Revista de Cultura | Blogs LdF | Foro LdF

Archivo de la Categoría “alucinaciones”


Árbol genealógico de Morfeo. Fuente: Wikipedia

Caigo en la nebulosa onírica del sueño, en la oscuridad vacía de una novela que se escribe sola mientras duermo, que desaparece al despertar.

Justo antes de dormirme aparece la sensación conscientemente injustificada del vértigo, el vértigo falso que como el miedo apócrifo acoge más que asusta y me lleva bien lejos, en un lugar donde mi cuerpo es una constelación holográfica, donde la sábana es el universo: siento que el sueño me ha vencido y desaparezco en la particular laguna Estigia de Morfeo, el mito más realista.

Allí, en el sueño, está todo. Las pulsiones y las emociones, la memoria, la verdad. Mientras duermo, realizar los sueños propios y ajenos es tan inofensivo como viajar en el tiempo con guantes de terciopelo y el propósito de no alterar un ápice de instante. El problema quizás surja al despertar y comprender que la rutina despierta al mismo tiempo: para vencerla, hay que despertarse más quedamente, casi de incógnito; pero la caída al mundo de los vivos siempre es brusca e inesperada.

Comments 4 Comentarios »

Olas en el Mediterráneo. Fuente: Wikipedia

Fue algo ligero y tenso, como un graznido. Después, fue una quimera, como el sonido de un copo estrellándose suavemente contra un denso lecho de nieve. Finalmente, silencio. Un silencio tan fuerte que podía percibirse a miles de kilómetros a la redonda, por encima de los gritos del trafico, de las ambulancias, las sirenas, y los Tritones en los ríos encolerizados por la reciente tormenta.

Al día siguiente, volví a oírlo. Golpeó contra el cristal con los nudillos helados y sonó como una cristalería desvaneciéndose estrepitosamente contra el suelo. Me giré, nada. Silencio.

Pasaron tres días, durante los que estuve acechando cada desfallecimiento del silencio: la voz en apariencia quebradiza de Björk, el vaporizador de la colonia, mis propios pasos sobre las geometrías del suelo, los trinos de Pau Casals, el crujir de las ventanas entreabiertas al frío del invierno. Entreabiertas por si volviera.

Sucedió al fin la quinta noche. Sonó como una hilera de líquenes de seda arrastrándose al borde de mi cama. ¿Tan cerca?, era imposible: el sonido provenía, como siempre, de la ventana. Me levanté, me arropé de mantas nocturnas y diurnas y me recogí el pelo en un lazo negro, para postergar el momento.

Avancé en la oscuridad taciturna, hacía frío, apreté los brazos contra mí y volvió a sonar al otro lado del cristal; pero la niebla guardaba en su seno todos los secretos. A medio camino, me detuve: el silencio crepitaba contra la ventana, y cien manos acuáticas rozaron el cristal hasta murmurar como un coro de ángeles azules: abrí la ventana despacio, cayeron dos gotas sobre el alféizar, después cien, cien mil, y me bañaron entera: mi intuición había sido certera cuando oí el graznido hace cinco días: el mar me ha seguido hasta aquí.

Epílogo: y la belleza está en el mar.

Comments 10 Comentarios »

Fuente: wikimedia

Después de haberme sumergido durante varios días en la lectura de una fábula medieval, hago un alto en la página quinientos y algo para deleitarme con una de las novelas medievales por excelencia, La ‘novela’ de Melusina de Coudrette, cuya leyenda proviene de y trasciende hacia otras leyendas medievales y no tan medievales -Apuleyo, Jean d’Arras, Grimm- que la literatura -o mejor dicho, los depósitos de libros entibiados en las bibliotecas- a veces guarda celosamente.

Después de seis o siete horas de lectura medieval(izante) -la lista de lecturas obligadas no se reduce a los dos libros mencionados- una se encuentra diciendo cosas como me atrae Nueva York porque no ha conocido Edad Media. Aunque esta tarde, en otra sesión continua, y al cabo de tres horas, vencida ya por el sopor de una hora destinada a la siesta, por el tedio vespertino y por el ritmo cautelosamente regular de la prosa medieval, he sufrido un extraño sobresalto, propiciado seguramente por el estado de duermevela en el que había caído y por algo nuevo que me gustaría llamar incredulidad tipográfica; pero es demasiado forzado.

