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Archivo de la Categoría “entelequias”


No sé dónde he oído últimamente eso de tengo tanto frío y tanta hambre que podría llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anímicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach.
Hoy llueve, creo que ayer también llovía, lo que sucede es que por alguna razón ayer apenas tuvo importancia. Pero hoy, Llueve literal y anímicamente, es decir que hace un tiempo para envolverse en sensaciones y prendas que abriguen. Es un día para desviarme de mi camino habitual y dirigir mi vestido de primavera, cubierto con un abrigo de lana húmedo de tormenta, hasta tu casa. Entrar en silencio, sentir tu casto beso en mi mejilla porque tu familia anda observándonos discretamente. Sentarme en el sofá, oír cómo la lluvia arremete contra el tejado. Me deshago del abrigo acuático sobre el radiador, tú me dejas un jersey, me está grande, me apoyo un poco contra tu hombro y, mientras te entretienes en una conversación de sobremesa, oigo las vibraciones de tu voz y la atmósfera sonora y cambiante de la televisión; y tú me acompañas, duermes despierto.
Pero no hay ningún ; regreso a casa, me siento en el sofá con el abrigo puesto y contemplo, entre quimérica, risueña y triste, el terrible vacío en el hueco de mi habitación.

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Afortunadamente hemos llegado a la penúltima parada; las puertas se abren y entra el frío flemático de noviembre; me inclino un poco hacia delante para recibir la mayor cantidad posible de moléculas de oxígeno; los cuatro respiradores respiran radiantes junto a la puerta; los tres errados se marchan; amanece; de pronto, veo la sombra del vehículo, y nuestras sombras enmarcadas por la sombra de sus ventanas, proyectada contra una hilera de cipreses apretados entre sí como temiendo el invierno; en verano estaban más distantes; en verano…, pero el autobús arranca y supongo que a partir de entonces el día sucedió normal, rutinaria, redundante y correctamente, porque ya se ha hecho de noche y… nada más.
Una brisa helada me roza los párpados para despertarme. Abro los ojos. Una sombra plana me mira fijamente y una sombra volumétrica me abraza: todo irá bien, dicen, ahora que has despertado.

-Por qué?, pregunto.

-Porque tú tienes las luciérnagas.

En ese momento un universo hormiguea entre mis manos. Bajo la vista, me pregunto qué ha sido de mis guantes; en su lugar, un enjambre de escarabajos dorados se pasea en la bóveda hermética formada por los dedos, transformados en nervadura arquitectónica.
-Separa más las manos-, lo hice, y los escarabajos se convirtieron en luciérnagas encendidas y opalescentes.
-¡Luz! –exclamaron al unísono.
Volví a levantar la vista; las luciérnagas doraban la intimidad de nuestro enclave, dejando todo lo demás en una oscuridad densa pero impalpable. Como nos veíamos las caras –relieves uniformes en claroscuro- hacía menos frío; el aire, al templarse, se había hecho menos aséptico, y un extraño olor llegó hasta mí: oleaginoso, esmeralda, quedo.., era un olor que olía a lluvia y a hierba recién cortada, a frutos secos, a vacío, a resina derramándose en un molde, a libro, a jardín almizclado: cipreses; y sobre ellos, nosotros, diez u once sombras de pasajeros de autobús, alter egos de lo que un día fuimos, de lo que aquella misma mañana todavía éramos –mentes de carne y hueso esperando llegar a su destino-.

Ahora solo tengo perfil, un perfil sin piernas, aunque tampoco tengo prisa ni siento impaciencia, dolor o miedo.

-Cupressus sempervivens- recitaron repetidamente, todos a la vez, como si lo hubiesen hecho durante siglos-. Pero no era una salmodia mágica, sino un mecanismo de defensa, cantaban el nombre latino del ciprés porque era lo único que, pensaban, podría servir de algo.

