Perdona que hable de tu cuerpo, perdona que recuerde lo que no ha sido, que me cueste olvidar el cuello y la nuca que tanto he besado en sueños, que me atraiga la fuerza gravitatoria de tus pasos e imagine tu fuerza delicada de universo envolvente, que haya confundido tu ropa con tu piel y tu voz con abrazos, que todavía te presienta y te adivine, que me haya deslizado, trágica y onírica, por el camino de mirar tus labios como una melómana, que me haga preguntas sobre lo vertical, lo horizontal y lo oblicuo, que haya aspirado ebria y difusa tu olor a tabaco y a sueño, que la retórica me falle, que me atreva a leerte en lo que no haces con palabras y que me haya sumergido en tus ojos como en una laguna dorada; pero es que el tacto que nunca ha sido realmente palpado permanece preso en un lugar entre la tibieza de la ficción y la verdad del deseo, y allí, descansando entre lo físico y lo intangible, entre el aliento de la palabra y la calidez del recuerdo de la proximidad, es más difícil olvidar.
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2007
Antes de dormirmeEscrito por: Florie en antes de dormir, caleidoscopio, fantasma luminoso, ideografía, memoriasHace tiempo pensé que es posible que el mundo me esté escribiendo con la mano izquierda -con la mano diestra si al final resulta que soy zurda-. Al mismo tiempo penetro el camino de losas amarillas. Sabiendo o creyendo que soy la misma que en la infancia, es decir que no ha cambiado el tono de mi voz interior, me pregunto qué abrecartas hiriente está abriendo en canal mis páginas blancas. Me pregunto cómo los días me atraviesan en las mil direcciones cardinales y cómo las horas se convierten en horas, la razón en madurez. Me pregunto por Lu Ji, que camina por bosques de literatura. Todos los versos se cruzan en mi mente dando lugar a hijos híbridos de poesía y luz diurna -la luz artificial es otra, es la que matizo, la que puedo tocar, la que resplandece en mi pantalla-. Elijo cuidadosamente un vestido azul oscuro, aunque mañana me pondré otra cosa, porque por encima de la ropa estaré desnuda y cuando me dé la luz seré transparente. Leo las palabras que me hablan a mí y también las que no me hablan, las que creo que me hablan y sí lo hacen y las que creo que me hablan pero no. Me pregunto si lloverá mañana, si volverá a gustarme el viento, que empieza poéticamente y termina como un hálito de despedida. Despedida efímera que salva la meteorología, amaré la lluvia mañana también. Me pregunto cómo lograré atravesar los días con mis accesos de somnámbula selectiva. Me pregunto por el destino de mi palabra dicha, la que descansa en la piel desde hace meses y se renueva en silencio. Y cómo es que teniendo el cerebro en juego lo único que me importa es mi corazón. La sensación fue como un huracán que arrasó con todo. Estaba tranquilamente sentada en el ordenador y, súbitamente, mis libros caían al suelo, atraídos por la gravedad que respondía a algún impulso que los había levantado hacia el techo que se quebraba, de forma tan fugaz que ni siquiera me había dado cuenta. Me pregunté si estaba muerta. Tenía pulso, pero eso era muy relativo. El huracán siguió arransando con todo, plegando como cartas íntimas en sobres lacrados todos los edificios de la ciudad, los edificios que seguían existiendo tan solo unos minutos antes, todos los lugares que amaba. El dolor debía ser fuerte porque apenas era perceptible; mi cuerpo se había convertido en una balsa a la deriva entre sus propias orillas. Hasta que desaparecí; entonces comencé a sentirlo, porque ya no quedaba nada de mí salvo una silueta, un rostro, un vestido de lana y frío. Todo lo demás era dolor y no había otra manera de nombrarlo. Tormento, suplicio, angustia, eran consecuencias o causas, pero sólo el dolor era dolor. Si hubiese nacido china, podría sentirlo en una mayor gama cromática: 楚 疼 病 辛 痛 疼痛 酸痛 隐衷 心酸 头痛 痛痒y sobre todo 浑身酸痛. Pero si hubiese nacido china no estaría aquí -quizás, cuestión de estadística- sin saber si estaba muerta o viva, en un dormitorio que ya no tenía techo sino harapos de arquitectura declinando sobre mi cabeza, que no tenía cama sino insomnio con dosel de estrellas, sintiendo cómo el huracán me deshacía y deshacía mis libros. Intacta, mi memoria reciente. Intacta, y redundante, mi memoria. Cerré los ojos, pero era inútil. Las palabras seguían ahí. Abrí los ojos como un recién nacido que ha leído algo sobre la Tierra, miré hacia arriba como Narciso busca en un espejo. Yo no estaba allí, pero mi techo volvía a cubrirme. Faltaba aire -expresión imposible-. Abrí las ventanas de par en par -expresión tópica, pero necesaria-. Al otro lado, mi ciudad se arremolinaba como siempre, como las sabias volutas de una noche de van Gogh; mi tejado me cubría, mi ropa me vestía, y seguía en mi mesa, con las manos abrazadas sobre la madera. Si fuera china el efecto mariposa me habría preparado otro dolor en otro lugar; quizás; me parecía poco probable. Aún así, aún sin poder hacer una comprobación científica, sentí cómo este dolor era inefable, es decir, definitivo. Entonces, dejé de escribir.
