Archivo de la Categoría “Escribir”


Ballpoint pen parts. Fuente: Wikipedia

Hace frío sobre la piedra. El sol, blanco, se sumerge en las lagunas de un cielo versión amanecer, pero ya es mediodía. Nunca tengo tiempo de sentarme a escribir en un lugar extraño y ajeno; y no tengo todos los días la oportunidad de escribirlo todo a mano: en el universo plástico y aséptico en el que vivimos, solemos tener siempre más a mano un teclado que una pluma.

Sin embargo, la escritura es terapéutica. Hay que caligrafiarse a diario. Cada gesto desahoga de una tristeza, tristezas que volverán en la línea siguiente, pero con otra luz y una nueva intensidad. No tengo tiempo pero aún así estoy deslizando alternativamente un bolígrafo Papermate conformate, y deleitándome en su trayectoria líquida de nenúfar sin raíces, sintiendo cómo la idea atraviesa el cuerpo y se desliza en la tinta como un humor; la mano escribe unida a la pluma como si fuesen uno.

El bolígrafo contiene piezas fijas y muelles, y este simple hecho lo convierte en una máquina equiparable a grandes inventos como el Tiempo -digo, el reloj-; pero en realidad, la anatomía de un bolígrafo se encuentra en su reflejo holográfico: la letra. Me dejo llevar por la caligrafía, que me reconoce en antiguas letras y signos, y me ve renacer en las nuevas; aquella δ que adopté en una prematura primera juventud, las alargadas l que aspiran a convertirse en vapor de tren y las lluvias de estrellas de la g que atraviesan verticalmente el papel, junto con alguna j -con premiso de Juan Ramón- y variadas f, el punto y coma con las alas replegadas -de perfil-, la h indecisa vestida de n, esas m que se alargan hasta el infinito -gírese la letra noventa grados-, vocales que trazan tierras a las que asirse, el • que sustituye a conciencia algunos acentos, imitando lúdicamente las minúsculas cejas circulares que se pintan en el rostro sin máscara de actores del teatro chino.

Me encuentro en ese espacio entre el papel y la tinta; mi mano, ingrávida y cómplice, juega a deshacerse en la tarea de embellecer con letras monstruosas (al fin y al cabo monstrum viene simplemente de monstrare) el horizonte desnudo y lunar de la página en blanco.

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Árboles en la niebla. Fuente: WikipediaIntenté escribir pero solo había caos, palabras inconexas que se esparcían en hilos fuera de mi boca, que viajaban en el aire y se enredaban en mi pelo.

Escribí una docena de palabras sobre el desasosiego y una oda triste al invierno pero desaparecieron en el blanco de la página.

Intenté escribir pero el claroscuro de mi habitación se volvió intermitente, hasta que mi sombra dejó de transparentarse en azul para volverse blanca y negra, como sumergida, líquida y fotográfica, en una pantalla primeriza y muda que retrata la intimidad de una ciudad devastada por la guerra.

Intenté escribir para poder quedarme despierta en la noche un rato más, pero las frases se expandieron, henchidas de lluvia, la lluvia que había escrito; entre las fauces y los besos de las palabras, fui absorbida por mi silencio.

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