Me dejo llevar por el sueño placentero de la simpleza existencial hasta que súbitamente comprendo la llaneza insoportable de mi nueva vida y deseo con todas mis fuerzas regresar a la hora de madrugar o a la hora del insomnio.
-Deseo que ésto sólo dure hasta el amanecer.
-Silencio- me contestan las otras sombras al unísono- si lo dices en voz alta…

 

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antigua caja de té de la marca Earl Grey. fuente: wikipedia

Hacía un día gris cuando los Grey se despertaron, todos al mismo tiempo, golpeados en su oneirismo por una inmensa bola de demolición adelantada a su tiempo, que parsimoniosamente demolía la casa verde esmeralda, la misma que hasta aquel preciso instante siempre había coronado la calle. Se levantaron precipitadamente porque la densa tempestad de polvo comenzaba a depositarse sobre los muebles; aunque ya estaban espolvoreados con aquella especie volátil de azúcar glass que desprendía la casa esmeralda al derrumbarse, decidieron cubrirlo todo con sábanas viejas y grises, para evitar males mayores.

La señora Grey miraba su salón, que parecía listo para una mu-danza macabra y decía: El polvo quedaba mucho mejor. Pero ya estaba hecho, y se sentaron a desayunar en la mesa enterrada bajo sábanas viejas; la luz entraba por las comisuras de la persiana, diurna pero casi lunar, y se preguntaron si algún cambio astronómico había operado una metamorfosis sobre su planeta.

Más tarde, la señora Grey hizo un pequeño recorrido por la casa, para comprobar que debajo de las sábanas todo estaba en orden: por la noche tendrían invitados. Sacó de la despensa unas latas de sopa de setas de tono antracita claro y paradójico que hacía destacar la vajilla buena, una fuente llena de ostras frescas, su collar de perlas y su vestido de seda gris.

Mientras tanto, en la sala, el señor Grey ojeaba el periódico hasta que unos rayos de sol atravesaron el tópico del cielo plomizo; el señor Grey se acercó a la ventana y miró cómo las ondulaciones doradas se estremecían contra la corteza plateada de los álamos; detrás de uno de ellos, la casa derruida todavía humeaba polvo y desencanto: una bañera yacía, inclinada como un barco hundiéndose, en el lugar donde hubo una majestuosa entrada; entre los escombros, centenares de destellos de lo que había sido una inmensa lámpara de araña decoraban la atmósfera con destellos grisáceos; hipnotizado por el espectáculo, le dieron las diez. La lengua gris y monótona del reloj de péndulo marcó la última nota, y el timbre sonó. El señor y la señora Grey acudieron a abrir la puerta; los niños, como un enjambre de abejas doradas, salieron precipitadamente de debajo de las mesas y de los muebles altos, donde habían construido universos lunares aprovechando la caída de las sábanas en los cuatro puntos cardinales: cascadas de tela algo traslúcida dispuesta para recibir habitantes y, entre los habitantes, sombras chinescas.

Los invitados invadieron el salón.

-¡El señor Earl Grey! -exclamó Juan Gris a modo de saludo- Su casa parece un cuadro cubista…

Earl Grey miró su salón enlutado de blanco como si fuera la primera vez.

Edgar Allan Poe interrumpió la introspección mobiliaria de su anfitrión: me alegra volver a verle -dijo -después de tantos años.

-Hemos cambiado enormemente-se lamentó el señor Grey-, me pregunto si el señor Elvis Greysley habrá terminado ya su máquina del tiempo…

-Mientras tanto, ‘el cabello gris es el archivo del pasado’-y como Poe tenía cierta razón, se sentaron a la mesa sin añadir nada al momento del reencuentro.

A la hora de los postres, Edgar Allan Poe y Juan Gris tomaron un trozo de tarta de arándanos, sorprendentemente cromáticos en aquel ambiente plomado . Earl Grey se conformó con una taza de café. Juan Gris no podía creerlo: el Earl Grey que conocía nunca había tomado café.

-Ahora que ya no vivimos en nuestra caja de té metálica, sino detrás de esta baldosa, ya no merece la pena-explicó Earl Grey.
-Ya nada tiene sentido -añadió la señora Grey como quien habla del tiempo- y se giró, enternecida, hacia los niños que, ocultándose de nuevo bajo los muebles, regresaban a la luna.

