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“It’s four in the morning, the end of december” y, en cambio, pude oír por primera vez Famous blue raincoat una mañana de marzo, a pleno sol, un sol de ilustración impresionista que rayaba las paredes, a lo Burton, pasando a través de la persiana demasiado indecisa: es decir que la oí aparentemente fuera de su contexto -la noche, diciembre- aunque ya se había puesto en camino de madrugada y en forma de “Tower of song”, también de Leonard Cohen.
No puede haber canción mejor contextuada en el tiempo y en el espacio, en parte gracias a que sigue el juego de la forma epistolar, pero tampoco puede haber pieza más atemporal; por eso quizás no sea tan peregrino adentrarse en ella un veintitrés de julio. Me giro hacia la ventana: no hace un tiempo ni hay una luz que permita envolverse en una gabardina azul, pero, por contraste, la fuerza narrativa y capacidad sugestiva es mayor, si cabe, y la atmósfera del tema más tangible.
Como un microcosmos, “Famous blue raincoat” evoluciona entre la espontaneidad inevitable y el control ineludible que implica la composición de una carta; además, se presenta como una carta íntima, una carta tardía, un fragmento de autobiografía, un texto que da cuenta de un lapsus de años no compartido con su destinatario.

Técnicamente, se trata de una composición formada por una frase musical continua que deriva en variaciones y un leitmotiv como fondo, o como escenario, de un primer plano de guitarra y voz. No obstante, no se trata de mesura mozartiana, pues no solamente la narración, sino también la instrumentación, gradual, casi velada (chelo, viola, violín y contrabajo se unen en número indefinido como una sola voz de madera, murmurada, susurrante, en contrapunto constante con el coro de voz femenina) y sobre todo la voz de Cohen, llena de matices expresivos, construyen un tema de complejidad tan cuidada que se percibe con absoluta fluidez.
Los coros, de dos tipos, cumplen, en este caso sin decir palabra, una función semejante a la de un coro trágico, que en la literatura grecolatina acompañaba e incluso anticipaba las palabras del héroe o la acción dramática, reforzando la tensión emocional de la obra.

En cuanto al contexto histórico, la aparición del motivo ‘lili marleen’ podría ser una referencia a la segunda guerra mundial (”You’d been to the station to meet every train / And you came home without lili marleen“) ya que fue uno de los iconos más sufridos del periodo; podría funcionar en este texto como metáfora referencial a la Guerra de Vietnam: el disco que incluye “Famous blue raincoat”, Songs of love and hate, salió a la luz en 1971, en pleno conflicto. (Cohen escribió en otro momento de su disco-bio-grafía “I haven’t been this happy/ since the end of World War II”). El texto es claro pero plurisignificativo, y permite hacerse preguntas meramente hipotéticas. Por ejemplo, cabría preguntarse si el destinatario es un hombre en lugar de una mujer: un hijo que está en el frente, un hermano, un amigo austeriano perdido, que surge en el texto de una manera similar al soldado traumatizado de “La señora Dalloway”: un motivo narrativo en apariencia secundario pero que finalmente constituye una parte esencial del eje de la novela. En todo caso, la lamentación que surge del contexto bélico es discreta pero evidente, tal y como sucede en cierta manera en El Palacio de la Luna de Auster, a través de Charlie Bacon, un personaje sumergido en cierta clase de locura, que hace un discurso muy particular sobre la segunda guerra mundial, la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, y la guerra de Indochina, a finales del capítulo quinto.
El tiempo (1971), el espacio (Nueva York), el contexto histórico y la forma epistolar, dan verosimilitud a una voz narrativa que poco a poco se vuelca en la confidencia introspectiva: la carta que escribe, y firma ’sincerely, L. Cohen’, es una carta de anticipación y reminiscencia. La escucho una y otra vez, la leo y vuelvo a leer, y me pierdo –me evado- entre sus versos como si Cohen hubiera escrito una novela entre líneas.
(Continuará…)

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