Me obligaban a seguirlos, porque se anticipaban a mi camino y se ajustaban a mi ritmo al caminar -entre la ensoñación y la contemplación primaveral-: compartíamos las calles, las plazas, el sol.
Individualmente su belleza o falta de belleza me habría sido indiferente, o habría pasado desapercibida ante mis ojos, si no fuese porque esta belleza residía precisamente en aquel puzzle bipolar -casi bilabial- que constituían juntos. De cintura para abajo vestían como mellizos, como vestimos todos, vaqueros azules azul cielo; de cintura para arriba ella iba de verde, jersey verde pendientes verdes y ojos verdes, con una melena de rastas trigueñas cuidadosamente recogidas en una voluta gigantesca y un rizo natural cayendo desaprensivamente en la nuca; él era todo ébano y dulzura, canela, cabello rizado y tonos verdes, de un verde más oscuro, como para darle una sombra fresca, o profundidad y perspectiva, al bosque que ya era ella por su color: armonía con los árboles quietos, huérfanos de viento, en las aceras, armonía con la ropa de los demás transeúntes, la mía, la de la pareja del banco verde, la de las esmeraldas verdes en el corazón de los caminantes, como si el paisaje se transformara a su paso para proporcionarles un marco armónico y digno de recordar. Dejaban entrever su juego sensual e inconsciente de cogerse y soltarse las manos, atraparse los dedos y volver a soltarse, caminar alejados y volver a acercarse (en aquel paso de peatones, su forma de enlazarse me trajo un viejo recuerdo), hasta que, quizás buscando el sol, él se adelantó unos metros, ignorando por descuido la atracción gravitatoria que había ejercido sobre ella un escaparate lleno de napolitanas.
Volvieron a unirse, con mayor fuerza; el sol nos cubría más fuertemente; yo, ocasionalmente perdida entre mi música y el ensimismamiento, los perdía de vista y de memoria cada tanto tiempo, hasta que volvían a aparecerse en mi camino, a obstaculizar mi paso, habitando todo el ancho de la acera en pendiente: la primera vez que lo hicieron fue saliendo precipitadamente de un fotomatón, sonrientes y soleados, pares, y la última que nos cruzamos fue en aquel parque por el que siempre paso buscando a la vez calidez y sombra; ahí los dejé jugando al frisbee -erotismo sutil o inocencia lúdica, ese será su secreto-. Seguí mi camino; alguien llamó a mis espaldas, me giré, no era para mí; pero entonces descubrí cómo un hombre de mi edad, barbilampiño, cobrizo, también vestido de verde, como si en el país de los elfos todos se hubieran puesto de acuerdo, hacía un movimiento brusco y se detenía. Observé a lo largo de varias calles sus movimientos, a mis espaldas, sus retrocesos y vacilaciones, sus giros atendiendo a mis giros inesperados, hasta que ya apreté el paso y me perdí a conciencia por el laberinto de calles. Es curioso que, habiendo yo observado un camino ajeno porque la felicidad es hipnótica, acabara descubriendo que, quién sabe desde cuando, por alguna misteriosa razón, me estaban siguiendo a mí.
Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF
|
|
|
6 Respuestas a “Caminante no hay camino”
Deja una Respuesta
|
|







Entradas (RSS)
12 Marzo 2008 a las 1:11 am
Hola, Florie. Me vas a permitir que repita la pregunta que te hacía en mi respuesta a tu comentario sobre Marguerite Duras: Cómo es posible que tus soberbios y personalísimos textos no estén todavía contenidos en un libro?
Será cuestión de la consabida miopía editorial que –salvo raras excepciones–sigue existiendo en España. ¿O no?
Un abrazo,
Luis
12 Marzo 2008 a las 10:29 pm
Un poco como los sabios de Calderón de la Barca.
Sublime, Florie.
13 Marzo 2008 a las 12:34 am
Te ha faltado escribir lo que dices entre líneas (lo demás está todo): hay que mirar en todas direcciones.
13 Marzo 2008 a las 3:55 pm
Luis: no encuentro palabras -me sonrojo- Gracias por tu apoyo, otro abrazo.
Spender: lo mismo te digo: sublime; te leo…
Gotardo: no sé si estaba todo, creo que faltaba algo; y no te falta razón, hay que transformar la mirada en una brújula emocional.
13 Marzo 2008 a las 5:25 pm
Ayyy Florie, estos son los pots que me gustan, llenos de palabras, palabras con vida, palabras propias. Extrañaba tus letras.
Un abrazo de elfo.
Patricia
14 Marzo 2008 a las 4:13 am
Ay, muchas gracias por molestarte en extrañarme…
Es mi primer abrazo de elfo : )
Para ti un abrazo de aprendiz de elfo.