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Archivo de la Categoría “caleidoscopio”


Mientras muevo despreocupadamente un cubo Rubik en blanco+negro+tonalidades de gris, las imágenes de la pantalla, gris sobre gris, sombrean la habitación con acogedora semi-oscuridad. Una mano se desliza en mi mano. Despierto; con el vago recuerdo de aquella mano anónima y la imagen nítida de la película en plena proyección, miro a mi alrededor, miro mi habitación; tiene el mismo aspecto que le di hace cien años, después de mezclar distintas generaciones de tejido para que las imágenes materiales no casaran demasiado. Miro. Mi dosel de estrellas que nunca fue constelación. Motivos pictóricos y palabras, deformados en una mueca de indiferencia. El acero oxidado del sonido del despertador vibrando todavía en mi costado. Por fin, después de varias horas de inconsciencia, nace un nuevo día: una promesa de luz, de súbito la lluvia ha amainado; eternas horas por la tarde; una noche secreta y perfecta. Un nuevo día; por dentro, sonrío.
Otra cosa es estar en una isla desierta erigida sobre una nube arenosa salpicada de cajones. En los cajones hay recuerdos. En otros vacío, todavía. Estoy en un tren, hace sol. Hay horas en la ventanilla, en los pliegues del cuero rojo, en los pasillos de mi maleta. Una canción de Anja Garbarek flota en el universo. El paisaje se deshace en el eco. Los objetos se calientan al sol, inclino la cabeza sobre un libro. Perspectiva de un mar esmeralda que espera a mil millares de millas -tradición irlandesa-. Una fotografía se refleja contra el cristal, efímera. Soy el actante de un cronotopo banal, tranquilo, sereno; por fuera, sonrío. entonces, esa sonrisa tangible rasga el papel que separa las ensoñaciones diurnas de la realidad tangente. Porque despertar no es lo mismo que Despertar.

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Hay algo muy reconfortante en las películas de miedo: el contraste. El contraste entre la desazón más allá del límite de la pantalla y la comodidad oscura y acogedora del otro lado, del salón, de la sala de cine.

Pero la sensación no es la misma cuando lo que te protege es la puerta de un viejo ascensor. El cine de terror tiene varios tópicos; uno de ellos es el de los camisones blancos. A mí me asustan más bien las figuras asépticamente calladas en algún rincón de la pantalla.

Fue algo meramente anecdótico. Llegaba tarde a clase, con el chelo a cuestas, que sólo pesa cuando tienes prisa; hacía un extraño calor escalofriante, pre-primaveral, y el reloj avanzaba a la velocidad de la luz. Luz solar también en mis ojos; y delante de mí, la lentitud calmada o forzada de una anciana que subía la acera ocupando todo el ancho con su cadencia asimétrica. Al cabo de unos cuantos metros, pude sobrepasarla y seguir corriendo: ese armario-ataúd donde guardo el violonchelo no pesa tanto como parece, o quizás me haya acostumbrado al peso cálido de la madera y del aire, el ritmo acompasado y misterioso de la música silenciosa, sobre mi espalda.

Llegué a la casa de la música, llamé al interfono, un silencio humano me abrió la puerta tácitamente. Penetré la entrada, fresca en todas las épocas del año, respiré el frío para confortarme después de la carrera y me dirigí sin dilación hacia el ascensor que hay justo en frente, subiendo unos peldaños. Llamo el ascensor, espero unos segundos y oigo súbitamente crujir la puerta metálica de la entrada. Silencio. Un presentimiento me trae la verdad en una bandeja de oro: es ella. En efecto, con su paso lento que me impedía el paso, ha logrado alcanzarme antes de que llegara el ascensor: paradoja; se dirigía al mismo lugar que yo, ya era casualidad, pero sería imposible que también a la misma planta; apreté varias veces, en un reflejo absurdo, el botón del aparato. Sonreía para mis adentros. Recordaba conversaciones y películas, y tardes en sofás oscuros ante pantallas parpadeantes de historias y enigma. Dejé de moverme. Súbitamente veloz, me alcanzaría. Lo hizo justo cuando me deslicé, con mi carga de ocho kilos, en el interior del ascensor. Pulsé el número 10 y me asomé al cristal del antiguo ascensor. La anciana hacía lo mismo, desde el promontorio moderno de su propio ascensor, que hacía frente al mío. Dispuesta de perfil, seria, gris, me miraba fijamente, hasta que mi ascensor me arrancó verticalmente de allí. Riendo para mis adentros del miedo apócrifo y social que creamos para entretenernos, pienso en la anécdota que voy a contarle a B. en unos minutos. Cuando el ascensor se detiene, ya me espera en la puerta con Y. Sin embargo no los veo. Del ascensor de en frente una figura rápida se abalanza en el pasillo. Me sobresalto, se sobresalta. Miro a la cara el miedo personificado, asustado, y le deseo muy buenos días. Es Maravillas, la vecina de B., del poeta, y también mía por unas horas.

