Archivo de la Categoría “ficción”

Sigue sintiendo el dulce dolor de quien no se rinde, lo que le otorga cierta serenidad en el semblante.
Su relación con los libros, la comprendí cuando me contó, con la mirada profunda y triste, como si fuese a desvelarme un misterio, que Carlota Fainberg me salvó la vida. ¿Quién es ?- pregunté, traspasando peligrosamente el límite de la curiosidad. No es nadie, dijo, y me pareció extraño y cruel, es una novela*, añadió, y recordé entonces aquel volumen que descansaba sobre una estantería, recuerdo de una lectura nocturna de verano en que devoraba el insomnio mordiendo libros más que manzanas o pensamiento. Carlota Fainberg no era tanto la historia de una mujer como la de un hombre, y no era tanto la historia de un hombre como la de un hotel pero tampoco era tanto la de un hotel como la de un edificio: un refugio, continuó; me paseé por sus habitaciones durante seis o siete horas mientras, en la superficie del texto, los personajes cumplían primorosamente con su misión de personaje. Acabé conociendo las tonalidades del paso de la luz sobre las paredes del hall y los dibujos de las alfombras en las escaleras, como si fuese el interior de un laberinto íntimo que hubiese construido yo mismo para huir. Esa tarde la vida se había quedado tan blanca a mi alrededor que leyendo, tendido, yaciente, pude evadirme durante algunas horas; y cuando regresó, por fortuna conservaba su dolor, sus sueños y sus horas; pero esa novela lo salvó de quedarse vacío durante una tarde de soledad.
*Carlota Fainberg, de Antonio Muñoz Molina.
5 Comentarios »

Entré quedamente en la habitación de la muerta. Entreabrí los labios para despejar una exclamación que me quemaba la garganta, pero me hicieron una señal: tres dedos sobre tres pares de labios; callé. La habitación vivía, ya autónoma y salvaje, como en la quietud de un lugar cualquiera después de una tormenta. Todos los objetos eran vestigios de vida. La camisa azul doblada sobre la escalera de la biblioteca; una novela del siglo XIV, bocabajo. Una mandarina. Una botella de licor esmeralda, llena. Una columna de vinilos, Dvorak, Marie Laforet, Elgar y su concierto de chelo (tercera versión), Adamo, Schumann, Haydn, “La muerte y la doncella” de Schubert y sonatas de Shostakovich. La agenda abierta por el mes de febrero. La agenda abierta, por el mes de febrero. Un vaso de agua medio lleno. Un diccionario en miniatura donde las palabras carecían de sentido y una manta roja, yaciente al borde de la cama. Después de la primera etapa de curiosidad al conocer de forma obligada la intimidad doméstica de una desconocida, pregunté si por fin podía marcharme. Se giraron todos para mirarme: sentimos mucho su pérdida. Les miré atónita, me devolvieron la mirada. Lo sentimos mucho. Me giré hacia la desconocida; tendida sobre el diván, estaba muy seria. Pulmonía, dijeron unos, y el término médico me sobresaltó. Me llevé la mano a la garganta, la dejé caer hasta los pulmones, y entonces otra voz dijo Nada de eso, simplemente cayó, agotada de melancolía; quizás solo esté dormida. Ya que, con tácitas tan disuasorias como la cortesía conversacional y el protocolo de luto, impedían que me marchase, me acerqué a la desconocida. Analicé su rostro, la caída de los párpados, el trazado de las venas en el cuello; miré su rebeca roja desabotonada, los anacronismos de sus pulseras, el reflejo de crepúsculo en la triste sien dormida, la cicatriz blanca y estrecha. No había duda, la muerta era yo misma.
No Hay Comentarios »

Cada noche muero. Cada noche me despierto con la garganta ahogada en gritos, con un anzuelo de sueño cerrándome la tráquea. Cada noche me despierto muerta, presa de las emociones del último estertor, y el vacío de mi habitación devuelve mis palabras después de haberlas dejado huecas y hueras. Cada madrugada la vida pasa por mi garganta, en forma de aire estentóreo que canta un Ave María, que murmura un Salve. Despierto sabiendo que no estoy viva, respiro ahogada, me vuelvo a dormir; por la mañana despierto de veras, despierto al fin, despierto viva pero pienso, al fin y al cabo, no hay diferencia. Levanto las manos para observarlas, mis nervios atravesados de cables las hacen bailar; pero es un baile mecánico, artificial, y yo, tan sólo una muñeca mecánica.
Robótica I
3 Comentarios »