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2007
LumièreEscrito por: Florie en Lao Zi, caleidoscopio, fantasma luminoso, literatura china, relatos improvisadosCreía que la luz era aquello que se destilaba líquida y silenciosamente sobre mis persianas a las ocho de la mañana, la hora punzante como una estrella demasiado precisa. Creía que era aquello que matizaba los claroscuros de los muebles, de mis manos tecleando, de mi pensamiento. Pero nada de eso era luz. Sucedió una mañana de octubre, en un marco cotidiano, en un aula miméticamente colegial pero con mesas de hombre. Era el último minuto de clase, y entonces el vendaval asiático, la china albina, se giró hacia mí y me dijo: Florie -acentuando la r francófona-, lee. Me sorprendió -por un instante- porque teóricamente no estoy allí, me manifiesto en ese aula como un fantasma, pero traté de concentrarme en el alfabeto y las combinaciones silábicas problemáticas que podrían hacerme tropezar en la lectura. Empecé a leer, tranquila; era Lao Zi. El Dao estaba siendo nombrado bajo la prohibición de ser nombrado; su pureza, su existencia, estaba en juego. El dao que puede expresarse, no es el dao permanente y de pronto me acordé de Shakespeare. Mientras me adentraba en la épica del universo metafísico taoísta, sentí súbitamente una ráfaga de luz, una luz que emergía cálida pero intensa, un cúmulo de partículas invisibles pero increíblemente luminiscentes, deteniéndose sobre mi rostro, que se había convertido en un óvalo tangible y blanco como un cuadrante de luna. Dudé un segundo, porque estaba inclinada en dirección opuesta a la ventana y, entonces, comprendí. Aún conservo nítido el recuerdo de la luz: casi podía tocarla. “Lo sabía mientras sucedía, mientras el calor yuxtapuesto de sus cuerpos evolucionaba mal abrigado de camino a un lugar que era más tiempo que espacio; sabía ya entonces, de una manera intuitiva e inefable, que cada imagen permanecería grabada en su memoria. La ciudad esperaba el invierno con un traje de verano conservado bajo cristal; en las plazas, las aves levitaban en un murmullo de papel arrugado y sueño, emitiendo un canto de xilófono ingrávido: las aves eran elegancia bajo el cielo azul oscuro; el cielo azul oscuro era paz en el espacio que se albergaba entre su piel y sus pulmones. La ciudad parecía recién construida, la noche le había sacado brillo con extremo cuidado y los pasos caían firmes pero etéreos sobre las filigranas de los suelos urbanos demasiado plateados y limpios como para estar en la misma ciudad que había amanecido horas antes. Caminaron más aprisa, con la palabra templando el aire, constelaciones enteras que se hilaban solas, veloces, palabras conservadas en el frío, iluminando el camino, blancas, intactas y materiales. La ciudad, por un momento, se volvió del revés; de los dobleces de los edificios salieron lobos negros indefensos y espíritus encarnados en gente anónima y pretérita que aparecía súbitamente en la geometría oculta de las calles que se abrían a su paso, enarbolando caras ovaladas y brillantes. Caminaron entre ellos como si no estuvieran y luego miraron fugazmente por encima del hombro: las criaturas inquietantes seguían allí, mudas, exhibiendo miradas fijas que trataban de atravesar la ciudad, pero ellos ya estaban lejos y a salvo. La ciudad se desenvolvía, mate como un pergamino, bajo las hojas inmóviles; las hojas silenciosas, que bajo el fulgor eléctrico de la ciudad había sido abandonada por cien mil almas somnolientas que soñaban detrás de las fachadas con lugares diferentes a este que quizás hayan olvidado. Las calles ofrecían tácitamente trenes improvisados en las aceras, asientos cojos que esperaban a ser montados para viajes interestelares, pero llegó una encrucijada, un espejismo entre dos calles, una calle oscura, y entonces las llaves sonaron agriando metálicamente un cerrojo. En cuanto traspasó el umbral, en cuando quedó sumida en la oscuridad y el silencio, el frío yerto de la casa la envolvió como una sábana, y en aquel momento, la ciudad que había estado empezando a existir unos segundos antes se duplicó para cristalizarse en la memoria; ahí fuera, la ciudad de papel, la ciudad perfecta, siguió creciendo.”
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2007
Viajes interestelares en tierra firmeEscrito por: Florie en fantasma luminoso, ficción, universos oblicuos, álbum“Las despedidas Se habían dicho un breve adiós, al que no le faltaban letras pero sí aire para que quedase pronunciado de verdad, y cuando se encaminó ciudad abajo sintió durante mucho tiempo cómo una mirada doraba su nuca en aquel mediodía de negra tormenta; pero no se giró. Con la ropa, los huesos, los órganos y la memoria empapados, llegó hasta el andén, que era un puerto, que era una quimera, porque no quería marcharse. El tren empezó a oscilar linealmente, a la velocidad de la luz, y se sintió súbitamente aislada de la esfera terrestre. Estaba ya demasiado lejos. Se asomó por la ventanilla, esperando ver algo que le dijese dónde se encontraba, temiendo leer Venus, Orión o Sidney, pero no, el primer cartel que pudo leer desde el tren decía Viena 12 kilómetros, y la distancia
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