En clase, una pieza de G. Marie (1852-1928) derivaba por el mero deslizamiento de un dedo en la cuerda de re, en melodías del antiguo y entrañable cine de terror. No me digas eso, que es mi vecina y me la imagino luego por la noche merodeando en mi habitación. Mientras decía esto, me la imaginaba yo también y se lo dije. Nos quedamos en silencio, con una nota sostenida deshaciéndose en el aire con tristeza enigmática e insuflando el horror de lo desconocido. Lo desconocido unilateral, porque la anciana, en su apartamento al otro lado del pasillo, seguramente nos observaba en su bola de cristal: el crepúsculo caía lentamente sobre Maravillas

Está mañana volví a vestir mi abrigo con el violonchelo. Caminé tranquila, tenía tiempo, llegaría en punto. Me dirigí a la casa de la música, llamé al interfono, penetré en el portal fresco y líquido, pensando en la partitura que apenas recordaba ya, salvo en algún ensayo soñado antes de despertarme aquella mañana. LLegaría incluso con minutos de antelación, el ascensor estaba libre. Me arrimé a la puerta para abrirla, pero se resistió. Entonces levanté la vista y, al otro lado del cristal estrecho y vibrante de gris, había una cabeza, seria y blanca, inmóvil como una estatua de cera, hasta que desvió la mirada de la nada y me miró sin reconocerme. Maravillas.

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No importa que esté del mismo humor que la miel dulce y dorada. No importa que sienta el aire atravesar mis pulmones como novelas atravesando mi mente. No importa con quien esté y que la compañía sea acogedora. En estos días la tarde siempre es agridulce y grisienta, grasienta del calor artificial de los establecimientos y gris de ese frío tajante y metálico que ha sido desterrado del invierno y vaga vagabundo como alma en pena por los laberintos y las corrientes de aire. La ciudad se deshace igual que un universo recortado en papel, vulnerable y con un equilibro precario, falsamente oculto bajo una urna de cristal.
Las horas se vuelven líquidas como hidromiel moderna, es decir, amarga, ácida, edulcorada con fenilamina o algún otro azúcar químico. Las luces crepitan como en el instante previo a un apagón en los cincuenta y el aire se llena de libélulas verdes y turquesas. Haga lo que haga, estas tardes, cada año, son macilentas y densas, y los cuerpos evolucionan por las aceras empujados por una especie de vértigo atrayente y terrorífico a la vez. Es un tiempo que no pertenece a ninguna estación, a ningún calendario, como un 29 de febrero que durase días y nos dejara en blanco, exentos de referencias en nuestra memoria de caminantes. No hay metaliteratura posible y los cánticos saben a luz inerte y ámbar. Hay una mezcla de bienestar y melancolía, de olor a hierba recién cortada y último estertor del invierno. Pero yo tengo el estado de ánimo de la miel dulce y dorada que se derrama en espiral en mi taza de café.

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Gorrión (Passer Domesticus). Fuente:wikipedia

Me miró largamente mientras atravesaba el pasillo; caminaba con extremada lentitud, lánguido, sostenía la mirada, murmuraba como suyos estos versos ajenos:

“Por fin te he visto.
Eres un gorrión tiritando
sobre el muro de un hospital
junto al río.
Al fin te he visto,
en un día gris, de profundo invierno.
Y la vida era un hueco
de la muerte sobre el aire”*.

Los recuerdos regresan en forma de efecto en cadena: he comprado en el quiosco un portaminas, amarillo por el anillo de los Nibelungos -avatares del subconsciente: es uno de mis libros preferidos-, lo que me recordó evidentemente la leyenda de Sigfrido, que por su parte me trajo a la memoria aquella clase de literatura III o IV: literaturas impersonales nombradas por números. Hace casi diez años, en la puerta de ese aula, aún nos cruzábamos en el cambio de clase. Clases vespertinas donde podían oírse los vientos de tierras literarias sucederse banalmente y por fascículos.
En ese cambio de clase, una tarde, se llenó de valor -dijo- y levantó la vista para que fuese inevitable que parásemos a hablar. Brandía orgulloso su libro con nombre de quimera; preguntaba temeroso si había alguna novedad en mi vida. Hablábamos como dos conocidos cordiales, con el traje de las conversaciones de pasillo, pero recordábamos cada uno a su manera el año que fuimos hermanos. Mi poesía le recordaba la poesía asiática, nunca supe porqué; la suya era gongorina e imposible, hasta que la Lingüística se lo tragó y dejó de escribir su Quijote particular, a quien había llamado, en el puente tendido entre la infancia y la pubertad, ‘el caballero sin nombre‘:

