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Archivo de la Categoría “deslumbramientos”


2 de junio, 7:50 de la mañana.

Fantasma es quien te habita, dijo románticamente Arreola en un arrebato de inspiración. No olvidaré esta noche blanca, en blanco, nívea, alba, tranquila. Noche de soledad y pasión por el trabajo, de letras, de lámparas encendidas entre las columnas de libros. Para la memoria me regalaron ellos, hace unos días y sin que lo esperara, una maceta de amapolas, un cuaderno de bitácora, un ángel y un reino-aunque de palabra-. Franz me ha dicho ‘camina en paz’, y siguió descansando allá lejos, en su lecho de muerte, de hojas secas, de cartas mecanografiadas con la prisa del amante; Felice, Grete y Milena, le sonríen abrazadas como las tres Gracias. Alban, blanco e inmaculado, ha abrazado su guitarra y ha prometido dormirse pronto y bien. Yo me quedaré despierta, mirando el amanecer terminando de amanecer. El sol luce blanco en un albo día. El resto de la casa comienza a despertarse.
Pasajeros, próxima estación el destino de mayo  (dijo un poeta), mayo caduco, cerrado, purificado por la memoria. Ha sido una noche como aquellas que escribía, que inventaba, en la habitación de los sauces hace diez años. Es cierto que esta entrada prácticamente ininteligible se dirige a mí como lectora. Carta a mí misma; y me convierto en mi propio fantasma.

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Y mientras los árboles se abrían sobre mí como arañas, entre sus encajes de ramas y claroscuro el sol caía sobre la ciudad como una lluvia de cristales benignos.

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A pesar de la vertiginosa proximidad el mar, era un lugar muy silencioso. Una pequeña fortaleza gris y barroca se erigía en el borde de un abismo; abajo, una playa en miniatura, irregular como un viejo encaje, y el mar centelleando en silencio: o había demasiada calma, o mi ventana estaba tan alta que enmudecía el océano.

Entre el momento en que recibí la invitación y llegué allí, pasaron breves horas; de modo que la reflexión sobre la naturaleza del viaje se produjo precisamente durante el viaje, y la prefiguración hipotética del lugar se realizaba paradójicamente in situ.

Decidí coger un libro y bajar a desayunar, sin embargo, la extraña disposición de las escaleras y la falta de disponibilidad de los ascensores me hicieron desistir por alguna razón que no alcanzaba a comprender.

Fui a sentarme en el balcón. La luz en su cénit, la luz de mediodía, duró eternamente. Tardaba el día en pasar, la luz en cambiar, el sol en metamorfosearse: el paisaje, iluminado en exceso, casi inmóvil, silencioso, se mantenía como impreso sobre una postal. Estuve leyendo y manoseando un libro durante toda la tarde. No recuerdo de qué trataba, tanto la visión estática me hipnotizaba entre línea y línea; y súbitamente, como un pesado telón de teatro, cayó la noche, de un minuto a otro.

Sin hambre ni sed, me dirigí hasta el lecho. Me pregunté vagamente, antes de caer en el sueño más profundo, dónde estaban aquellos que también habían sido convidados, y si nos veríamos al día siguiente. Un sueño sin sueños me había invadido y, por la mañana, regresé impertérrita a mi puesto de observación en el balcón iluminado sobre el precipicio. Todo seguía igual, deliciosamente quieto. Fue entonces cuando me di cuenta de que los cambios que no se observaban en el exterior, sucedían en el interior, sencillamente; al cabo de tres o cuatro mañanas, pude decir que sin ninguna duda alguien compartía mi habitación; alguien que dejaba una sábana arrugada en el diván; alguien que perdía sus libros en los cojines; alguien que dejaba vaho en los espejos, los grifos goteando y el fondo de la bañera lleno de espuma.

