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2 de junio, 7:50 de la mañana.
Fantasma es quien te habita, dijo románticamente Arreola en un arrebato de inspiración. No olvidaré esta noche blanca, en blanco, nívea, alba, tranquila. Noche de soledad y pasión por el trabajo, de letras, de lámparas encendidas entre las columnas de libros. Para la memoria me regalaron ellos, hace unos días y sin que lo esperara, una maceta de amapolas, un cuaderno de bitácora, un ángel y un reino-aunque de palabra-. Franz me ha dicho ‘camina en paz’, y siguió descansando allá lejos, en su lecho de muerte, de hojas secas, de cartas mecanografiadas con la prisa del amante; Felice, Grete y Milena, le sonríen abrazadas como las tres Gracias. Alban, blanco e inmaculado, ha abrazado su guitarra y ha prometido dormirse pronto y bien. Yo me quedaré despierta, mirando el amanecer terminando de amanecer. El sol luce blanco en un albo día. El resto de la casa comienza a despertarse.
Pasajeros, próxima estación el destino de mayo (dijo un poeta), mayo caduco, cerrado, purificado por la memoria. Ha sido una noche como aquellas que escribía, que inventaba, en la habitación de los sauces hace diez años. Es cierto que esta entrada prácticamente ininteligible se dirige a mí como lectora. Carta a mí misma; y me convierto en mi propio fantasma.
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No sé dónde he oído últimamente eso de tengo tanto frío y tanta hambre que podría llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anímicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach.
Hoy llueve, creo que ayer también llovía, lo que sucede es que por alguna razón ayer apenas tuvo importancia. Pero hoy, Llueve literal y anímicamente, es decir que hace un tiempo para envolverse en sensaciones y prendas que abriguen. Es un día para desviarme de mi camino habitual y dirigir mi vestido de primavera, cubierto con un abrigo de lana húmedo de tormenta, hasta tu casa. Entrar en silencio, sentir tu casto beso en mi mejilla porque tu familia anda observándonos discretamente. Sentarme en el sofá, oír cómo la lluvia arremete contra el tejado. Me deshago del abrigo acuático sobre el radiador, tú me dejas un jersey, me está grande, me apoyo un poco contra tu hombro y, mientras te entretienes en una conversación de sobremesa, oigo las vibraciones de tu voz y la atmósfera sonora y cambiante de la televisión; y tú me acompañas, duermes despierto.
Pero no hay ningún tú; regreso a casa, me siento en el sofá con el abrigo puesto y contemplo, entre quimérica, risueña y triste, el terrible vacío en el hueco de mi habitación.
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Son días para la memoria reciente, pretérito imperfecta, pero no para la pluscuamperfecta, tan antigua que emerge de mis primeros años en la facultad; sin embargo, las casualidades, como aquellas que hacen que un viernes a las ocho tenga que elegir entre cinco compromisos o que en una sola tarde me devuelvan diez libros cuatro personas diferentes, manipulan nuestras memorias a su antojo.
Me encontró esta mañana en un rincón de la facultad empujado por un presentimiento, dijo. Hacía tantos años, no sabíamos qué decir. Afortunadamente, la secretaría burbujeaba del sonido metálico de las máquinas de escribir, llámense ordenadores. Te espero fuera, dijo. En unos diez minutos, salí de la secretaría de camino a la conserjería, fulminantemente aprisa, en busca de papeles clave para entrar en una cadena de montaje burocrática. Hacía tanto tiempo que al principio no le reconocí, hacía tanto tiempo que apenas nos habíamos añorado. Horas más tarde, me llamó por teléfono para contarme que, mientras me esperaba a la puerta de la secretaría, había idealizado el momento en que me acompañaría ciudad abajo, al sol del mediodía, dijo. Me contó que había ido al quiosco a comprar unos caramelos, y que se había imaginado diciéndome Y bien, cuéntamelo todo al tiempo que me ofrecería uno de frambuesa. Imaginó que nos pondríamos al día y que las palabras saldrían fluidas, aéreas, ebúrneas. Imaginó, dijo, mi perfil deshaciéndose en el viento, por esa cuesta que había bajado caminando solamente con personas a las que había amado -sonreí para mis adentros, pensando que a mí me había sucedido lo mismo-. Qué tendrá la cuesta de Letras, con sus árboles en estado salvaje entre ruinas de futura construcción, con el laboratorio astronómico que dejamos atrás paso a paso, con los carteles oxidados yaciendo en la cuneta. Qué tendrá.