Dejó de escribir y aún así sobrevivió: ahora se le vuelve a ver por los pasillos, a veces, alguna mañana silenciosa; me mira de lejos con esa mirada profunda y herida del amor que no fue correspondido; yo solo puedo guardarle un sitio en mi memoria, y detenerme alguna vez ante el ventanal de la biblioteca, porque el único recuerdo vívido que conservo es aquello que llamaba su ‘aforismo’: justo ahí es donde los pájaros vienen siempre a morir, o a caer; si cerrasen este jardín, serían inmortales, decía. Construyó así una costumbre, la de mirar por el ventanal con el estómago encogido, esperando que al otro lado no haya más que hojas muertas; si no, si hay un pájaro muerto, una tristeza inevitable y visceral atraviesa el cristal hasta alcanzar el cuerpo insepulto del ave tendida en la intemperie. Tienes costumbres tan extrañas, le dije hace muchos años: asintió en silencio y huyó hacia el frío de un país paradójicamente cervantino, evitando a su paso los lugares donde no hay gorriones, como la Antártida.

* Poema de A. Rubio Flores

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Antigua caja de Meccano. Fuente: Wikipedia

Para los años cincuenta Luis era un niño corriente. Se levantaba algo antes de ir a clase para poder estudiar con la luz del día y a menudo regresaba a casa con las rodillas manchadas de tarde al aire libre. Jugaba con balones de cuero y juguetes metálicos, que cada invierno pedía en su carta a los Reyes Magos. Pero un año rechazó la oferta de piezas nuevas de Meccano y dejó de perder el tiempo soñando en vano con una bicicleta Orbea. Sólo unas monedas, pidió como un titiritero tiritando en la ciudad del invierno, bajo la nieve. Sólo unas monedas, ¿para qué?, es un secreto. Algunos pensaron que quería ser un cuarto Rey Mago para sus hermanas, para la pequeña sobre todo, que estaba enferma; otros pensaron que quería un ramo de claveles para su compañera de pupitre; algunos llegaron a pensar en un tirachinas o algún otro objeto prohibido. Sin embargo la respuesta era mucho más banal.

Guardó su secreto todo el mes de diciembre; pero el día 4 de enero, ante la amenaza impaciente de los adultos te traerán carbón y nada más, confesó con el rencor de quien se traiciona a sí mismo: con las monedas quería comprarme una linterna; quiero jugar con la luz.

El 6 de enero, después del chocolate, desenvolvió un juego de piezas de Mecanno …y nada más. Al año siguiente, Luis pidió otra vez la linterna, alegando esta vez que el recuerdo de Drácula (1931) que había visto pocos meses antes desde un balcón que daba al cine de verano, no le dejaba dormir: los dientes blancos que imaginaba en la oscuridad, la capa colgando de la puerta o las manos trepando al fondo de la cama, la sombra, en definitiva, del temible Bela Lugosi. Fue obsequiado con una linterna.

Por la noche, esperó que apagaran las luces concentrándose en la linterna que descansaría por poco tiempo debajo de su almohada. Al fin se hizo la oscuridad y entonces un cerco lunar y dorado atravesó la habitación de Luis, acarició los muebles, pobló la colcha de universos luminosos en miniatura. Contará años más tarde, perdido en la emoción del pasado, que aquella luz compensaba el malestar del silencio súbito, en una casa que crepitaba todo el día de fuego y voces. La luz sonaba suavemente en medio de la oscuridad, cara a cara con el silencio; aunque lo que realmente buscaba en la linterna, era la posibilidad de crear, en un lugar donde solamente la imaginación tenía sentido: allí las formas de la habitación a oscuras adquirían nuevos significados y las piezas de Meccano de otros años cobraban vida en inauditas arquitecturas.

