que lo hicieron fue saliendo precipitadamente de un fotomatón, sonrientes y soleados, pares, y la última que nos cruzamos fue en aquel parque por el que siempre paso buscando a la vez calidez y sombra; ahí los dejé jugando al frisbee -erotismo sutil o inocencia lúdica, ese será su secreto-. Seguí mi camino; alguien llamó a mis espaldas, me giré, no era para mí; pero entonces descubrí cómo un hombre de mi edad, barbilampiño, cobrizo, también vestido de verde, como si en el país de los elfos todos se hubieran puesto de acuerdo, hacía un movimiento brusco y se detenía. Observé a lo largo de varias calles sus movimientos, a mis espaldas, sus retrocesos y vacilaciones, sus giros atendiendo a mis giros inesperados, hasta que ya apreté el paso y me perdí a conciencia por el laberinto de calles. Es curioso que, habiendo yo observado un camino ajeno porque la felicidad es hipnótica, acabara descubriendo que, quién sabe desde cuando, por alguna misteriosa razón, me estaban siguiendo a mí.
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Me bebo las canciones como si nunca hubiesen sido besadas; las respiro, huelen a calor de invierno, a ropa recién lavada, a lágrima, a palabra, a plenitud. Me mancho la cara por las mañanas con la tinta invisible que ha invadido mi almohada ensartando palabras durante el sueño; a veces he tejido una vida entera, otras son párrafos enteros y relucientes y sólo míos los que se recitan para mi oído adormilado cuando la primera luz invade el aguacero o la persiana. Con los dedos, con la boca, recibo todas las palabras que leo; todas son hermosas, materiales, tangibles, todas tienen etimologías tenebrosas o luminiscentes que me llevan a lejanas esferas del pensamiento o de la ficción. Habito un universo tridimensional, donde el tiempo, mágica cosmovisión, cuarta dimensión, refugio, toma forma material y se expande como un espacio. Todas las cosas se respiran, todas las abstracciones se tocan, el la natural como el re sostenido, la luz mil-enaria, el néctar de la naranja, la novela que mis manos atesoran como a un amante, la sombra de los árboles, la textura de los días, los diamantes opalinos, las ilusiones y las quimeras, las ensoñaciones en mi habitación, las palabras que me cuentan, cada letra, cada sonido, cada marca significante e impresa. La llanura es un horizonte donde el espacio puede atraparse, los bosques obcecados laberintos de encaje. Todo lo respiro, todas las cosas pasan a través de mí, juegan a transfigurarme cuando son vendavales que colocan cada átomo en su lugar original. Todo lo respiro, todas las canciones atraviesan mis venas como los textos, los segundos, la existencia. Y sin embargo tengo una inmensa sed, una sed física e infatigable, que es dolorosa y placentera de un solo trago, una inmensa sed de algo indefinido. Intangible.
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Nombre fotogénico para un pintor que solía darse caprichos psicológicos como éste: Araña que llora; salvando las distancias por supuesto con el insecto no identificado de Franz Kafka que, por cierto, prohibió terminantemente a su editor -y por extensión a la posteridad- que las ediciones de La metamorfosis mostrasen en la portada la imagen de un ser híbrido entre insecto y humano: no hay nada más sensato que considerar que un libro propio es un libro, que un texto es Texto.
Este dibujo realizado al carboncillo en 1881 pertenece al movimiento simbolista. Un simbolismo que en este caso se explicita, a través de la imagen concreta, aunque, qué duda cabe, plurisignificativa.
De modo que espero sus plurisignificados ; ) , entretanto feliz domingo.
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