Me llamó, decía, ya al atardecer, para contármelo, para contarme lo que no había sucedido y no sucedería: ese paseo desde la facultad hasta el centro. No sucedió, porque por la mañana, cuando salí a conserjería en busca de papeles urgentes, le dije como gritando a la nada, Vete a casa. No tengo prisa, decía. Me siguió hasta la copistería y luego de vuelta a secretaría. Vete a casa, le dije, no me esperes, esto va para largo, me van a tener aquí hasta las dos de la tarde, tengo que entregar estos papeles, era cierto, salir al banco, volver, entregar fotocopias de algunos certificados, hasta las dos de la tarde, ya verás. De acuerdo, dijo, y nos despedimos. Vete a casa, insistí, una vez más, en el último momento, ya sabes, la burocracia, aprovecha tu mañana que yo ya la voy a perder, me toca rellenar unos cuantos formularios y he visto ese brillo en tus ojos al mirarme así que vete a casa… que yo ya no sé querer.
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Me bebo las canciones como si nunca hubiesen sido besadas; las respiro, huelen a calor de invierno, a ropa recién lavada, a lágrima, a palabra, a plenitud. Me mancho la cara por las mañanas con la tinta invisible que ha invadido mi almohada ensartando palabras durante el sueño; a veces he tejido una vida entera, otras son párrafos enteros y relucientes y sólo míos los que se recitan para mi oído adormilado cuando la primera luz invade el aguacero o la persiana. Con los dedos, con la boca, recibo todas las palabras que leo; todas son hermosas, materiales, tangibles, todas tienen etimologías tenebrosas o luminiscentes que me llevan a lejanas esferas del pensamiento o de la ficción. Habito un universo tridimensional, donde el tiempo, mágica cosmovisión, cuarta dimensión, refugio, toma forma material y se expande como un espacio. Todas las cosas se respiran, todas las abstracciones se tocan, el la natural como el re sostenido, la luz mil-enaria, el néctar de la naranja, la novela que mis manos atesoran como a un amante, la sombra de los árboles, la textura de los días, los diamantes opalinos, las ilusiones y las quimeras, las ensoñaciones en mi habitación, las palabras que me cuentan, cada letra, cada sonido, cada marca significante e impresa. La llanura es un horizonte donde el espacio puede atraparse, los bosques obcecados laberintos de encaje. Todo lo respiro, todas las cosas pasan a través de mí, juegan a transfigurarme cuando son vendavales que colocan cada átomo en su lugar original. Todo lo respiro, todas las canciones atraviesan mis venas como los textos, los segundos, la existencia. Y sin embargo tengo una inmensa sed, una sed física e infatigable, que es dolorosa y placentera de un solo trago, una inmensa sed de algo indefinido. Intangible.
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Aún sin estar existiendo -de hecho mientras duermo, en alguna parte del mundo, alguien está escribiendo sobre mi irrealidad- , envuelta en mi edredón dorado de polvo de estrellas como en una crisálida, la ciudad me despierta, con cánticos fúnebres de ambulancia y coche de bomberos, que hoy en lugar de seguir la cronología espacial por la que han nacido, dan vueltas y más vueltas, mórbidos e inconscientes; al otro lado de las sirenas, suena desde una habitación ajena una canción que me grita what’s the use of your pain, y más tarde, en la duermevela, la música cambia y acaba recordándote al hablar de un hotel en California. La música de la memoria ha empezado a sonar en todos los refugios, los cafés protegidos por el vaho en sus ventanales, los grandes almacenes enemistados consigo mismos a fuerza de almacenar repetitivamente el mismo objeto a lo largo de inhóspitas avenidas, los parques, las aceras y los paisajes.
La ciudad me despierta al mismo tiempo que a las cenicientas urbanas, a las doce en punto, justo a la hora que pedí desde mi sueño y mi cuerpo sin costuras. A medianoche volveré a dormirme brazos de Morfeo; allí te siento a veces, a veces veo otras vidas, y siempre me evado en algún andén luminoso. Entretanto, pueden recoger en consigna mi zapato de cristal; pero cuidado con los cristales rotos.
