Mientras muevo despreocupadamente un cubo Rubik en blanco+negro+tonalidades de gris, las imágenes de la pantalla, gris sobre gris, sombrean la habitación con acogedora semi-oscuridad. Una mano se desliza en mi mano. Despierto; con el vago recuerdo de aquella mano anónima y la imagen nítida de la película en plena proyección, miro a mi alrededor, miro mi habitación; tiene el mismo aspecto que le di hace cien años, después de mezclar distintas generaciones de tejido para que las imágenes materiales no casaran demasiado. Miro. Mi dosel de estrellas que nunca fue constelación. Motivos pictóricos y palabras, deformados en una mueca de indiferencia. El acero oxidado del sonido del despertador vibrando todavía en mi costado. Por fin, después de varias horas de inconsciencia, nace un nuevo día: una promesa de luz, de súbito la lluvia ha amainado; eternas horas por la tarde; una noche secreta y perfecta. Un nuevo día; por dentro, sonrío.
Otra cosa es estar en una isla desierta erigida sobre una nube arenosa salpicada de cajones. En los cajones hay recuerdos. En otros vacío, todavía. Estoy en un tren, hace sol. Hay horas en la ventanilla, en los pliegues del cuero rojo, en los pasillos de mi maleta. Una canción de Anja Garbarek flota en el universo. El paisaje se deshace en el eco. Los objetos se calientan al sol, inclino la cabeza sobre un libro. Perspectiva de un mar esmeralda que espera a mil millares de millas -tradición irlandesa-. Una fotografía se refleja contra el cristal, efímera. Soy el actante de un cronotopo banal, tranquilo, sereno; por fuera, sonrío. entonces, esa sonrisa tangible rasga el papel que separa las ensoñaciones diurnas de la realidad tangente. Porque despertar no es lo mismo que Despertar.
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Archivo de la Categoría “descripciones”
08
04
2008
Bitácora página 8.4.Escrito por: Florie en Diario, cuaderno de bitácora, descripciones, entelequias, geografía domésticaNo sé dónde he oído últimamente eso de tengo tanto frío y tanta hambre que podría llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anímicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach. Desde el ordenador donde escribo la entrada de esta noche, los veo. Están de pie, trémulos al sol, formando un semicírculo. Al principio, no los reconocí, en su inmovilidad. Forman un bloque homogéneo, visten como para ir a la misma fiesta, sonríen por turnos. Se conocen. Apoyado contra los rosales está Andrés, con las manos caídas sobre los pantalones color de desierto, dirigiendo la conversación con sus aires de periodista consumado; ahora ha sacado las manos a la intemperie, las agita expresivamente, Sofía se ríe a carcajadas bajo su peinado caoba y lacio; abrigo negro, maneras de fuera, acaba de girarse para dar la espalda al sol. Fabiana ha cogido su sitio, se apoya escarlata junto al brazo de Andrés, silenciosa y observadora. Cuando empieza a hablar, lo hace tan queda y lentamente que todos desvían la atención hacia ella y escuchan; la pequeña argentina cruzada de brazos, su hermana gemela imitándola fielmente, se apoyan en la hierba con una pose de estatua sometida a los cambios climáticos, la una se abraza con frío, la otra bailotea paradójicamente para despejar el calor; son dos caras de una misma moneda, se terminan las frases, se dirigen al mismo punto. Junto a ellas, mirando contemplativo, está Carlos, que desaparece por momentos en la timidez de una bufanda de rayas y asiente a todo lo que dice María con una risa infantil y cómplice. Al fondo, una desconocida, vestida de blanco, divide la conversación en dos grupos, a ratos; desde aquí parece más grande que Andrés pero será cuestión de perspectiva. Fabiana se aleja del grupo y todos se giran para mirarla, camina unos pasos y saca varios litros de cabello líquido del cuello de su abrigo. Andrés la mira como abrazándola-díselo ya, pienso- y me deleita observar desde aquí sus intercambios sociales, sus filias y sus -pocas- fobias- . Miro fijamente para saludarlos, notan mi mirada y se giran. Agitan las manos con una sonrisa, sonrío. Nos hemos despedido hace veinte minutos y me he separado del grupo para venir a escribir. Necesito mi dosis de escritura cada tanto tiempo, y cuando la necesidad impera es mejor no dejarla esperar. Los miro mientras escribo jugando a tomar café invisible en un simulacro de jardín, y en unos minutos regresaremos al silencio de las aulas donde una voz que se divierte en sus propias modulaciones de impaciencia o pasión literaria alternativas, que detiene las explicaciones para distanciarse en anécdotas íntimas de escritores muertos, que explica el siglo diecinueve a nuestra masa de cabezas reclinadas sobre folios blancos en vías de extinción. Me obligaban a seguirlos, porque se anticipaban a mi camino y se ajustaban a mi ritmo al caminar -entre la ensoñación y la contemplación primaveral-: compartíamos las calles, las plazas, el sol.
