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Archivo de la Categoría “biblioteca”


Escalera del Hotel-Dieu de Marsella. Fuente: Wikipedia

Sigue sintiendo el dulce dolor de quien no se rinde, lo que le otorga cierta serenidad en el semblante.
Su relación con los libros, la comprendí cuando me contó, con la mirada profunda y triste, como si fuese a desvelarme un misterio, que Carlota Fainberg me salvó la vida. ¿Quién es ?- pregunté, traspasando  peligrosamente el límite de  la curiosidad. No es nadie, dijo, y me pareció extraño y cruel, es una novela*, añadió, y recordé entonces aquel volumen que descansaba sobre una estantería, recuerdo de una lectura nocturna de verano en que devoraba el insomnio mordiendo libros más que manzanas o pensamiento. Carlota Fainberg no era tanto la historia de una mujer como la de un hombre, y no era tanto la historia de un hombre como la de un hotel pero tampoco era tanto la de un hotel como la de un edificio: un refugio, continuó; me paseé por sus habitaciones durante seis o siete horas mientras, en la superficie del texto, los personajes cumplían primorosamente con su misión de personaje. Acabé conociendo las tonalidades del paso de la luz sobre las paredes del hall y los dibujos de las alfombras en las escaleras, como si fuese el interior de un laberinto íntimo que hubiese construido yo mismo para huir. Esa tarde la vida se había quedado tan blanca a mi alrededor que leyendo, tendido, yaciente, pude evadirme durante algunas horas; y cuando regresó, por fortuna conservaba su dolor, sus sueños y sus horas; pero esa novela lo salvó de quedarse vacío durante una tarde de soledad.

*Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina.

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Perceval cabalga en su caballo blanco, una lágrima plateada resbala medievalesca hasta su capa y allí desaparece, absorbida por la vieja lana. En un camino perpendicular, Tristán e Isolda navegan en círculo, evitando la tierra de los espejismos. Con un catalejo avistan un castillo, de cuya ojiva más alta sale volando Melusina. Roland Barthes, que pretende verlo todo, escribe al mismo tiempo sobre el placer de la lectura y Claude Simon se encamina hacia Flandes. Ana Gavalda, en su mesa, medita una novela nueva, y en la mente de los lectores Amélie Nothomb cae en un extraño recuerdo hecho de olvido; y qué será durante mi ausencia de Niebla en La espuma de los días, del epistolario de Freud leyendo los Cuentos azules de la tradición europea, dónde quedarán las Grandes esperanzas, el Anillo de los nibelungos, la Morfología de Propp aplicada a La isla de los pingüinos, qué será de mí apartada de todos los libros que siempre he querido leer… Tengo en mi mesa el veinte por cierto de las lecturas obligatorias de este cuatrimestre, algunas serán muy interesantes, otras no las habría elegido; cuando lleguen desde tierras lejanas los siguientes quince libros, los personajes acabarán por rebelarse, huirán de las páginas y crearán su propia obra, donde todos ellos vivan libres, donde todos ellos vivan.

Mi calendario no se organiza en meses, sino en libros.

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Suena el despertador 2. Son las ocho y media. El despertador 1 yace junto a la almohada, silenciado hace media hora por mis manos casi somnámbulas -deduzco-. No importa; el acero contra el acero, la radial que truena en el extremo de la calle, está ahí para recordarme que ya ha amanecido; hace cien años, otro gallo cantaría para despertarme. Lo de siempre: mp3, autobús, bufanda. No, bufanda no, pero simbólicamente añoro el invierno, teniendo en cuenta que, impaciente, lo adelanto cada año al 1 de octubre, como quien adelanta el reloj esperando que algo pase, que el efecto mariposa se minimice en la intimidad de las cosas y que las horas digan algo con palabras, por una vez. La ciudad camina al otro lado de los cristales, pero el archipiélago desierto en el que viajo apenas se mueve, pese a la marea.
No cabe duda de que la tutoría de ayer tuvo más encanto; en un rincón apartado de un laberinto, con dragones flotando en el techo del despacho y una clase para dos impartida por una eminencia a punto de irse de vacaciones -o al menos de intentarlo-: horas que deberían durar días.
Aunque he de reconocer que la tutoría de hoy ha sido útil y desmitificadora, pero antes de entrar en el tema de la tesina, como evitando tratar asunto ‘tan desagradable’, se abordó laargamente el tema de la pedagogía, la filosofía, el comunismo, la teoría del lenguaje, las ciudades futuristas y el rock. Me saluda gente a la que no conozco, saludo amigos que se van; gente que cambia de carrera, que se marcha al extranjero y allí conoce París para no volver, o gente que ya es libre (léase que-ha-leído-su-tesis-recientemente).
De vuelta a casa, con la mochila colegial cargada de libros de Edgar Allan Poe, la ciudad, incandescente, se abre como una granada. Observo con atención las mejoras del campus, a saber, edificios nuevos -como recién salidos de una captura de pantalla sim-, muebles tecnológicos, la inclusión en el paisaje de carteles informativos, y la supresión del cartel de feliz curso 1997-1998.
Más allá regreso a un mundo de calles deshidratadas, la ciudad parece un decorado, con sus casas de cartón, su mar de tramoya y su olor a sandía fresca; pero el suelo, como de linóleo bajo las sandalias, se derrite al sol como las alas de Ícaro. Bajando la cuesta me atraviesa el recuerdo del frío del invierno, me envuelve como un fantasma, y paradójicamente me reconforta comprobar que los años pasan; en el oído, alguna pista sin identificar y el tiempo, que fluía a la velocidad de la luz, entra en claroscuro, impalpable, augusto.

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“En definitiva, quiero ver y oír, Leer, desde esta linterna trágica, más incluso que escribir; claro está que inevitablemente, percibamos lo que percibamos, estemos donde estemos, todo termina por traducirse en palabras”.

En efecto, si Lao Zi levantara la cabeza, como apuntó Gotardo en la anterior entrada, me diría que el nombre que se pronuncia no es el nombre verdadero, es decir que una vez el lenguaje ha atrapado una realidad, esa realidad deja de ser en toda su esencia; y puedo entenderlo, porque me sumerjo cada vez más en el mundo de lo inefable, aunque, paradójicamente, eso aumente por momentos mi grafomanía, consistente en teclear, en unir letras, en ver cómo las letras forman palabras y las palabras aglutinan sentidos a veces más allá de mi capacidad de control textual. Unir palabras –ya sin estructura, sin pretensiones estilísticas, sin ganas de estructuración retórica, sin capacidad para sentarme y empezar un texto de ficción- que hablan de lo que leo, palabras que leen - o al menos lo intentan-.

Si miro hacia fuera desde la linterna trágica, sigue siendo mi interior intacto el que percibe, como la casa pensativa que construyó Georges Saint-Cyr, y no puedo guardarme el 魂 alma en una cajita porque, además, lo inefable es difícil de atrapar. Pero sí puedo intentar hacer un esfuerzo de abstracción, y aplicar la palabra a lo tangible, a los conciertos y a los libros, a la palabra de Schumann o de Hooverphonic, y a la sonoridad del “Baile del conde de Orgel” de R. Radiguet o de “La espuma de los días” de Boris Vian.
Cuando organice mis lecturas, porque las estoy haciendo todas a la vez, trataré de hablar de libros aunque, al final, los libros acabarán hablando por sí solos.

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