Al cabo de cinco días, decidí bajar al comedor. Un hambre fáuvica aunque selectiva me roía la concentración. Abandoné pues mi único libro propio en las losas ardientes del balcón y salí al pasillo. Después de subir y bajar varias escaleras, me vi de vuelta al mismo lugar; subí en el ascensor, pulsé el botón 1, pero me llevó al ático; desde allí, bajé por la pequeña escalera cuya baranda coronaba la terraza de la cumbre del edificio; eran sólo doce escalones de mármol blanco y sin embargo me llevaron de vuelta a mi planta. Regresé al calor del balcón de mi cuarto. Volví a intentarlo al día siguiente, deduciendo que aquel lugar no tenía puertas reales: no había salidas y, probablemente, tampoco hubo ninguna entrada. El ilogicismo de aquellas conclusiones me dio una dulce sensación de vértigo. Me tumbé en la cama y dormí un rato. Me desperté para regresar al balcón, donde me esperaba una bandeja con una copa de zumo de naranja y un cuenco lleno de frutas rojas; granadas, fresas, frambuesas cubiertas de azúcar. Desayuné con un punto de indiferencia, mirando fijamente hacia el mar, y entonces desperté.

Pensando en el sueño que había tenido me vinieron a la mente, ya de vuelta a la razón cartesiana despierta y consciente, todas las coordenadas del lugar, nítidas y exactas. Las anoté inmediatamente. Me pareció sensato, por el realismo del sueño, decirle, en caso de que volviera a suceder, donde se encontraba el lugar; explicarle dónde había que ir a buscarme: le dibujé la playa y el edificio, le describí todos los muebles y objetos, hice un plano y anoté todas las cifras importantes para que pudiera localizarme: el número de la habitación, de la planta, la dirección completa, las latitudes. Una vez le hube explicado cómo llegar hasta el lugar donde había estado encerrada en sueños, me sentí tranquila; pero entonces desperté; salí al balcón, en una bandeja la fruta roja se marchitaba bajo el sol, las páginas del libro pasaban solas tomadas por un sutil viento y el mar silencioso oscilaba levemente hasta quedarse paralizado, como en una postal.

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Me bebo las canciones como si nunca hubiesen sido besadas; las respiro, huelen a calor de invierno, a ropa recién lavada, a lágrima, a palabra, a plenitud. Me mancho la cara por las mañanas con la tinta invisible que ha invadido mi almohada ensartando palabras durante el sueño; a veces he tejido una vida entera, otras son párrafos enteros y relucientes y sólo míos los  que se recitan para mi oído adormilado cuando la primera luz invade el aguacero o la persiana. Con los dedos, con la boca, recibo todas las palabras que leo; todas son hermosas, materiales, tangibles, todas tienen etimologías tenebrosas o luminiscentes que me llevan a lejanas esferas del pensamiento o de la ficción. Habito un universo tridimensional, donde el tiempo, mágica cosmovisión, cuarta dimensión, refugio, toma forma material y se expande como un espacio. Todas las cosas se respiran, todas las abstracciones se tocan, el la natural como el re sostenido, la luz mil-enaria, el néctar de la naranja, la novela que mis manos atesoran como a un amante, la sombra de los árboles, la textura de los días, los diamantes opalinos, las ilusiones y las quimeras, las ensoñaciones en mi habitación, las palabras que me cuentan, cada letra, cada sonido, cada marca significante e impresa. La llanura es un horizonte donde el espacio puede atraparse, los bosques obcecados laberintos de encaje. Todo lo respiro, todas las cosas pasan a través de mí, juegan a transfigurarme cuando son vendavales que colocan cada átomo en su lugar original. Todo lo respiro, todas las canciones atraviesan mis venas como los textos, los segundos, la existencia. Y sin embargo tengo una inmensa sed, una sed física e infatigable, que es dolorosa y placentera de un solo trago, una inmensa sed de algo indefinido. Intangible.

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Ballpoint pen parts. Fuente: Wikipedia

Hace frío sobre la piedra. El sol, blanco, se sumerge en las lagunas de un cielo versión amanecer, pero ya es mediodía. Nunca tengo tiempo de sentarme a escribir en un lugar extraño y ajeno; y no tengo todos los días la oportunidad de escribirlo todo a mano: en el universo plástico y aséptico en el que vivimos, solemos tener siempre más a mano un teclado que una pluma.