17
01
2008
Primera memoriaEscrito por: Florie en descripciones, geografía doméstica, memorias, álbum
Recuerdo también los almuerzos esporádicos en la mesilla del salón, ovalada, cristalina como una fuente: cubría de transparencia una estatua inclinada, un personaje de Andersen o un vegetal acuático y, de fondo, la sonoridad opaca de la televisión y de la voz materna explicando el mundo en sordina. Me pregunto porqué recuerdo esto precisamente ahora ; quizás se deba, de nuevo, al poder de las palabras: he visto pasar en algún texto el término prehistoria, y la imagen de la sala iluminada por las cuatro de la tarde, de los dibujos deambulando algodonosos al otro lado de la pantalla y del vestido que quería llevar hasta el fin de mis días, me ha asaltado bruscamente. Aunque es una memoria temprana y, de tan pura, nítida y sencilla, no es la primera memoria*. Nunca sabré cual es la primera palabra que aprendí en el silencio de la más temprana infancia, ni cuando empecé a recortar objetos en las revistas con la idea de que el papel y la sugerencia de la imagen eran mejores que el plástico, la madera y la evidencia de la forma. Nunca sabré cual fue mi primer pensamiento, aunque probablemente se materializara en forma de olor a abrigo azul, a manzanilla o a alguna de las diez o doce clases de manzana que habitaban la cocina. Como los recuerdos se agolpan en cadena en mi cerebro, como quiero calmarlos en el silencio de la luz del día, te cedo la palabra. ¿Cuál es tu primer recuerdo?
03
01
2008
31 de diciembreEscrito por: Florie en Celebraciones, descripciones, deslumbramientos, geografía doméstica, memorias, álbum
Un camino entre los álamos, brisa mezclándose con la niebla… pero no, las mesas, en las celebraciones de invierno, se parecen más bien a un bosque soleado, dorado, fotografiado en plena mañana; porque al igual que tenemos una lista mental de especies imprescindibles, y de otras que jamás conocerán nuestra alacena, hay algo en la decoración de una mesa que regresa siempre a las tradiciones familiares más antiguas (o redundantes). En mi casa la nochevieja se adereza de burdeos y un dorado que apenas se percibe, porque tratamos de recuperar la mesa de la bisabuela, híbrida de nochebuena, misterio y año nuevo: una imagen fijada y fantástica que ha pasado de generación en generación simplemente por el hecho de ser la primera referencia recordada -y acordada-, como una idealización tácita. Después vendrá la cantidad precisa de azúcar en los dulces, la forma de los moldes, la rama de canela flotando en el filtro púrpura del té de escaramujo, el rito en los gestos, el silencio cómplice en la cocina y, más tarde, las máscaras y los disfraces. Aquellos que sacamos de los baúles y que lustramos un poco, contando siempre las mismas anécdotas acerca de la tía abuela Ana: el vestido de seda amarilla, talla de avispa, los antifaces, las orejas de gato negro. Objetos metafóricos, prendas que no utilizaremos nunca, pero que sacamos cada año por el placer de contar historias que ya conocemos. Sonando de fondo la caja de música y el recuerdo de la tía abuela que nunca tuvo hijos, que hacía cremas de café y sirope de menta, verde esmeralda, brillante, oloroso, aquella que pasaba las noches leyendo novelas en alemán para luego traducirlas a su lengua materna y a su propio imaginario, y contárselas a los niños por decenas: fue la primera de la familia en tener televisión, allá en los cincuenta, y aún así, junto al aparato negro y apagado, lograba mantener su atención durante horas, como una narradora perfecta disfrazada de cuentacuentos casual: y nuncá podrá contarme su secreto. En la mesa, junto con el pan de gengibre y la vela suspirando fuego, es imprescindible hablar de los mitos personales de infancias propias, ajenas y adyacentes, contar las historias de siempre, dejarse llevar por la palabra sencilla, que cuenta cosas de la misma manera que sirve un pedazo de pan de azúcar sobre un plato heredado, sin aparente valor.