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Voy a escribir sobre ti en la nueva novela -me dijo. Levanté la mirada de los apuntes, sorprendida;- porque eres lo más literario que he conocido últimamente. Nos conocemos desde hace siglos, protesté. Sí pero hace cinco años todavía no te habías convertido en el ángel eléctrico. No acababa de encontrar la razón por la que se había creado esa imagen de mí; en realidad, no sabía qué significaba. Sólo sabía que sonaba bien y que pretendía nombrarme. El mundo es extraño. Cuando conocemos algo o creemos conocerlo, le damos un nombre. Antoine de Saint-Exupéry decía que era para apropiarse de ello. No lo sé, puede ser. Pero como las personas no se poseen, yo pienso que es más bien para recordar. Era rara esa sensación de ser un personaje. Me imaginaba con un cuerpo nuevo, de pura retórica, intangible, hecho de sinestesias y paradojas. Me preguntaba cómo sería esa metamorfosis y si dolería el momento de convertirse en personaje por unas páginas; ¿será como morir o renacer?, quise preguntarle, pero no dije nada.
¿Y qué vas a escribir?, pregunté al fin. Aún no lo sé, me dijo, me apetece hacerte brillar sobre el papel. Nos quedamos en silencio. Siguió leyendo su borrador y permanecí un buen rato mirando al vacío, con la mente puesta en la otra extremidad de la ciudad. Cuando nos cansamos de trabajar, nos despedimos. Que pases una buena tarde, angelillo eléctrico, añadió. Entonces, todas las preguntas sobre la vida que se habían reunido potencialmente en esta anécdota un par de horas antes, y que había dejado en barbecho en mi garganta, salieron a la superficie: ¿por qué quieres escribir sobre mí, y por qué me llamas de ese modo, cuando yo no te quiero a ti y lo sabes?. Y no se le ocurrió otra cosa que citar a Auden: no nos vamos a querer por igual, solamente me tienes amor de hermana, así que deja que el más quiera de los dos sea yo.
Así es como me convertí en una musa eventual para mi amigo D., una breve musa de poemario para el cándido Antonio años ha y para Ángeles, mi hermana, parece que seré un personaje en una novela que habla veladamente de ella misma (Aunque te llamarás Sara, especificó, espero que no te importe). Para él tan solo fui unas líneas; pero sagradas líneas sobre estrellas y dragones, que guardo en mi memoria.
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Perdona que hable de tu cuerpo, perdona que recuerde lo que no ha sido, que me cueste olvidar el cuello y la nuca que tanto he besado en sueños, que me atraiga la fuerza gravitatoria de tus pasos e imagine tu fuerza delicada de universo envolvente, que haya confundido tu ropa con tu piel y tu voz con abrazos, que todavía te presienta y te adivine, que me haya deslizado, trágica y onírica, por el camino de mirar tus labios como una melómana, que me haga preguntas sobre lo vertical, lo horizontal y lo oblicuo, que haya aspirado ebria y difusa tu olor a tabaco y a sueño, que la retórica me falle, que me atreva a leerte en lo que no haces con palabras y que me haya sumergido en tus ojos como en una laguna dorada; pero es que el tacto que nunca ha sido realmente palpado permanece preso en un lugar entre la tibieza de la ficción y la verdad del deseo, y allí, descansando entre lo físico y lo intangible, entre el aliento de la palabra y la calidez del recuerdo de la proximidad, es más difícil olvidar.