Unas páginas antes, había conocido la historia de genealogías increíbles, con dragones y gigantes por madrinas y hadas en fuentes capaces de cubrir un bosque entero con una piel de ciervo; genealogías increíbles, insisto, que venían sin embargo contradichas, o reforzadas, no lo sé, por notas a pie de página que apuntaban en un tono serio y enciclopédico los datos históricos que por lo visto dieron lugar a aquellas conscientes derivaciones fantásticas. Comprendiendo de dónde venía el ingenio narrativo de mi autora preferida en la infancia, Sophie Rostopchine (1799-1874) más conocida en el mundo de la francofonía como la condesa de Ségur -poco, o nada, traducida al español-, dejándome llevar por las arenas movedizas de una historia que evoluciona cada dos párrafos y pensando que juglares y trovadores fueron verdaderos sociólogos, llego al momento que describía aquí hace un momento, cuando los guantes, la manta y las minúsculas letras negras actuaron como morfina; página sesenta y siete, sesenta y ocho, caigo abatida sobre el légamo de rosas dibujadas en la almohada, me duermo, apenas, porque entonces, muy bruscamente, regreso a la consciencia en la página sesenta y nueve; pero no miro la página, precisamente, sino que me giro hacia la escalera, creyendo que me llaman. Nada; vuelvo al libro, parpadeo, veo escrito mi nombre (aquel que apenas aparece en textos, en escritos, salvo quizás en mi partida de nacimiento), justo ahí, en la línea dieciséis -y sucesivas-…

No tiene la menor importancia; de hecho, el personaje que lleva mi nombre no realiza ninguna acción determinante para el desarrollo de la trama: se dibuja como una princesa cubierta de epítetos, hermosa y llena de gracia, bla, bla -calcada de los otros personajes secundarios femeninos de la obra-, atrapada en un conflicto bélico y que desaparece en la página siguiente. Lo que me interesa realmente es la sensación que experimenté en aquel momento de sueño, lectura y confusión mezclados en un extraño híbrido de la consciencia: no creo en los viajes astrales, pero aquellos que sí creen -y que curiosamente además de creer dicen haberlos vivido- dicen que sienten cómo el alma se sale un poco de las costuras del cuerpo, asomándose. Mi sensación -aunque meramente adrenalínica- fue parecida; parecida también, simplemente, a los despertares bruscos; al rugir de una pesadilla; a la caída a la realidad durante un sueño placentero, cuando aún no recordamos qué parte del dormitorio es de verdad y cual ha sido construida por el inconsciente.

No tiene la menor importancia, pero me movió que el texto me llamara de esa manera, por mi nombre, precisamente cuando había perdido mi atención, cuando me deslizaba muy lejos; cuando menos lo esperaba; y también sentí cierta emoción al ver mi castillo de siglo XIV, del que probablemente no queda más que un torreón azotado por el viento -tópico-; y digo ‘mi castillo’, porque, la literatura, también sirve para leer.

Comments 7 Comentarios »

Cómo las ganas de gritar pueden sobrevenir de la tranquilidad de la noche…; la ciudad parecía un decorado, sola, fúnebre, la ciudad, piedra y calzada, transitaba a mi alrededor, mientras yo, buscando el frío del invierno sobre mi cuerpo poco abrigado, bajo la luz roja del paraguas, permanecía quieta, escuchando mi respiración, sintiendo elevarse mis ganas de gritar en silencio entre mis brazos que no sirven para nada; sonaban voces estridentes entre el tráfico inexistente y un canto adágico se levantaba sobre los tejados; miles de estrellas brillaban ya sobre las mesas, los comensales ordenaban los cubiertos en silencio, los manteles despertaban ya con sonidos aterciopelados cuando apoyaban las copas o las manos o las palabras; ponían la mesa tranquilamente, olvidando las ganas de gritar que les había despertado por la mañana al comprender que inevitablemente otro año iba a comenzar, nueva agenda, nuevas esperanzas para todos ellos; la esperanza les da tanta pereza porque genera deseos y los deseos duelen; mientras encienden las luces del árbol en la plaza mayor, permanezco quieta bajo la luz del paraguas rojo, ebúrneo, escarlata, brillante; me ilumina en la oscuridad de las luces de ciudad puestas a fuego lento porque no hay nadie caminando por los caminos, porque la vida se ha encerrado al otro lado de las ventanas y pienso que por fortuna los años no acaban del todo, tan solo continúan en silencio.

Comments No Hay Comentarios »

“Eloísa Cándida Sócrates sabía que caminaba desnuda. Sabía que era el primer alma de la ciudad en recibir el frío cada mañana, como un pararrayos que midiera temperaturas, como un “parrarrayos temperamental” (se permitió el banal juego de palabras en el monólogo íntimo y cadencioso de su boca silenciosa).

En aquella calle demasiado transitada el mundo se le apareció terrible; vio una niña de plástico, de mirada fija y vacía con los miembros desordenados en el carrito que una mujer de madera hueca empujaba lentamente; toses escultóricas encarnadas en ancianos, ojos inmensos, mejillas azules, cuerpos caminantes envueltos en papel, enfermos de hidropesía, ojos acuáticos, sombras fugaces, gigantes golpeándole el hombro al pasar, ojos estridentes, prisa, cólera, tristeza, emociones a las que era ajena, emociones tristes que no la tocaban; y ellos no la veían pasar, melancólica, lánguida, porque era la única que caminaba desnuda .

