Rasgó la corteza ebúrnea y al otro lado había un universo que olía a especias acuáticas; algo más allá el perfume se materializaba como un vaso lleno de campos de girasoles oliendo a sol y hierba fresca; aún más allá, el vaso ya medio vacío, lentamente se volvía a llenar de luz azafranada, que bañaba brillante el rostro inclinado para libar los olores aúreos que caían gota a gota como un oleaje indeciso. El silencio invadía los oídos porque lo único perceptible entonces era ese perfume pálido que irradiaba canela ácida y pergamino secreto. Las raíces que salían al cielo desde el centro del universo respiraban la tierra del pasado más remoto, cuando el olor a mango aún producía vértigo y los juegos se convertían en ceremonias legitimadoras de la realidad. Pero ya era tarde, el perfume se volvió dorado cuando las manos se hundieron en la pulpa fría y solemne y acabó el ritual de abrir su mandarina; arrancó un gajo, impaciente, y la magia llegó hasta la boca inundando el paladar opalino; en otras lenguas, paladar suena igual que palacio y cuando mordió el último gajo recordó una canción antigua y asiática que cantaba a los palacios opalinos de la tierra amarilla.
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Archivo de la Categoría “descripciones”
08
11
2007
Ficcionalización de un almuerzoEscrito por: Florie en descripciones, galería, geografía doméstica, quiero ser blogadicta, relatos improvisadosÉl llega con una mochila cargada de libros, de tuppers, de corbatas, y ella con un bolsito elegante donde poner su barra de labios. Yo, híbrida entre el uno y la otra, con mi mochila llena de ordenadores, cables, libros y barras de labios. Son mis amigos por separado, y hoy, uniendo lo uno y lo diverso, han venido a verme al mismo tiempo. Están sentados a la mesa y observo cómo se envían y reenvían frases, réplicas, guiños y brillos. Imagino que mientras me levanto a por café se invitan torpemente a verse un rato una noche. Imagino que mientras les hablo de las clases, de mis cuitas con el chelo y las lecturas obligatorias, están mirándose de reojo para ver si esa mirada es recíproca. Me lo imagino, preimagino y postimagino, si eso puede existir, porque me gustaría poder decirles que se complementan, porque anhelaba este almuerzo para poder observar su encuentro. De hecho, dentro de unos minutos, hablarán y hablarán hasta olvidarme, y yo observaré satisfecha del recorrido del satélite de su palabra de una boca a otra. Tienen puntos en común, descubren, aunque no escuchan la misma música, pero hablan en el mismo tono, igualándose hasta que su conversación se convierte en una onda homogénea que a veces ya no me toca; he pasado a ser un mero testigo y contemplo extática mi obra, mi obra, me repito irónica, porque en el fondo es una quimera, es algo que sólo podía haberles sucedido hace cuatro o cinco años, porque ahora él está esperando a su musa fugitiva que ha huido por un tiempo a tierras del norte, y ella sigue en sus ensoñaciones principescas la mirada fija en su móvil esperando que otro la llame. Cada uno está pendiente de su propio/a A., la inicial que les quita el sueño, y generalmente de lunes a viernes me piden consejo a ese respecto, y les animo a luchar. De todas formas, por aquel tiempo que nunca fue, por el momento pretérito en que pude haberlos presentado pero no pudo ser, les pregunto, bueno, qué os ha parecido el encuentro, ¿será el comienzo de una amistad?, y me contestan al unísono, pero si ya nos conocíamos…
30
09
2007
“Greysland”Escrito por: Florie en descripciones, deslumbramientos, entelequias, ficción, geografía doméstica, universos oblicuos
Hacía un día gris cuando los Grey se despertaron, todos al mismo tiempo, golpeados en su oneirismo por una inmensa bola de demolición adelantada a su tiempo, que parsimoniosamente demolía la casa verde esmeralda, la misma que hasta aquel preciso instante siempre había coronado la calle. Se levantaron precipitadamente porque la densa tempestad de polvo comenzaba a depositarse sobre los muebles; aunque ya estaban espolvoreados con aquella especie volátil de azúcar glass que desprendía la casa esmeralda al derrumbarse, decidieron cubrirlo todo con sábanas viejas y grises, para evitar males mayores. La señora Grey miraba su salón, que parecía listo para una mu-danza macabra y decía: El polvo quedaba mucho mejor. Pero ya estaba hecho, y se sentaron a desayunar en la mesa enterrada bajo sábanas viejas; la luz entraba por las comisuras de la persiana, diurna pero casi lunar, y se preguntaron si algún cambio astronómico había operado una metamorfosis sobre su planeta. Más tarde, la señora Grey hizo un pequeño recorrido por la casa, para comprobar que debajo de las sábanas todo estaba en orden: por la noche tendrían invitados. Sacó de la despensa unas latas de sopa de setas de tono antracita claro y paradójico que hacía destacar la vajilla buena, una fuente llena de ostras frescas, su collar de perlas y su vestido de seda gris. Mientras tanto, en la sala, el señor Grey ojeaba el periódico hasta que unos rayos de sol atravesaron el tópico del cielo plomizo; el señor Grey se acercó a la ventana y miró cómo las ondulaciones doradas se estremecían contra la corteza plateada de los álamos; detrás de uno de ellos, la casa derruida todavía humeaba polvo y desencanto: una bañera yacía, inclinada como un barco hundiéndose, en el lugar donde hubo una majestuosa entrada; entre los escombros, centenares de destellos de lo que había sido una inmensa lámpara de araña decoraban la atmósfera con destellos grisáceos; hipnotizado por el espectáculo, le dieron las diez. La lengua gris y monótona del reloj de péndulo marcó la última nota, y el timbre sonó. El señor y la señora Grey acudieron a abrir la puerta; los niños, como un enjambre de abejas doradas, salieron precipitadamente de debajo de las mesas y de los muebles altos, donde habían construido universos lunares aprovechando la caída de las sábanas en los cuatro puntos cardinales: cascadas de tela algo traslúcida dispuesta para recibir habitantes y, entre los habitantes, sombras chinescas. Los invitados invadieron el salón. -¡El señor Earl Grey! -exclamó Juan Gris a modo de saludo- Su casa parece un cuadro cubista… Earl Grey miró su salón enlutado de blanco como si fuera la primera vez. Edgar Allan Poe interrumpió la introspección mobiliaria de su anfitrión: me alegra volver a verle -dijo -después de tantos años. -Hemos cambiado enormemente-se lamentó el señor Grey-, me pregunto si el señor Elvis Greysley habrá terminado ya su máquina del tiempo… -Mientras tanto, ‘el cabello gris es el archivo del pasado’-y como Poe tenía cierta razón, se sentaron a la mesa sin añadir nada al momento del reencuentro. A la hora de los postres, Edgar Allan Poe y Juan Gris tomaron un trozo de tarta de arándanos, sorprendentemente cromáticos en aquel ambiente plomado . Earl Grey se conformó con una taza de café. Juan Gris no podía creerlo: el Earl Grey que conocía nunca había tomado café. -Ahora que ya no vivimos en nuestra caja de té metálica, sino detrás de esta baldosa, ya no merece la pena-explicó Earl Grey. |
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