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Yo que por circunstancias de la vida y de la muerte soy absolutamente abstemia, me veo afectada por el delirium tremens sin haber bebido una gota. La expresión, de contenido trágico y sonoridad entre fuerte y delicada, es tan bella que podría morirme; pero la estética del lenguaje ya no me alcanza; estoy tendida en el sofá rosa, escuchando cómo el portátil emite leves quejidos, crujidos como de puerta entreabierta al azar de una corriente de aire y, paralizada, tengo las manos cruzadas sobre el corazón, el corazón cruzando arritmias oblicuas y la mente dejando desfilar pasajes vírgenes del pasado reciente con un sonido de cinematógrafo; las paredes se ciernen sobre mí como un sobre en una carta, y soy una carta muda, inmóvil, inquieta. La impaciencia se arremolina en mi pecho como una corriente acuática. Me inunda, me transporta, pero me inmoviliza. Aún así, aunque la cura al dolor de la ausencia está a dos teclas de aquí, he de ser un poco más esa carta muda, porque de abrirme a la palabra no sabría qué decir; en realidad, no sabría cómo decirlo. Mientras tanto, aprehendo la sensación de síndrome de abstinencia metafórico, o incluso psicosomático, abstinencia alegorizada hasta el infinito; alguna vez me dijo que echar de menos dolía; y tenía razón.
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Es curioso como el mundo, la naturaleza disfrazada de ciudad, llega a conocerte en cierta manera; como puede parecerte que esa naturaleza urbana comunia contigo, desde las irregularidades de las aceras bajo tus pasos, dispuestas con la misma cadencia que la música que escuchas, hasta la mirada de un anónimo que cruzaba la calle y cruzaba por un instante tu mirada con la suya, una mirada triste que en realidad no le pertenece sino que es expresión plástica de tu propia mirada triste; como las ciudades acaban conociendo tus costumbres, igual que la gente del ciber exclama al unísono, al verme entrar con batidos de chocolate, tú y tus manías; después, la ciudad habla, a través de fechas de caducidad impresas en objetos comestibles, que marcan alguna fecha memorable, a través de la coincidencia escrita en la cara de un libro y de mi reflejo, que me observa de reojo en los escaparates. El mundo vestido de ciudad te conoce y te aprehende; o tú aprendes a leerlo con tus propias palabras.
Vuelvo a encontrarme en caída libre y horizontal por las calles de la ciudad, envuelta en las terribles prisas que, en cuanto desaparezcan, cambiarán desde lejos los días en horas lentas como en una textura perfecta pero artificial; miro la ciudad conmocionarse con mis estados de ánimo como la naturaleza salvaje frente a un poeta romántico; camino en un anonimato deseable, ahora es la ciudad quien ciuda de todos nosotros como una canción de Nina Simone.
Desde el otro lado de la pantalla no pueden ver si lloro o dejo de llorar. No es que quiera ocultarme, es que es físicamente imposible que puedan hacerlo. Sí pueden notar las gotas resbalando en el canto de algunas letras, el pulso débil al construir una metáfora. No pueden oír el crujido del papel empapándose. Pueden creer en la serenidad de las letras pero se trata de magia de teclado y ciencia de tipografía. Puedo hablar de la claridad de la mañana y pensar en los melancólicos árboles desnudos de la plaza, aunque el atardecer se haya tornado oscuro o la noche demasiado fría.
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Lunes por la mañana, emprendo el camino de la eterna escalera hasta la entrada tapiada por complicadas obras arquitectónicas. Me deslizo en mis zapatos, me agacho entre los obstáculos y la casa me empuja hacia fuera, a plena luz, una luz extraña y subliminalmente intensa, como de otoño; la calle está desierta; mis pasos caminan sin eco, solos, y una parte de mí se ha quedado tendida en mi habitación, con un libro inclinado sobre el rostro ebrio de sueño o de insomnio.
Lunes, regreso a la calidez del aire frío que no es mío, que apenas respiro, me dirijo a un lugar o a otro como un autómata, mientras tejo palabras en mi mente que me compensen del tiempo que no puedo dedicar a la lectura.Hace frío fuera mientras mi habitación resplandece a solas en algún lugar de la casa.
Me he vestido aprisa pero con el cuidado de quien se hace una coraza más que un lugar de abrigo; llevo los zapatos del diecinueve y la gargantilla que acostumbraba llevar en el s.XV; del XX mi antiguo jersey de infancia y el abrigo del XXI que se cierra como una casa, como esta casa que se aleja mientras me dirijo lánguidamente hacia algún lugar demasiado lejano, donde no hay semiótica, ni metamorfosis ni cine asiático, sino tan sólo aulas inquietas, horas que son un poco eternas, algo vacías y siempre ajenas al infinito.
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