Inciso: crónicas académicas I
Escrito por: Florie en Diario, Edgar Allan Poe, biblioteca, caleidoscopioSuena el despertador 2. Son las ocho y media. El despertador 1 yace junto a la almohada, silenciado hace media hora por mis manos casi somnámbulas -deduzco-. No importa; el acero contra el acero, la radial que truena en el extremo de la calle, está ahí para recordarme que ya ha amanecido; hace cien años, otro gallo cantaría para despertarme. Lo de siempre: mp3, autobús, bufanda. No, bufanda no, pero simbólicamente añoro el invierno, teniendo en cuenta que, impaciente, lo adelanto cada año al 1 de octubre, como quien adelanta el reloj esperando que algo pase, que el efecto mariposa se minimice en la intimidad de las cosas y que las horas digan algo con palabras, por una vez. La ciudad camina al otro lado de los cristales, pero el archipiélago desierto en el que viajo apenas se mueve, pese a la marea.
No cabe duda de que la tutoría de ayer tuvo más encanto; en un rincón apartado de un laberinto, con dragones flotando en el techo del despacho y una clase para dos impartida por una eminencia a punto de irse de vacaciones -o al menos de intentarlo-: horas que deberían durar días.
Aunque he de reconocer que la tutoría de hoy ha sido útil y desmitificadora, pero antes de entrar en el tema de la tesina, como evitando tratar asunto ‘tan desagradable’, se abordó laargamente el tema de la pedagogía, la filosofía, el comunismo, la teoría del lenguaje, las ciudades futuristas y el rock. Me saluda gente a la que no conozco, saludo amigos que se van; gente que cambia de carrera, que se marcha al extranjero y allí conoce París para no volver, o gente que ya es libre (léase que-ha-leído-su-tesis-recientemente).
De vuelta a casa, con la mochila colegial cargada de libros de Edgar Allan Poe, la ciudad, incandescente, se abre como una granada. Observo con atención las mejoras del campus, a saber, edificios nuevos -como recién salidos de una captura de pantalla sim-, muebles tecnológicos, la inclusión en el paisaje de carteles informativos, y la supresión del cartel de feliz curso 1997-1998.
Más allá regreso a un mundo de calles deshidratadas, la ciudad parece un decorado, con sus casas de cartón, su mar de tramoya y su olor a sandía fresca; pero el suelo, como de linóleo bajo las sandalias, se derrite al sol como las alas de Ícaro. Bajando la cuesta me atraviesa el recuerdo del frío del invierno, me envuelve como un fantasma, y paradójicamente me reconforta comprobar que los años pasan; en el oído, alguna pista sin identificar y el tiempo, que fluía a la velocidad de la luz, entra en claroscuro, impalpable, augusto.







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