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Archivo de la Categoría “Edad Media”


Gorrión (Passer Domesticus). Fuente:wikipedia

Me miró largamente mientras atravesaba el pasillo; caminaba con extremada lentitud, lánguido, sostenía la mirada, murmuraba como suyos estos versos ajenos:

“Por fin te he visto.
Eres un gorrión tiritando
sobre el muro de un hospital
junto al río.
Al fin te he visto,
en un día gris, de profundo invierno.
Y la vida era un hueco
de la muerte sobre el aire”*.

Los recuerdos regresan en forma de efecto en cadena: he comprado en el quiosco un portaminas, amarillo por el anillo de los Nibelungos -avatares del subconsciente: es uno de mis libros preferidos-, lo que me recordó evidentemente la leyenda de Sigfrido, que por su parte me trajo a la memoria aquella clase de literatura III o IV: literaturas impersonales nombradas por números. Hace casi diez años, en la puerta de ese aula, aún nos cruzábamos en el cambio de clase. Clases vespertinas donde podían oírse los vientos de tierras literarias sucederse banalmente y por fascículos.
En ese cambio de clase, una tarde, se llenó de valor -dijo- y levantó la vista para que fuese inevitable que parásemos a hablar. Brandía orgulloso su libro con nombre de quimera; preguntaba temeroso si había alguna novedad en mi vida. Hablábamos como dos conocidos cordiales, con el traje de las conversaciones de pasillo, pero recordábamos cada uno a su manera el año que fuimos hermanos. Mi poesía le recordaba la poesía asiática, nunca supe porqué; la suya era gongorina e imposible, hasta que la Lingüística se lo tragó y dejó de escribir su Quijote particular, a quien había llamado, en el puente tendido entre la infancia y la pubertad, ‘el caballero sin nombre‘:

Dejó de escribir y aún así sobrevivió: ahora se le vuelve a ver por los pasillos, a veces, alguna mañana silenciosa; me mira de lejos con esa mirada profunda y herida del amor que no fue correspondido; yo solo puedo guardarle un sitio en mi memoria, y detenerme alguna vez ante el ventanal de la biblioteca, porque el único recuerdo vívido que conservo es aquello que llamaba su ‘aforismo’: justo ahí es donde los pájaros vienen siempre a morir, o a caer; si cerrasen este jardín, serían inmortales, decía. Construyó así una costumbre, la de mirar por el ventanal con el estómago encogido, esperando que al otro lado no haya más que hojas muertas; si no, si hay un pájaro muerto, una tristeza inevitable y visceral atraviesa el cristal hasta alcanzar el cuerpo insepulto del ave tendida en la intemperie. Tienes costumbres tan extrañas, le dije hace muchos años: asintió en silencio y huyó hacia el frío de un país paradójicamente cervantino, evitando a su paso los lugares donde no hay gorriones, como la Antártida.

* Poema de A. Rubio Flores

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Fuente: wikimedia

Después de haberme sumergido durante varios días en la lectura de una fábula medieval, hago un alto en la página quinientos y algo para deleitarme con una de las novelas medievales por excelencia, La ‘novela’ de Melusina de Coudrette, cuya leyenda proviene de y trasciende hacia otras leyendas medievales y no tan medievales -Apuleyo, Jean d’Arras, Grimm- que la literatura -o mejor dicho, los depósitos de libros entibiados en las bibliotecas- a veces guarda celosamente.

Después de seis o siete horas de lectura medieval(izante) -la lista de lecturas obligadas no se reduce a los dos libros mencionados- una se encuentra diciendo cosas como me atrae Nueva York porque no ha conocido Edad Media. Aunque esta tarde, en otra sesión continua, y al cabo de tres horas, vencida ya por el sopor de una hora destinada a la siesta, por el tedio vespertino y por el ritmo cautelosamente regular de la prosa medieval, he sufrido un extraño sobresalto, propiciado seguramente por el estado de duermevela en el que había caído y por algo nuevo que me gustaría llamar incredulidad tipográfica; pero es demasiado forzado.

Unas páginas antes, había conocido la historia de genealogías increíbles, con dragones y gigantes por madrinas y hadas en fuentes capaces de cubrir un bosque entero con una piel de ciervo; genealogías increíbles, insisto, que venían sin embargo contradichas, o reforzadas, no lo sé, por notas a pie de página que apuntaban en un tono serio y enciclopédico los datos históricos que por lo visto dieron lugar a aquellas conscientes derivaciones fantásticas. Comprendiendo de dónde venía el ingenio narrativo de mi autora preferida en la infancia, Sophie Rostopchine (1799-1874) más conocida en el mundo de la francofonía como la condesa de Ségur -poco, o nada, traducida al español-, dejándome llevar por las arenas movedizas de una historia que evoluciona cada dos párrafos y pensando que juglares y trovadores fueron verdaderos sociólogos, llego al momento que describía aquí hace un momento, cuando los guantes, la manta y las minúsculas letras negras actuaron como morfina; página sesenta y siete, sesenta y ocho, caigo abatida sobre el légamo de rosas dibujadas en la almohada, me duermo, apenas, porque entonces, muy bruscamente, regreso a la consciencia en la página sesenta y nueve; pero no miro la página, precisamente, sino que me giro hacia la escalera, creyendo que me llaman. Nada; vuelvo al libro, parpadeo, veo escrito mi nombre (aquel que apenas aparece en textos, en escritos, salvo quizás en mi partida de nacimiento), justo ahí, en la línea dieciséis -y sucesivas-…

No tiene la menor importancia; de hecho, el personaje que lleva mi nombre no realiza ninguna acción determinante para el desarrollo de la trama: se dibuja como una princesa cubierta de epítetos, hermosa y llena de gracia, bla, bla -calcada de los otros personajes secundarios femeninos de la obra-, atrapada en un conflicto bélico y que desaparece en la página siguiente. Lo que me interesa realmente es la sensación que experimenté en aquel momento de sueño, lectura y confusión mezclados en un extraño híbrido de la consciencia: no creo en los viajes astrales, pero aquellos que sí creen -y que curiosamente además de creer dicen haberlos vivido- dicen que sienten cómo el alma se sale un poco de las costuras del cuerpo, asomándose. Mi sensación -aunque meramente adrenalínica- fue parecida; parecida también, simplemente, a los despertares bruscos; al rugir de una pesadilla; a la caída a la realidad durante un sueño placentero, cuando aún no recordamos qué parte del dormitorio es de verdad y cual ha sido construida por el inconsciente.

No tiene la menor importancia, pero me movió que el texto me llamara de esa manera, por mi nombre, precisamente cuando había perdido mi atención, cuando me deslizaba muy lejos; cuando menos lo esperaba; y también sentí cierta emoción al ver mi castillo de siglo XIV, del que probablemente no queda más que un torreón azotado por el viento -tópico-; y digo ‘mi castillo’, porque, la literatura, también sirve para leer.

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