Allí el sueño es profundo y la mañana fértil, podré descansar mi espalda como en una hamaca suspendida entre dos árboles fuertes y centenarios. Una hamaca ficiticia desprovista de vértigo y lamentaciones. No hay brisa pero tampoco hay frío; podré caminar hasta el horizonte y volver antes de la cena. En el pequeño dique junto al lago se erige la casa, me refugiaré en el pequeño desván con aspiraciones a biblioteca. Allí el amanecer predice lluvia casi todos los días y los pasos sobre la hierba se suceden como en un pasadizo; huele a invierno y a siesta, a trabajo balzaciano y coherencia sintáctica. No está demasiado lejos, ni demasiado cerca, podré recrearme en el tren durante el viaje; llevaré mucho equipaje y poca ropa, haré montañas de papeles en el jardín, como allí nunca sopla el viento no puede desordenarme el cabello, las novelas o las manos. Pasearé entre los pasillos angostos, me ocultaré en las estrechas habitaciones, habrá magdalenas en la mesa del comedor como en la novela de Proust. Allí el sueño es profundo y la mañana fértil pero los atardeceres son rojos y tristes. Unas pinceladas de gris y plata, un silencio onírico y parcial, caminos de grava que centellean sonoramente a mi paso; ya he recuperado mi vieja mesa, baja y ancha, he desenredado los cables del ordenador, he reunido libros y carpetas: me mudo al sofá rosa.
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Archivo de la Categoría “álbum”
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11
2007
La comédie humaineEscrito por: Florie en Diario, cuaderno de bitácora, quiero ser blogadicta, álbumQuizás sea demasiado ambiciosa, porque tal vez sea demasiado pedir que al despertarme a las ocho de la mañana la caldera que acabamos de reparar no esté otra vez averiada; tal vez sea demasiado pedir encontrar un jersey de lana que no torture, encontrar un rincón de silencio en la facultad o que entre los cincuenta volúmenes de novelas de La comédie humaine esté precisamente el que necesito ahora, que el requisito de puntualidad no anule el transcurrir de los días, que mi mochila no se manche seriamente de tierra, que en la cola de un restaurante de comida rápida otra clienta no me amoneste severamente porque al hacer mi pedido de tal o cual manera he perdido cuarenta y ocho céntimos, que no me anuncien precisamente hoy que mi gato, hasta ahora Hércules de la buena salud, va a ser operado el lunes, que el Chupachups sea sólo de fresa y no de fresa+sabor sin identificar, que el farmacéutico no sufra una amnesia momentánea e inoportuna respecto del bálsamo antitusivo que me recomendó hasta la saciedad un mes antes, que los transeúntes no den pasos atrás sin mirar o codazos a estribor, que un juego muy, muy reciente pueda ser instalado en un ordenador de última generación, que mi pluma recargable antimanchas que escribe todos los días de maravilla funcione como siempre hoy también. Lo sé, es demasiado pedir. Soy consciente de que es un privilegio el poder quejarse de asuntos como estos, pero algunos días se acumulan de tal manera que resulta tragicómico tirando a cómico-irónico. Para reequilibrar el universo, el autobús ha llegado en el momento perfecto, he podido huir aprisa de la colina de las Letras, y tengo nuevas ideas en el viejo cuaderno. Lo único que me atormenta realmente es el caso de esos ochenta euros que se han gastado en un pequeño radiador eléctrico, cuando lo que me preocupa no es la calefacción sino el agua caliente: ochenta euros que habría transformado en libros en un golpe de varita mágica. Envuelta en el murmullo de libélulas y estrellas murientes, regreso a casa. Matizo, por fin regreso a casa. Aspiro la idea de cansancio, me reconforta, me templa el pensamiento. Echo a correr, voces eléctricas gritan en mis oídos y expulsan todo el aire preso en mis pulmones. Me detengo, se detiene la música por un instante, aplico mis manos como guantes sobre la cara, no tengo fiebre -compruebo-, evidentemente, pero la pregunta es un juego, y las mejillas sonrosadas una catarsis. Detenerse es absurdo, corro hasta casa y cuando entro en mi calle adoquinada de plata y polvo, de maletas y prendas abandonadas, noto el relieve único de estas piedras bajo las botas y comprendo; estoy corriendo por una calle de España; lo que parece obvio y banal me ha regresado por contraste a un lugar a miles de kilómetros, un lugar cuya distancia no era exactamente perceptible hasta ahora. Es una reminiscencia híbrida, que sucede a causa de este aire de invierno, de diciembre prematuro, que me ha golpeado de pronto y ha penetrado los pulmones violentamente, un aire frío y reconfortante con olor a desván y a pretérito vino, a antiguas calles rezumando casas llenas de muebles olorosos de recuerdo. El tacto de esta calle, la inclinación en que las casas caen sobre mí, los colores fuertes de agosto atenuados por este primer frío del otoño me regresan al primer frío de la infancia, el de las rebecas de lana con botones brillantes como dulces amargos, de las tardes tendidas sobre los suelos de madera, de las historias sobre arañas migala y criaturas imaginarias que venían al mundo en las hortalizas. Hace un instante, en algún lugar de 1986, estaba experimentando el olor de la tierra cuando la lluvia aún no existía como tal, el tacto envolvente y cálido de los castillos construidos en la nieve, y ahora, súbitamente, estoy corriendo por una calle de España; y no lo cambiaría por nada del mundo.
26
10
2007
Viajes interestelares en tierra firmeEscrito por: Florie en fantasma luminoso, ficción, universos oblicuos, álbum“Las despedidas Se habían dicho un breve adiós, al que no le faltaban letras pero sí aire para que quedase pronunciado de verdad, y cuando se encaminó ciudad abajo sintió durante mucho tiempo cómo una mirada doraba su nuca en aquel mediodía de negra tormenta; pero no se giró. Con la ropa, los huesos, los órganos y la memoria empapados, llegó hasta el andén, que era un puerto, que era una quimera, porque no quería marcharse. El tren empezó a oscilar linealmente, a la velocidad de la luz, y se sintió súbitamente aislada de la esfera terrestre. Estaba ya demasiado lejos. Se asomó por la ventanilla, esperando ver algo que le dijese dónde se encontraba, temiendo leer Venus, Orión o Sidney, pero no, el primer cartel que pudo leer desde el tren decía Viena 12 kilómetros, y la distancia
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