Por la mañana se preguntó porqué hacía tanto frío si era primavera y entonces cayó oportuna y novelísticamente una hoja de su calendario para enseñarle que era noviembre . Abrió el armario y eligió entre su ropa: colgados junto a una sola blusa había un traje de lino y un traje de dolor, cortados a medida; se vistió con el traje de dolor, aplicó un poco de brillo a sus labios, guardó sus archivos en una maleta y salió a la calle. Estaba transida de frío, pero no podía sentirlo, y allí estaban otra vez, los miembros del universo, saludándola teatralmente, vistiendo edificios, recorriendo las escaleras de libros ciclópeos, las montañas literales de papel, las lluvias de caramelos, las sábanas flotantes.

Súbitamente, una voz la salvó del hechizo de la fiebre diciendo, desde el otro lado del sueño, abrígate, por lo que más quieras, abrígate”.

Comments No Hay Comentarios »

“Se despertó cuando caía sobre ella un castillo de cartas. Alicia, exclamó parsimoniosamente David Copperfield, tengo hambre. Alicia le pasó mecánicamente un cucurucho de castañas asadas, no me llamo Alicia, dijo, soy Ana Lovita Horlado, de Toledo. Alicia, exclamó entonces Gustavo Adolfo Bécquer, estoy asustado. Y Ana Lovita Horlado lo tapó con una página para que se durmiera.

Como no sabía porqué se había metamorfoseado, porqué tenía el cabello de pergamino y el vestido de papel carbón, sólo se le ocurrió una cosa: debía consultar el buzón de correos: las cartas eran grandes reveladoras de la identidad.

En un principio, el plan se vio bastante obstaculizado por un asunto trivial: para hallar el buzón de correos, había que salir de la casa… Tras dar con veintitrés puertas aparentes, de las que cinco eran ventanas y doce resultaron ser trampantojos, encontró la puerta de entrada, con su alfombra hipócrita y su timbre dorado, en el hogar de la chimenea. Una vez fuera, tuvo que bordear varios árboles cuyo diámetro se medía en millas -todo estaba en sombra, los pájaros aullaban- hasta encontrar el buzón. Lo abrió y en el interior estaba la respuesta, una carta en blanco que se dirigía a Alicia Lovita Horlado. Sintió cómo la presión sanguínea a la altura de sus sienes se hacía más y más azul. Se sentó en la hierba fresca y su consciencia se desvaneció.

Cuando despertó, se encontraba en un lugar subterráneo; en cuanto recuperó un mínimo de lucidez y de sentido de la claustrofobia, se levantó para huir a donde fuese. Ana, pareces el conejo blanco de la Alicia de Lewis, dijo Thomas de Quincey, siempre tienes prisa. No había salida: se dejó caer contra una pared del sótano, forrada como un libro con papel pintado barroquizante y ondulatorio, y llegó a Nueva York.

Allí un paseante a quien no llegó a reconocer se giró a su paso para saludarla. Una manzana más allá, Alyv Singer miró directamente a la cámara y le dijo huya señorita, aquí hay demasiado tráfico, y la palabra señorita se repitió en eco hasta desaparecer en la neblina; precisamente, se apoyó contra esa niebla, que la sostuvo durante unos minutos, y finalmente cayó al otro lado, en el profundo e inquietante interior del Támesis. Por fin, Alicia le dijo un tritón con cabello de algas verdes, por fin, Alicia Copperfield Bécquer, insistió, y su voz nublada por el agua le era tan familiar…, te he conocido en la infancia recitó Analicia Lovita Copperfield Horlado como si fuese una fórmula mágica y, entonces, recordó”.

Comments No Hay Comentarios »

El paisaje más desolador de una cumbre, en la que me hallaba siniestramente esperando un medio de locomoción que me llevase de vuelta a un lugar con vida, se convertía en el pasaje más desolado de Cumbres borrascosas.

Era aquella hora que no puede decirse del día ni de la noche; el cielo se llenaba de fuego azul oscuro y nubes antracita, que evolucionaban en un extraño movimiento de retroalimentación. No había nadie; las hojas de los tilos, dispuestos a ambos lados de la cuesta que, abrupta y secular, oscilaba entre la horizontalidad y la verticalidad, temblaban tanto a mi alrededor que parecía estar envuelta en el oleaje; y no había nadie…