Sin embargo, la escritura es terapéutica. Hay que caligrafiarse a diario. Cada gesto desahoga de una tristeza, tristezas que volverán en la línea siguiente, pero con otra luz y una nueva intensidad. No tengo tiempo pero aún así estoy deslizando alternativamente un bolígrafo Papermate conformate, y deleitándome en su trayectoria líquida de nenúfar sin raíces, sintiendo cómo la idea atraviesa el cuerpo y se desliza en la tinta como un humor; la mano escribe unida a la pluma como si fuesen uno.

El bolígrafo contiene piezas fijas y muelles, y este simple hecho lo convierte en una máquina equiparable a grandes inventos como el Tiempo -digo, el reloj-; pero en realidad, la anatomía de un bolígrafo se encuentra en su reflejo holográfico: la letra. Me dejo llevar por la caligrafía, que me reconoce en antiguas letras y signos, y me ve renacer en las nuevas; aquella δ que adopté en una prematura primera juventud, las alargadas l que aspiran a convertirse en vapor de tren y las lluvias de estrellas de la g que atraviesan verticalmente el papel, junto con alguna j -con premiso de Juan Ramón- y variadas f, el punto y coma con las alas replegadas -de perfil-, la h indecisa vestida de n, esas m que se alargan hasta el infinito -gírese la letra noventa grados-, vocales que trazan tierras a las que asirse, el • que sustituye a conciencia algunos acentos, imitando lúdicamente las minúsculas cejas circulares que se pintan en el rostro sin máscara de actores del teatro chino.

Me encuentro en ese espacio entre el papel y la tinta; mi mano, ingrávida y cómplice, juega a deshacerse en la tarea de embellecer con letras monstruosas (al fin y al cabo monstrum viene simplemente de monstrare) el horizonte desnudo y lunar de la página en blanco.

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Sombrillas chinas. Fuente: Wikipedia
Sombrillas chinas. Fuente: Wikipedia

Rasgó mi sueño en dos mitades recortadas con precisión y exactitud, y me desperté. Me levanté, muda, absolutamente afectada de sordera en mi nebulosa de edredón imaginario y oscuridad onírica. Caminé unos metros, y entonces las gotas de lluvia que habían caído desde hacía al menos dos horas, sonaron todas de golpe en mi cabeza, como un huracán de agua sumergido en lo más profundo de una geografía más real que mi propio cuerpo. Llueve.

Pero mi consciencia seguía empantanada en el mundo oceánico del sueño, mi memoria y capacidad de reacción repartidas entre varios alter egos; la infancia reminiscente, madrugadora y lúcida, me hizo volver a relacionar la lluvia con el fuego, es decir, el mal tiempo con los accidentes, empujada por el vago y lejano recuerdo de una tragedia familiar enterrada pero dolorosa. Así que regresé al cálido abrazo del edredón y me sumergí en un sueño tan profundo que en algún pasaje de mi Odisea navegada entre sueños, llegué a pensar que había cruzado el límite entre la realidad y el sueño y que no despertaría .

Dormí en una hora todas las horas que no he dormido el resto de mi vida; toda mi vida, que pasó aparentemente, ante mis ojos cerrados, mientras las ondulaciones biológicas y vibrantes del sueño atravesaban mis venas, tensaban mis músculos y regeneraban mi organismo hasta dejarlo exhausto de descanso: desperté.

Seguía lloviendo pero, con el alma de nuevo bien cosida al cuerpo -no seré la primera, cuando incluso a Peter Pan se le descosía de vez en cuando-, me vestí con árboles y ropas azules y crucé la calle hasta llegar a alguno de los caminos ascendentes que atravieso con el frío nevoso de la mañana, y que más tarde volveré a bajar, con las mejillas ardiendo de lluvia e imaginando que mi paraguas es una sombrilla china.

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Olas en el Mediterráneo. Fuente: Wikipedia

Fue algo ligero y tenso, como un graznido. Después, fue una quimera, como el sonido de un copo estrellándose suavemente contra un denso lecho de nieve. Finalmente, silencio. Un silencio tan fuerte que podía percibirse a miles de kilómetros a la redonda, por encima de los gritos del trafico, de las ambulancias, las sirenas, y los Tritones en los ríos encolerizados por la reciente tormenta.

Al día siguiente, volví a oírlo. Golpeó contra el cristal con los nudillos helados y sonó como una cristalería desvaneciéndose estrepitosamente contra el suelo. Me giré, nada. Silencio.