 
   

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pieza predilecta, Suite para violonchelo solo, nº1, en sol mayor: preludio, de Bach. Este es un manuscrito de Anna Magdalena Bach. Fuente: wikipedia.

Hace muchos años, un amigo que no era Borges se perdió peligrosamente en el camino de la ciencia ficción, abandonando por un momento su exagerada racionalidad cartesiana habitual, para elaborar la teoría -tomada prestada a retazos de sus excesivas horas de lectura (no exagero)- de que cuando uno toma una decisión se abren dos caminos potenciales. En el estricto campo de la metáfora puede resultar muy interesante, e incluso tener cierta lógica; sin embargo, iba mucho más lejos, afirmando que en cierta manera esos caminos paralelos, esas decisiones potenciales no elegidas, se desarrollaban paralela -u oblicuamente- a la realidad que conocemos.

No he podido evitar recordar la arriesgada teoría ayer por la tarde cuando, de camino a casa con ocho kilos de chelo y todo su atrezzo a cuestas, me pregunté qué habría sido si lo hubiera sabido antes.
Saber qué. Pues que si hubiese comenzado a tocar el chelo un 15 de noviembre de 1988 -quizás un 10 de septiembre de 1989 me habrían dicho algo tan espeluznante como: esta partitura que estás estudiando ahora, normalmente se prepara en quinto grado. ¿Qué derecho hay de decirme semejante cosa a estas alturas de la vida? Si esta clase de cosas sucede una tarde de 2007, una siente que es demasiado tarde, y que en algún momento ha tomado una decisión errónea: por ejemplo, la de empezar por aprender a tocar el piano.
Aunque por supuesto, todo es muy relativo; que consiga sacar algunas notas de este instrumento no quita mi episodio de progresiva apatía con el piano hace muchos años y mi estrepitoso fracaso con el violín; que consiga dominar una partitura no significa en absoluto que ya domine la madera. Mi interpretación todavía se manifiesta sin ninguna clase de adorno, sin vibrato o apenas, sin esa suavidad vehemente que caracteriza una pieza de chelo bien tocada. Todo es relativo. Pero precisamente por eso puedo permitirme hacerme esta pregunta: ¿qué hubiera sucedido si hace veinte años hubiera pensado en el chelo? Un instrumento que, por cierto, no recuerdo en absoluto cómo acabó irrumpiendo en mi existencia; conservo el vago recuerdo del verano de los veinte años y una composición llamada El cisne de Camille Saint-Saëns (por cierto, antes de El cisne, recomiendo encarecidamente su Aquarium, que no tiene nada que ver con el chelo) y también un comentario que hice en el coche, en la calle San Antón, a los quince o dieciseis años: cuando deje de torturarme con el violín, quizás pruebe con el violonchelo (como diciendo ’si sobrevivo al violín soy capaz de cualquier cosa’: por cierto, no sobreviví) e inmediatamente después me pregunté de dónde había salido semejante idea. Sigo sin saberlo; y me temo que tampoco sabré qué habría sucedido si hubiese comenzado a tocar antes, mucho antes.
No hablo de haberme preparado para ser concertista: teniendo en cuenta las coordenadas A y B, y A’, creo que es un trabajo que me habría causado más sufrimiento que satisfacción personal. Hablo simplemente del sendero bifurcado en el que me habría volcado en este instrumento, en el que le habría dedicado estas dos-que-se-convierten-en-cinco horas diarias desde hace diez o quince años, en el que habría superado mi timidez selectiva en las extenuantes audiciones del conservatorio, en el que ahora podría dar clases de iniciación a gente con más talento -o directamente a gente con talento- y a niños obligados por sus padres, que no saben la suerte que tienen al haber recibido un chelo en sus manos con cierta precocidad cronológica.