El frío empezaba a atravesar mi abrigo otoñal, los libros a pesar, la soledad a atormentar cada rincón de esta tierra. Después, la soledad vino a duplicarse, porque había aparecido alguien, pero alguien extrañamente oscuro, ausente, ajeno. Habiendo alguien ahí, yo seguía estando sola. Hasta que de pronto entró en escena una segunda figura, que inmediatamente asocié con la primera porque corrió hacia él como si hubiese sido una cuestión de vida o muerte: miré a mi alrededor, más atentamente; quizás estemos en estado de alerta, tal vez haya comenzado una inundación, quizás la montaña de las Letras había sido desterrada del resto de la ciudad, tal vez estemos encerrados al aire libre, quizás la tormenta iba a ser tan fatal y predecible que no merecía la pena guarecerse, tal vez nos encontremos en pleno naufragio y los tilos realmente sean olas: me he dormido en cubierta, me dije cerrando los ojos, y ahora, cuando vuelva a abrirlos, comprobaré que la nave ha chocado con un iceberg de castillos invernales, mis pies estarán empapados y trataré de secarlos, febril e incoherente porque de todas formas el agua ya estará amenazando mi garganta.

Abrí los ojos, el paisaje seguía siendo desolador, el autobús seguía sin llegar, pero estábamos en tierra firme. La soledad ya no pesaba tanto porque en cierta manera estaba escribiendo; una vez descrito el lugar, necesitaba personajes; me giré hacia ellos.

Ella iba vestida de frambuesa burtoniana; él iba de blanco como un ángel televisivo: se estaban besando lentamente. Sonreí y desvié la mirada hacia la carretera; allí, ancladas en el suelo, unas luces parpadeaban al ritmo de Bela Bartok. Volví a mirar: parecía que hacía sol justo encima de ellos que entonces jugaban al escondite entre los postes de la parada; estaban tan ensimismados que yo seguía sin existir, pero no importaba, la sensación de soledad del lugar había desaparecido; la tierra abandonada en una hora entre el día y la noche en que los estudiantes ya han huído a sus refugios particulares, si hubiera tenido voz, habría gritado ‘mientras hay vida hay esperanza’.

Unos minutos más tarde, unos kilómetros más tarde, a través de la ventanilla, la naturaleza volvió a sorprenderme; encima de un colegio anticuado, una media luna brillante y tridimensional resplandecía, y sobre ella brillaba un rayo fuerte y nítido atravesándola transversalmente; algo más cerca del suelo, pero en línea paralela a la mancha oblícua de luna en el cielo, tres focos de farola moderna producían exactamente el mismo efecto sobre un ciprés urbano.

Comments 3 Comentarios »

No habría sido demasiado temprano si hubiese estado en un tren camino de algún lugar más frío que éste. Era demasiado temprano porque estaba en un autobús, mirando nerviosa el reloj y comparando sucesivamente mi percepción del tiempo, la hora real y la hora potencial a la que había de comenzar la primera clase.
Durante un viaje en autobús se crea un microclima y una sociedad paralela, aunque efímera e intangible porque en cuanto empezamos a familiarizarnos con los rostros y sus costumbres, todo se desvanece: última parada, dispersión como hormigas a la llegada del oso hormiguero del relato de terror. Pero precisamente, ese anonimato, y esa transitoriedad, es lo que permite que nos observemos un poco unos a otros, por detrás de las gafas, de los libros, de las bufandas. Es posible que, más que intuir, más que aprehender, imaginemos a los otros, en mayor medida que en un contexto más dinámico.
Balanceados por las ondulaciones sísmicas de la máquina del espacio, había tres personas impacientándose: los tres, igualados por el error –por haber entrado en el autobús equivocado o por haber pasado su parada-, llevaban un abrigo azul cyan que resaltaba su palidez, y sus seis manos bailoteaban en los bolsillos; a través del tejido, jugaba a adivinar unas viejas entradas de cine, un pañuelo-memorando más ornamental que práctico, lápices miniaturizados y mordidos, caramelos de menta, papel garabateado, libros prestados, botones, ansiolíticos, hojas secas, polvo, tierra.
Agarrados a las verticalidades rojas cerca de la puerta, cuatro desconocidos unidos por la necesidad de aspirar grandes bocanadas de aire frío, que penetraba el autobús como la luz de un ascensor cuando por fin se abrían las puertas.
Amontonados en todos los rincones, grupos hilando despreocupadamente conversaciones matutinas que versaban sobre estadística y poesía, sobre el tiempo y el ansiado olor a café, sobre los hábitos mecánicos y las aversiones irracionales de la hora del despertar.
Mientras tanto, dejo vagar la mirada y el oído, captando inesperadamente esos fragmentos de conversación durante los silencios del hilo musical, mirando como si fuera un paisaje el murmullo de los amantes sentados frente a mí, apretando una contra otra mis manos enguantadas, hasta que la mezcla de sueño, calefacción y lana eleva un calor casi febril hasta mis mejillas.
Afortunadamente ya hemos llegado a la penúltima parada.

Comments 3 Comentarios »