Pasaron tres días, durante los que estuve acechando cada desfallecimiento del silencio: la voz en apariencia quebradiza de Björk, el vaporizador de la colonia, mis propios pasos sobre las geometrías del suelo, los trinos de Pau Casals, el crujir de las ventanas entreabiertas al frío del invierno. Entreabiertas por si volviera.

Sucedió al fin la quinta noche. Sonó como una hilera de líquenes de seda arrastrándose al borde de mi cama. ¿Tan cerca?, era imposible: el sonido provenía, como siempre, de la ventana. Me levanté, me arropé de mantas nocturnas y diurnas y me recogí el pelo en un lazo negro, para postergar el momento.

Avancé en la oscuridad taciturna, hacía frío, apreté los brazos contra mí y volvió a sonar al otro lado del cristal; pero la niebla guardaba en su seno todos los secretos. A medio camino, me detuve: el silencio crepitaba contra la ventana, y cien manos acuáticas rozaron el cristal hasta murmurar como un coro de ángeles azules: abrí la ventana despacio, cayeron dos gotas sobre el alféizar, después cien, cien mil, y me bañaron entera: mi intuición había sido certera cuando oí el graznido hace cinco días: el mar me ha seguido hasta aquí.

Epílogo: y la belleza está en el mar.

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Antigua caja de Meccano. Fuente: Wikipedia

Para los años cincuenta Luis era un niño corriente. Se levantaba algo antes de ir a clase para poder estudiar con la luz del día y a menudo regresaba a casa con las rodillas manchadas de tarde al aire libre. Jugaba con balones de cuero y juguetes metálicos, que cada invierno pedía en su carta a los Reyes Magos. Pero un año rechazó la oferta de piezas nuevas de Meccano y dejó de perder el tiempo soñando en vano con una bicicleta Orbea. Sólo unas monedas, pidió como un titiritero tiritando en la ciudad del invierno, bajo la nieve. Sólo unas monedas, ¿para qué?, es un secreto. Algunos pensaron que quería ser un cuarto Rey Mago para sus hermanas, para la pequeña sobre todo, que estaba enferma; otros pensaron que quería un ramo de claveles para su compañera de pupitre; algunos llegaron a pensar en un tirachinas o algún otro objeto prohibido. Sin embargo la respuesta era mucho más banal.

Guardó su secreto todo el mes de diciembre; pero el día 4 de enero, ante la amenaza impaciente de los adultos te traerán carbón y nada más, confesó con el rencor de quien se traiciona a sí mismo: con las monedas quería comprarme una linterna; quiero jugar con la luz.

El 6 de enero, después del chocolate, desenvolvió un juego de piezas de Mecanno …y nada más. Al año siguiente, Luis pidió otra vez la linterna, alegando esta vez que el recuerdo de Drácula (1931) que había visto pocos meses antes desde un balcón que daba al cine de verano, no le dejaba dormir: los dientes blancos que imaginaba en la oscuridad, la capa colgando de la puerta o las manos trepando al fondo de la cama, la sombra, en definitiva, del temible Bela Lugosi. Fue obsequiado con una linterna.

Por la noche, esperó que apagaran las luces concentrándose en la linterna que descansaría por poco tiempo debajo de su almohada. Al fin se hizo la oscuridad y entonces un cerco lunar y dorado atravesó la habitación de Luis, acarició los muebles, pobló la colcha de universos luminosos en miniatura. Contará años más tarde, perdido en la emoción del pasado, que aquella luz compensaba el malestar del silencio súbito, en una casa que crepitaba todo el día de fuego y voces. La luz sonaba suavemente en medio de la oscuridad, cara a cara con el silencio; aunque lo que realmente buscaba en la linterna, era la posibilidad de crear, en un lugar donde solamente la imaginación tenía sentido: allí las formas de la habitación a oscuras adquirían nuevos significados y las piezas de Meccano de otros años cobraban vida en inauditas arquitecturas.

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Vela. Fuente: wikipedia

Un camino entre los álamos, brisa mezclándose con la niebla… pero no, las mesas, en las celebraciones de invierno, se parecen más bien a un bosque soleado, dorado, fotografiado en plena mañana; porque al igual que tenemos una lista mental de especies imprescindibles, y de otras que jamás conocerán nuestra alacena, hay algo en la decoración de una mesa que regresa siempre a las tradiciones familiares más antiguas (o redundantes).

