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violín eléctrico. fuente: wikipedia

(violín eléctrico).

Algunos estudios dicen que escuchar a Mozart en un momento concreto aumenta en un diez por ciento la capacidad intelectual, y especialmente la concentración y la lógica.

Sin embargo, es escuchando a Bach cuando siento esa adecuación con el pensamiento, ese incremento de energía, esa necesidad de actividad frenética muy parecida a la que produce la cafeína. Es como si acelerase las ondas cerebrales de once hertzios a veintitantos, descargando automáticamente la versión 2.0. de nuestros cerebros.
Porque su ritmo y su mensaje se construye sobre el patrón de las escalas, de tal manera que la filigrana de complejidad se construye en un mecanismo global que regula cada incidencia rítmica, que cuida cada motivo armónico hasta la milésima de segundo.

Algunas piezas de Bach, por ejemplo, sus Preludios, la Toccata y Fuga en re menor y las suite para violonchelo, en ese orden, equivalen a metros cúbicos del entusiasmo intelectual y emocional provenientes de la idea que surge -aparentemente- de la nada, del buzón lleno de cartas, de la palabra que de pronto surge con fluidez, de tu compañía en tres dimensiones, de una buena tormenta de lluvia, de granizo, de aguanieve, de arena, o de una taza de café humeante de azúcar y mañana.

La belleza estética, valga la redundancia, el instante jugando a su antojo con la trilogía pasado-presente-futuro en el interior de la partitura, la máquina del tiempo intangible, el barroco trascendental, el escalofrío en la columna vertebral que es tan real como el dolor y sus antagonistas, el sonido que avanza paralelo a la corriente de pensamiento como si le perteneciera, hacen que al cabo de unos minutos ya no haya ninguna diferencia entre el sonido y el cuerpo, en una espiral de memoria pasada y memoria futura uniéndose en imágenes que todavía no habíamos imaginado.
¿Qué sientes cuando escuchas algo de Bach?

2 Respuestas a “Cafeína”
  1. Paula dice:

    Por casualidad escuché los Conciertos de Brandenburgo mientras leía Frankenstein y fue una auténtica maravilla. La música de Bach se adaptaba a la perfección a cada uno de los diversos sentimientos expresado en el libro: el miedo, la angustia, la esperanza, el rechazo, la ira, el dolor infinito… todos esos sentimientos tan bien retratados en la obra de Mary Shelley, retumbaban en mi interior con la música de Bach, explotaban y me invadían por completo. Hasta tal punto que, en ocasiones, cuando escucho algún fragmento concreto de los Conciertos de Brandenburgo, esos sentimientos reviven. Para mi Bach es un autor que refleja emociones, al menos a mi me emociona (entendamos emoción en su sentido más amplio, no sólo en sentido lacrimoso)Ya lo era antes de acompañarlo con Frankenstein, la lectura simultanea del libro tan solo lo confirmó.
    Saludos

  2. Florie dice:

    Es cierto, comprendo muy bien lo que dices, Bach se convierte en la banda sonora perfecta, se amolda a las palabras y al mismo tiempo las transforma, las impulsa, las envuelve.
    Tu experiencia me ha parecido muy interesante, cuando por fin me siente a leer esta obra probaré con los conciertos de Brandenburgo.

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