25
12
2007
El espíritu de la navidad presenteEscrito por: Florie en alucinaciones, antes de dormir, descripciones, relatos improvisados, universos oblicuos, álbumCómo las ganas de gritar pueden sobrevenir de la tranquilidad de la noche…; la ciudad parecía un decorado, sola, fúnebre, la ciudad, piedra y calzada, transitaba a mi alrededor, mientras yo, buscando el frío del invierno sobre mi cuerpo poco abrigado, bajo la luz roja del paraguas, permanecía quieta, escuchando mi respiración, sintiendo elevarse mis ganas de gritar en silencio entre mis brazos que no sirven para nada; sonaban voces estridentes entre el tráfico inexistente y un canto adágico se levantaba sobre los tejados; miles de estrellas brillaban ya sobre las mesas, los comensales ordenaban los cubiertos en silencio, los manteles despertaban ya con sonidos aterciopelados cuando apoyaban las copas o las manos o las palabras; ponían la mesa tranquilamente, olvidando las ganas de gritar que les había despertado por la mañana al comprender que inevitablemente otro año iba a comenzar, nueva agenda, nuevas esperanzas para todos ellos; la esperanza les da tanta pereza porque genera deseos y los deseos duelen; mientras encienden las luces del árbol en la plaza mayor, permanezco quieta bajo la luz del paraguas rojo, ebúrneo, escarlata, brillante; me ilumina en la oscuridad de las luces de ciudad puestas a fuego lento porque no hay nadie caminando por los caminos, porque la vida se ha encerrado al otro lado de las ventanas y pienso que por fortuna los años no acaban del todo, tan solo continúan en silencio. Parece que no escribo, pero no es así. Escribo en las calles, en la almohada, en los supermercados y de camino al mar. Escribo en mi mente por todas partes, sobre los bancos y en los árboles, en las paradas y en los salones de mi casa de hielo. Escribo hoy cuando callo y estoy como ausente, y cuando lleno mis pulmones de oxígeno como si estuviera demasiado viva y entonces hablo pero falta tiempo, y falta espacio y aire para seguir hablando. Pero mientras callo y hablo y escribo, estoy escuchando por encima de todas las cosas; escucho los árboles plateados que crujen como casas viejas, como escaleras y refugios; escucho el rumor aterciopelado del frío atravesándome, escucho el silencio, el viento dulce, el regreso, los caracteres tejiendo cuentos, la respiración, las palabras, las hojas secas, el camino, los latidos de la ciudad. Ahora estoy envuelta en el silencio de la casa habitada, con una película vieja murmurando al fondo de la habitación y murmullos de pasos que van y vienen. En este vendaval de sonidos en sordina, escucho el sonido del sueño; aprenhendo el de la caída de mi edredón sobre el légamo sin rosas; ansío la caída de mi memoria sobre la almohada, que anidará los sueños hasta que me duerma y luego volverá a hacerme soñar, ya inconsciente, arrebatándome horas de consciencia, hundiéndome en el vacío cálido del sueño despejado de duermevela. El peso del cansancio me envolverá como una sábana, nada material se interpondrá entre mi cuerpo y el descanso. Breves ropas de verano en recuerdo del calor, lecho de invierno que ayuda el espíritu para hacerse a la primavera. No quería hablar del sueño sino del mar: quizás aún pueda recordarlo un momento antes de dormirme, aquel mar que apenas pude ver ayer por la mañana; el mar que se insinuó detrás del cristal, atravesado por rayos y piedras preciosas dignas de un cuadro de Klimt; era un mar mudo, demasiado lejano como para oír su lamento, pero no lo suficiente como para no caer en el tópico: en la memoria de este mar que solo he visto de lejos, se mezcla el mar de mi infancia; el que imaginaba invadir los castillos bajo mi cama para dormirme; el que