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Archivo de la Categoría “Celebraciones”


Antigua caja de Meccano. Fuente: Wikipedia

Para los años cincuenta Luis era un niño corriente. Se levantaba algo antes de ir a clase para poder estudiar con la luz del día y a menudo regresaba a casa con las rodillas manchadas de tarde al aire libre. Jugaba con balones de cuero y juguetes metálicos, que cada invierno pedía en su carta a los Reyes Magos. Pero un año rechazó la oferta de piezas nuevas de Meccano y dejó de perder el tiempo soñando en vano con una bicicleta Orbea. Sólo unas monedas, pidió como un titiritero tiritando en la ciudad del invierno, bajo la nieve. Sólo unas monedas, ¿para qué?, es un secreto. Algunos pensaron que quería ser un cuarto Rey Mago para sus hermanas, para la pequeña sobre todo, que estaba enferma; otros pensaron que quería un ramo de claveles para su compañera de pupitre; algunos llegaron a pensar en un tirachinas o algún otro objeto prohibido. Sin embargo la respuesta era mucho más banal.

Guardó su secreto todo el mes de diciembre; pero el día 4 de enero, ante la amenaza impaciente de los adultos te traerán carbón y nada más, confesó con el rencor de quien se traiciona a sí mismo: con las monedas quería comprarme una linterna; quiero jugar con la luz.

El 6 de enero, después del chocolate, desenvolvió un juego de piezas de Mecanno …y nada más. Al año siguiente, Luis pidió otra vez la linterna, alegando esta vez que el recuerdo de Drácula (1931) que había visto pocos meses antes desde un balcón que daba al cine de verano, no le dejaba dormir: los dientes blancos que imaginaba en la oscuridad, la capa colgando de la puerta o las manos trepando al fondo de la cama, la sombra, en definitiva, del temible Bela Lugosi. Fue obsequiado con una linterna.

Por la noche, esperó que apagaran las luces concentrándose en la linterna que descansaría por poco tiempo debajo de su almohada. Al fin se hizo la oscuridad y entonces un cerco lunar y dorado atravesó la habitación de Luis, acarició los muebles, pobló la colcha de universos luminosos en miniatura. Contará años más tarde, perdido en la emoción del pasado, que aquella luz compensaba el malestar del silencio súbito, en una casa que crepitaba todo el día de fuego y voces. La luz sonaba suavemente en medio de la oscuridad, cara a cara con el silencio; aunque lo que realmente buscaba en la linterna, era la posibilidad de crear, en un lugar donde solamente la imaginación tenía sentido: allí las formas de la habitación a oscuras adquirían nuevos significados y las piezas de Meccano de otros años cobraban vida en inauditas arquitecturas.

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Vela. Fuente: wikipedia

Un camino entre los álamos, brisa mezclándose con la niebla… pero no, las mesas, en las celebraciones de invierno, se parecen más bien a un bosque soleado, dorado, fotografiado en plena mañana; porque al igual que tenemos una lista mental de especies imprescindibles, y de otras que jamás conocerán nuestra alacena, hay algo en la decoración de una mesa que regresa siempre a las tradiciones familiares más antiguas (o redundantes).

En mi casa la nochevieja se adereza de burdeos y un dorado que apenas se percibe, porque tratamos de recuperar la mesa de la bisabuela, híbrida de nochebuena, misterio y año nuevo: una imagen fijada y fantástica que ha pasado de generación en generación simplemente por el hecho de ser la primera referencia recordada -y acordada-, como una idealización tácita.

Después vendrá la cantidad precisa de azúcar en los dulces, la forma de los moldes, la rama de canela flotando en el filtro púrpura del té de escaramujo, el rito en los gestos, el silencio cómplice en la cocina y, más tarde, las máscaras y los disfraces. Aquellos que sacamos de los baúles y que lustramos un poco, contando siempre las mismas anécdotas acerca de la tía abuela Ana: el vestido de seda amarilla, talla de avispa, los antifaces, las orejas de gato negro. Objetos metafóricos, prendas que no utilizaremos nunca, pero que sacamos cada año por el placer de contar historias que ya conocemos. Sonando de fondo la caja de música y el recuerdo de la tía abuela que nunca tuvo hijos, que hacía cremas de café y sirope de menta, verde esmeralda, brillante, oloroso, aquella que pasaba las noches leyendo novelas en alemán para luego traducirlas a su lengua materna y a su propio imaginario, y contárselas a los niños por decenas: fue la primera de la familia en tener televisión, allá en los cincuenta, y aún así, junto al aparato negro y apagado, lograba mantener su atención durante horas, como una narradora perfecta disfrazada de cuentacuentos casual: y nuncá podrá contarme su secreto.

En la mesa, junto con el pan de gengibre y la vela suspirando fuego, es imprescindible hablar de los mitos personales de infancias propias, ajenas y adyacentes, contar las historias de siempre, dejarse llevar por la palabra sencilla, que cuenta cosas de la misma manera que sirve un pedazo de pan de azúcar sobre un plato heredado, sin aparente valor.

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