Porque es un placer simplemente sentir esa tensión en el trapezoide y cálidos escalofríos de esfuerzo muscular recorriendo el dorsal, observar en los dedos las pequeñas heridas que son fruto del trabajo, ver cómo el mástil se destiñe poco a poco y cómo mi cuerpo va cediendo ante ese cuerpo de madera que se arrellana contra mí como si tuviera diez años de sueño acumulado: a veces cierro el anillo de brazos que evolucionan espasmódicamente al compás de la partitura, dejo que el silencio nos invada y me abrazo a él: la madera sigue vibrando, y me pregunto cómo es esa otra yo que en una realidad paralela ha empezado a tocar veinte años atrás, una versión de mí misma que quizás también siente, pero con razón, cómo su garganta se llena de lágrimas inoportunas por la mera emoción de una frase melódica que se va alejando poco a poco, muy lentamente, de la interpretación malograda.
A veces pienso que me pasaría el resto de mi vida encerrada en la habitación, matemáticamente concentrada en la partitura, con los dedos oscilando gravemente tratando de encontrar el milímetro exacto, cuidando con mimo cada movimiento, como si la vida se me fuera en ello. Me pregunto qué habría sido si hubiera descubierto esto antes de caer bajo el dominio de la palabra, de la esclavitud consentida a las letras, y me hubiera sumergido en un lugar donde la realidad se sostiene platónicamente a través de las notas negras, blancas y redondas, corcheas, fusas, semifusas, y nada más.

Pero toda moneda tiene dos caras: ser chelista consiste en ser Jacqueline Du Pré como mínimo -es un deber moral para con el chelo-, que se atrevía a tocar su Stradivarius -viajó con ella más de sesenta mil kilómetros- con un vestido blanco cubierto de ilustraciones de bicicletas y un collar de perlas, inmersa en un universo de ataques pseudo-epilépticos, que destilaba genio en cada semitono, que a los veinte años interpretaba la pieza de madurez de Elgar sin partitura, que era un músico de verdad, hasta tal punto que, como dijo su compañero Daniel Baremboim: somos músicos hasta tal extremo, para bien o para mal, que en vez de darnos las buenas noches tocamos Brahms.
Ser chelista es ser Jacqueline Du Pré o nada, y yo no lo soy, así que creo que seguiré escondida por aquí, jugando en el silencio de la escritura, olvidando ese camino bifurcado. ¿Cuál es el tuyo?

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Mi cuarto bocabajo parece otra persona.
Después de pensar eso era inevitable que, al releer un poco los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire, me fijara en el texto La habitación desdoblada o, mejor dicho, en el primer párrafo, que para mí es lo mejor del texto porque resulta completo en sí mismo; y me he puesto a imaginar qué hubiera sucedido si Charles Baudelaire hubiese nacido en nuestra época: ¿le habría interesado, de forma paralela a su obra literaria, irrumpir -magistralmente- en la blogosfera?

Prototipo del posible blog de Baudelaire:

prototipo...

(imagen de mayor tamaño, aquí).

Hojeando Pequeños poemas en prosa desde este punto de vista, la yuxtaposición de sus textos, cierta homogeneidad en la intimidad del tono, la manera camaleónica de escoger temática, el afán de fotografiar la realidad, el gusto por encontrar un título que se adecúe al contenido anunciando y demorando al mismo tiempo, me ha recordado algunos de los blogs mejor planteados que he leído. Dice el propio Baudelaire en la Dedicatoria a Arsène Houssaye: “Le envío una órbita de la que no se podría decir sin injusticia que no tiene pies ni cabeza, ya que, por el contrario, todo en ella es a un tiempo pies y cabeza, de forma alternativa y recíproca. Le ruego que considere la admirable comodidad que esto supone para todos: para usted, para mí y para el lector. Podemos interrumpir cuando queramos, yo mi imaginación, usted el manuscrito y el lector su lectura, pues no someto la remisa voluntad de éste al hilo interminable de una intriga innecesaria. Quítele usted una vértebra a esta tortuosa fantasía, y las dos partes podrán volver a unirse sin inconveniente alguno”…

Quiero hacer hincapié en que por supuesto se trata de una fantasía lúdica, evidentemente ni siquiera de una hipótesis o de una teoría…
…¿Pero qué habría grabado Mozart en su reproductor de mp3?…

(Todos los textos provienen de Pequeños poemas en prosa (El spleen de París), Charles Baudelaire, M.E.editores, Madrid, 1997).

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