en invierno protegía la casa con una barrera acústica de trueno acuático. En aquella época, con el tiempo, el mar lentamente dejó de serlo: se convirtió en un lienzo holográfico y vivo, en un sonido, en el leitmotiv de la banda sonora de mi vida, en una presencia. Ver el mar aunque fuera por un momento fue, durante un segundo o dos, no más, como regresar a un lugar al que pertenecía. Pienso que el espíritu lúdico no va reñido con la madurez; en el cuerpo humano, lo que no es sangre o agua debería ser juego, narcolépticamente acomodado sobre los veintiún gramos de alma -cuenta una leyenda- que acolchan el espacio entre los pulmones y la piel. El juego es la semilla de la creatividad. He pasado más de cuatro horas atravesando laberintos en arquitecturas híbridas del gótico y del modernismo; un inmenso castillo, mezcla perfecta entre el museo y el rascacielos, entre el medioevo y el presente, donde el dragón-lobo ha seguido a la caperucita roja-ciclotímica, preso del vértigo, por los pasillos helados y estrechos, por las grandes bibliotecas, en busca de llaves, runas y pasadizos, en busca de uno mismo, ese yo que se abre en la evasión, hasta que el juego teclea irónicamente en la pantalla: “¿desea regresar a su vida normal?: guardar, salir, cancelar”. Un martes saturado de banalidad desde las 8:30 teclearé cancelar, guardar durante el sueño profundo, salir cuando la casa intente convertirse en mi vestido: pero esa es otra historia. La luz natural, la luz del día, es una escafandra dorada a través de la que dejar vagar el mundo, en caos ordenado, como en un caleidoscopio. La palabra caleidoscopio en sí misma es lumínica, con todos sus sonidos sibiliantes y sus vocales dispuestas como las tazas en una mesa china preparada para el té. Desde que he vuelto a cambiar los elementos de mi habitación como un cubo de Rubick abrupto e irregular, la luz cae sobre mi trabajo, en oblicuidad ambarina; atraviesa mis ancianas cortinas, desfasadas quizás: y eso qué importa, necesito la luz roja que salpica a través de las rosas rojas, los destellos dorados de la tela, su caída ligera cual un vestido viejo que se ha hecho a mi cuerpo como una segunda piel. La atmósfera de la mañana me rodea ambivalente y secreta, penetrando mis persianas, pero su valiosa luz no está tan viva como la de los ojos que amas. Esa clase de luz compleja es fácil de describir, brotan las palabras en destellos azules, traspasan el papel en un instante y los lectores la leen si saber que la leen, y pasan página, aunque ahí estaba, incitando sus iris a la lectura, sumergiéndoles en el líquido dorado y pensativo. Pero hay una tercera clase de luz, que en realidad no es tal; fría, alejada de cualquier emoción, consiste simplemente en un despliegue de efectos solares atravesando el agua; si despertara sumergida en el mar, flotando bocarriba a un metro de la superficie, ese destello es lo que trataría de respirar, y lo primero que creería poder oler y aspirar para llenar mis pulmones; sin embargo, no sería más que una quimera, el símbolo sin vida de la vida que se desarrolla fotosintética allá arriba, en tierra. Esa luz no alcanza, salvo como la superficie plateada de un espejo de ajuar, que es un reflejo deseado de futuro y todavía no una realidad tangible que calienta la piel. La luz que atraviesa el agua es luz polvorienta y autosuficiente, aunque más legítima que la luz de luna, más silenciosa que la respiración apagada del durmiente subacuático, Postfacio al lector: (…) y en este punto de la descripción me detuve, releí el segundo párrafo, aislándolo del resto del texto, y descubrí que en él no estaba describiendo una clase de luz, sino el silencio. |
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