En mi casa la nochevieja se adereza de burdeos y un dorado que apenas se percibe, porque tratamos de recuperar la mesa de la bisabuela, híbrida de nochebuena, misterio y año nuevo: una imagen fijada y fantástica que ha pasado de generación en generación simplemente por el hecho de ser la primera referencia recordada -y acordada-, como una idealización tácita.

Después vendrá la cantidad precisa de azúcar en los dulces, la forma de los moldes, la rama de canela flotando en el filtro púrpura del té de escaramujo, el rito en los gestos, el silencio cómplice en la cocina y, más tarde, las máscaras y los disfraces. Aquellos que sacamos de los baúles y que lustramos un poco, contando siempre las mismas anécdotas acerca de la tía abuela Ana: el vestido de seda amarilla, talla de avispa, los antifaces, las orejas de gato negro. Objetos metafóricos, prendas que no utilizaremos nunca, pero que sacamos cada año por el placer de contar historias que ya conocemos. Sonando de fondo la caja de música y el recuerdo de la tía abuela que nunca tuvo hijos, que hacía cremas de café y sirope de menta, verde esmeralda, brillante, oloroso, aquella que pasaba las noches leyendo novelas en alemán para luego traducirlas a su lengua materna y a su propio imaginario, y contárselas a los niños por decenas: fue la primera de la familia en tener televisión, allá en los cincuenta, y aún así, junto al aparato negro y apagado, lograba mantener su atención durante horas, como una narradora perfecta disfrazada de cuentacuentos casual: y nuncá podrá contarme su secreto.

En la mesa, junto con el pan de gengibre y la vela suspirando fuego, es imprescindible hablar de los mitos personales de infancias propias, ajenas y adyacentes, contar las historias de siempre, dejarse llevar por la palabra sencilla, que cuenta cosas de la misma manera que sirve un pedazo de pan de azúcar sobre un plato heredado, sin aparente valor.

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Tengo tiempo, lo que no sé es si tengo palabras.
Tienes palabras, me dijo. Y ahora estoy aquí tratando de destilar 365 palabras, tratando perifrásticamente de dar nombre a lo inefable. Tanto hablo de la nostalgia por la infancia, y hace un año todavía era una niña: el treinta de diciembre de 2006 escribía en mi primer blog, que fue mi irreflexiva isla secreta, una entrada titulada de forma tan poco original como ‘Pequeña crónica del paso de un año a otro’. A lo largo de ese texto me proponía tener una larga conversación conmigo misma, conversación que se redujo a una lista bífida en la que dividía lo positivo y lo negativo de mi balance bajo las etiquetas, metafóricas a más no poder, Eros y Tánatos. Continúo mi lectura, curiosa por conocer aquella niña que soñaba con escribir y con pasar el invierno, que se preocupaba aún por una beca o una canción a capella, por haber roto unos candelabros o tener pesadillas premonitorias; el bienestar residía en cosas como terminar un manuscrito, estrenar agenda y oír el concierto de año nuevo. Era una niña. De mis propósitos de año nuevo, dicho sea de paso, no he cumplido el de hacer un ángel en la nieve ni el de sacar los manuscritos de los cajones, pero sí he pintado -o empezado- un cuadro en un lienzo demasiado grande. En cuanto a mis previsiones para el 2007, no he acertado en absoluto, pues ni el periodo de enero a marzo estuvo sumergido en el vacío, ni tuve que enfrentarme al mes de abril, ni mayo trajo nerviosismo e insomnio, viento cálido sí. Realmente, el año comenzó a finales del invierno, a principios de una primavera catártica en que pude sentir la metamorfosis y el corazón latiendo de nuevo, esas ganas de despertarme pronto cada mañana, de dejarme llevar, al descubrir que la verdad no estaba donde la había buscado años anteriores y que la angustia había dejado de existir por siempre jamás tal y como la conocía. Porque yo no estaba allí donde me busqué en 2006, ni era capaz entonces de entender como ahora entiendo los versos de Juan Ramón, Li Qingzhao y Neruda.



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