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Parece que no escribo, pero no es así. Escribo en las calles, en la almohada, en los supermercados y de camino al mar. Escribo en mi mente por todas partes, sobre los bancos y en los árboles, en las paradas y en los salones de mi casa de hielo. Escribo hoy cuando callo y estoy como ausente, y cuando lleno mis pulmones de oxígeno como si estuviera demasiado viva y entonces hablo pero falta tiempo, y falta espacio y aire para seguir hablando. Pero mientras callo y hablo y escribo, estoy escuchando por encima de todas las cosas; escucho los árboles plateados que crujen como casas viejas, como escaleras y refugios; escucho el rumor aterciopelado del frío atravesándome, escucho el silencio, el viento dulce, el regreso, los caracteres tejiendo cuentos, la respiración, las palabras, las hojas secas, el camino, los latidos de la ciudad. Ahora estoy envuelta en el silencio de la casa habitada, con una película vieja murmurando al fondo de la habitación y murmullos de pasos que van y vienen. En este vendaval de sonidos en sordina, escucho el sonido del sueño; aprenhendo el de la caída de mi edredón sobre el légamo sin rosas; ansío la caída de mi memoria sobre la almohada, que anidará los sueños hasta que me duerma y luego volverá a hacerme soñar, ya inconsciente, arrebatándome horas de consciencia, hundiéndome en el vacío cálido del sueño despejado de duermevela. El peso del cansancio me envolverá como una sábana, nada material se interpondrá entre mi cuerpo y el descanso. Breves ropas de verano en recuerdo del calor, lecho de invierno que ayuda el espíritu para hacerse a la primavera. No quería hablar del sueño sino del mar: quizás aún pueda recordarlo un momento antes de dormirme, aquel mar que apenas pude ver ayer por la mañana; el mar que se insinuó detrás del cristal, atravesado por rayos y piedras preciosas dignas de un cuadro de Klimt; era un mar mudo, demasiado lejano como para oír su lamento, pero no lo suficiente como para no caer en el tópico: en la memoria de este mar que solo he visto de lejos, se mezcla el mar de mi infancia; el que imaginaba invadir los castillos bajo mi cama para dormirme; el que en invierno protegía la casa con una barrera acústica de trueno acuático. En aquella época, con el tiempo, el mar lentamente dejó de serlo: se convirtió en un lienzo holográfico y vivo, en un sonido, en el leitmotiv de la banda sonora de mi vida, en una presencia. Ver el mar aunque fuera por un momento fue, durante un segundo o dos, no más, como regresar a un lugar al que pertenecía.

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Pienso que el espíritu lúdico no va reñido con la madurez; en el cuerpo humano, lo que no es sangre o agua debería ser juego, narcolépticamente acomodado sobre los veintiún gramos de alma -cuenta una leyenda- que acolchan el espacio entre los pulmones y la piel.

El juego es la semilla de la creatividad.

He pasado más de cuatro horas atravesando laberintos en arquitecturas híbridas del gótico y del modernismo; un inmenso castillo, mezcla perfecta entre el museo y el rascacielos, entre el medioevo y el presente, donde el dragón-lobo ha seguido a la caperucita roja-ciclotímica, preso del vértigo, por los pasillos helados y estrechos, por las grandes bibliotecas, en busca de llaves, runas y pasadizos, en busca de uno mismo, ese yo que se abre en la evasión, hasta que el juego teclea irónicamente en la pantalla: “¿desea regresar a su vida normal?: guardar, salir, cancelar”.

Un martes saturado de banalidad desde las 8:30 teclearé cancelar, guardar durante el sueño profundo, salir cuando la casa intente convertirse en mi vestido: pero esa es otra historia.

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Me pregunto dónde ha ido a parar mi -ininteligible- escritura barroca. Aquella que apenas se entendía pero que era mía, desde que fui Blancanieves o Lluviazul bajo las sábanas convertidas en bosque, en el capítulo de la infancia en que empecé a autoabastecerme de novelas y malos versos; añoro aquella escritura compulsiva que no necesitaba materializarse en el papel y que superaba a veces la densidad del mundo sensorial. Hay días que tengo ganas de escribir, pero no siempre lo hago, porque todo está aquí dentro, escribiéndose. Leyéndose.

A veces obstaculizan mi lectura. Descubro que las mismas criaturas que son capaces de mantener complejas conversaciones sobre cicatrices, son las que te observan al atardecer con ojos desencriptadores y te preguntan qué te pasa, deteniendo tu soliloquio, tu lectura del mundo, sometiéndote a cierto análisis en voz alta de tu estado de ánimo, o de tu propio subconsciente, que a causa del cansancio físico ha aflorado sin que te dieras cuenta, haciéndote decir verdades en prosa. Sólo estoy cansada, pero la preocupación amistosa se le desborda e insiste: sólo estoy cansada, aseguro, ya es de noche, no puedo concentrarme cuando me dan instrucciones para la cena, tengo las manos heladas, desencantadas, los párpados pesados, pereza, hambre, mi cuarto está triste, la música también, es el otoño, que persiste, pero ha sido un día bueno, he tenido tiempo para estudiar mitología, madrugar ha sido catártico -milagro-, estoy leyendo García Márquez, ha hecho calor a mediodía, ay ese olor a tabaco y a sueño, diciembre es agosto del revés, el vestido de lana me envuelve, me protege, y además tengo cuatro días para leer.
-Pareces una canción de Sabina -interrumpe, no sé en qué parte de mi discurso lo parezco, pero a estas horas puedo ser muy crédula.

