Leyendas
Escrito por: Florie en Edad Media, caleidoscopio, memorias, relatos improvisadosMe miró largamente mientras atravesaba el pasillo; caminaba con extremada lentitud, lánguido, sostenía la mirada, murmuraba como suyos estos versos ajenos:
“Por fin te he visto.
Eres un gorrión tiritando
sobre el muro de un hospital
junto al río.
Al fin te he visto,
en un día gris, de profundo invierno.
Y la vida era un hueco
de la muerte sobre el aire”*.
Los recuerdos regresan en forma de efecto en cadena: he comprado en el quiosco un portaminas, amarillo por el anillo de los Nibelungos -avatares del subconsciente: es uno de mis libros preferidos-, lo que me recordó evidentemente la leyenda de Sigfrido, que por su parte me trajo a la memoria aquella clase de literatura III o IV: literaturas impersonales nombradas por números. Hace casi diez años, en la puerta de ese aula, aún nos cruzábamos en el cambio de clase. Clases vespertinas donde podían oírse los vientos de tierras literarias sucederse banalmente y por fascículos.
En ese cambio de clase, una tarde, se llenó de valor -dijo- y levantó la vista para que fuese inevitable que parásemos a hablar. Brandía orgulloso su libro con nombre de quimera; preguntaba temeroso si había alguna novedad en mi vida. Hablábamos como dos conocidos cordiales, con el traje de las conversaciones de pasillo, pero recordábamos cada uno a su manera el año que fuimos hermanos. Mi poesía le recordaba la poesía asiática, nunca supe porqué; la suya era gongorina e imposible, hasta que la Lingüística se lo tragó y dejó de escribir su Quijote particular, a quien había llamado, en el puente tendido entre la infancia y la pubertad, ‘el caballero sin nombre‘:
Dejó de escribir y aún así sobrevivió: ahora se le vuelve a ver por los pasillos, a veces, alguna mañana silenciosa; me mira de lejos con esa mirada profunda y herida del amor que no fue correspondido; yo solo puedo guardarle un sitio en mi memoria, y detenerme alguna vez ante el ventanal de la biblioteca, porque el único recuerdo vívido que conservo es aquello que llamaba su ‘aforismo’: justo ahí es donde los pájaros vienen siempre a morir, o a caer; si cerrasen este jardín, serían inmortales, decía. Construyó así una costumbre, la de mirar por el ventanal con el estómago encogido, esperando que al otro lado no haya más que hojas muertas; si no, si hay un pájaro muerto, una tristeza inevitable y visceral atraviesa el cristal hasta alcanzar el cuerpo insepulto del ave tendida en la intemperie. Tienes costumbres tan extrañas, le dije hace muchos años: asintió en silencio y huyó hacia el frío de un país paradójicamente cervantino, evitando a su paso los lugares donde no hay gorriones, como la Antártida.
* Poema de A. Rubio Flores









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