He estado escribiendo en la bañera, mientras el frío me moldeaba en el espejo como una estatua marmórea de fondo de jardín -a estas horas de la noche, me gustan los tópicos y me acuerdo de Machado-. Entretanto, la caldera -me gusta la palabra caldera porque proviene de una casa polvorienta y gris antes que de un diccionario etimológico- hacía agonizar mi fuente de dríade desterrada del submundo acuático, en cromatismos que oscilaban radicalmente de ardiente a cálido a templado a frío a helado. Es un frío que me templa el espíritu, pero al mismo tiempo se exalta como un sollozo ahogado.

El río frío se deshace en el desagüe como lluvia, tejidos empapados tiemblan almidonados a mi alrededor, no es momento de aspirar al nirvana -al que no aspiro-, porque deseo que haga calor, deseo oír de fondo el ruido del té burbujeando sobre el fuego, deseo la caída de las mantas sobre mi cuerpo estremecido de duermevela, deseo la televisión diciendo en voz baja No es siempre Shakespeare pero es genuino, es una vida, deseo.

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Hace tiempo pensé que es posible que el mundo me esté escribiendo con la mano izquierda -con la mano diestra si al final resulta que soy zurda-. Al mismo tiempo penetro el camino de losas amarillas. Sabiendo o creyendo que soy la misma que en la infancia, es decir que no ha cambiado el tono de mi voz interior, me pregunto qué abrecartas hiriente está abriendo en canal mis páginas blancas. Me pregunto cómo los días me atraviesan en las mil direcciones cardinales y cómo las horas se convierten en horas, la razón en madurez. Me pregunto por Lu Ji, que camina por bosques de literatura. Todos los versos se cruzan en mi mente dando lugar a hijos híbridos de poesía y luz diurna -la luz artificial es otra, es la que matizo, la que puedo tocar, la que resplandece en mi pantalla-. Elijo cuidadosamente un vestido azul oscuro, aunque mañana me pondré otra cosa, porque por encima de la ropa estaré desnuda y cuando me dé la luz seré transparente. Leo las palabras que me hablan a mí y también las que no me hablan, las que creo que me hablan y sí lo hacen y las que creo que me hablan pero no. Me pregunto si lloverá mañana, si volverá a gustarme el viento, que empieza poéticamente y termina como un hálito de despedida. Despedida efímera que salva la meteorología, amaré la lluvia mañana también. Me pregunto cómo lograré atravesar los días con mis accesos de somnámbula selectiva. Me pregunto por el destino de mi palabra dicha, la que descansa en la piel desde hace meses y se renueva en silencio. Y cómo es que teniendo el cerebro en juego lo único que me importa es mi corazón.

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Creía que la luz era aquello que se destilaba líquida y silenciosamente sobre mis persianas a las ocho de la mañana, la hora punzante como una estrella demasiado precisa. Creía que era aquello que matizaba los claroscuros de los muebles, de mis manos tecleando, de mi pensamiento. Pero nada de eso era luz. Sucedió una mañana de octubre, en un marco cotidiano, en un aula miméticamente colegial pero con mesas de hombre. Era el último minuto de clase, y entonces el vendaval asiático, la china albina, se giró hacia mí y me dijo: Florie -acentuando la r francófona-, lee. Me sorprendió -por un instante- porque teóricamente no estoy allí, me manifiesto en ese aula como un fantasma, pero traté de concentrarme en el alfabeto y las combinaciones silábicas problemáticas que podrían hacerme tropezar en la lectura. Empecé a leer, tranquila; era Lao Zi. El Dao estaba siendo nombrado bajo la prohibición de ser nombrado; su pureza, su existencia, estaba en juego. El dao que puede expresarse, no es el dao permanente y de pronto me acordé de Shakespeare. Mientras me adentraba en la épica del universo metafísico taoísta, sentí súbitamente una ráfaga de luz, una luz que emergía cálida pero intensa, un cúmulo de partículas invisibles pero increíblemente luminiscentes, deteniéndose sobre mi rostro, que se había convertido en un óvalo tangible y blanco como un cuadrante de luna. Dudé un segundo, porque estaba inclinada en dirección opuesta a la ventana y, entonces, comprendí. Aún conservo nítido el recuerdo de la luz: casi podía tocarla.

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