Después de haberme sumergido durante varios días en la lectura de una fábula medieval, hago un alto en la página quinientos y algo para deleitarme con una de las novelas medievales por excelencia, La ‘novela’ de Melusina de Coudrette, cuya leyenda proviene de y trasciende hacia otras leyendas medievales y no tan medievales -Apuleyo, Jean d’Arras, Grimm- que la literatura -o mejor dicho, los depósitos de libros entibiados en las bibliotecas- a veces guarda celosamente.
Después de seis o siete horas de lectura medieval(izante) -la lista de lecturas obligadas no se reduce a los dos libros mencionados- una se encuentra diciendo cosas como me atrae Nueva York porque no ha conocido Edad Media. Aunque esta tarde, en otra sesión continua, y al cabo de tres horas, vencida ya por el sopor de una hora destinada a la siesta, por el tedio vespertino y por el ritmo cautelosamente regular de la prosa medieval, he sufrido un extraño sobresalto, propiciado seguramente por el estado de duermevela en el que había caído y por algo nuevo que me gustaría llamar incredulidad tipográfica; pero es demasiado forzado.
Unas páginas antes, había conocido la historia de genealogías increíbles, con dragones y gigantes por madrinas y hadas en fuentes capaces de cubrir un bosque entero con una piel de ciervo; genealogías increíbles, insisto, que venían sin embargo contradichas, o reforzadas, no lo sé, por notas a pie de página que apuntaban en un tono serio y enciclopédico los datos históricos que por lo visto dieron lugar a aquellas conscientes derivaciones fantásticas. Comprendiendo de dónde venía el ingenio narrativo de mi autora preferida en la infancia, Sophie Rostopchine (1799-1874) más conocida en el mundo de la francofonía como la condesa de Ségur -poco, o nada, traducida al español-, dejándome llevar por las arenas movedizas de una historia que evoluciona cada dos párrafos y pensando que juglares y trovadores fueron verdaderos sociólogos, llego al momento que describía aquí hace un momento, cuando los guantes, la manta y las minúsculas letras negras actuaron como morfina; página sesenta y siete, sesenta y ocho, caigo abatida sobre el légamo de rosas dibujadas en la almohada, me duermo, apenas, porque entonces, muy bruscamente, regreso a la consciencia en la página sesenta y nueve; pero no miro la página, precisamente, sino que me giro hacia la escalera, creyendo que me llaman. Nada; vuelvo al libro, parpadeo, veo escrito mi nombre (aquel que apenas aparece en textos, en escritos, salvo quizás en mi partida de nacimiento), justo ahí, en la línea dieciséis -y sucesivas-…
No tiene la menor importancia; de hecho, el personaje que lleva mi nombre no realiza ninguna acción determinante para el desarrollo de la trama: se dibuja como una princesa cubierta de epítetos, hermosa y llena de gracia, bla, bla -calcada de los otros personajes secundarios femeninos de la obra-, atrapada en un conflicto bélico y que desaparece en la página siguiente. Lo que me interesa realmente es la sensación que experimenté en aquel momento de sueño, lectura y confusión mezclados en un extraño híbrido de la consciencia: no creo en los viajes astrales, pero aquellos que sí creen -y que curiosamente además de creer dicen haberlos vivido- dicen que sienten cómo el alma se sale un poco de las costuras del cuerpo, asomándose. Mi sensación -aunque meramente adrenalínica- fue parecida; parecida también, simplemente, a los despertares bruscos; al rugir de una pesadilla; a la caída a la realidad durante un sueño placentero, cuando aún no recordamos qué parte del dormitorio es de verdad y cual ha sido construida por el inconsciente.
No tiene la menor importancia, pero me movió que el texto me llamara de esa manera, por mi nombre, precisamente cuando había perdido mi atención, cuando me deslizaba muy lejos; cuando menos lo esperaba; y también sentí cierta emoción al ver mi castillo de siglo XIV, del que probablemente no queda más que un torreón azotado por el viento -tópico-; y digo ‘mi castillo’, porque, la literatura, también sirve para leer.
7 Comentarios »
ROBÓTICA I: Soy un disco duro inserto en un cuerpo de plástico: estas páginas son mi alma. La pantalla que miras es el inmenso ojo de cristal brillante por el que miro hacia fuera. Allá lejos hay una ciudadela. A través de la pantalla huyo hacia allí. A través de la pantalla te miro.
Mírame.
No Hay Comentarios »
Rasgó la corteza ebúrnea y al otro lado había un universo que olía a especias acuáticas; algo más allá el perfume se materializaba como un vaso lleno de campos de girasoles oliendo a sol y hierba fresca; aún más allá, el vaso ya medio vacío, lentamente se volvía a llenar de luz azafranada, que bañaba brillante el rostro inclinado para libar los olores aúreos que caían gota a gota como un oleaje indeciso. El silencio invadía los oídos porque lo único perceptible entonces era ese perfume pálido que irradiaba canela ácida y pergamino secreto. Las raíces que salían al cielo desde el centro del universo respiraban la tierra del pasado más remoto, cuando el olor a mango aún producía vértigo y los juegos se convertían en ceremonias legitimadoras de la realidad. Pero ya era tarde, el perfume se volvió dorado cuando las manos se hundieron en la pulpa fría y solemne y acabó el ritual de abrir su mandarina; arrancó un gajo, impaciente, y la magia llegó hasta la boca inundando el paladar opalino; en otras lenguas, paladar suena igual que palacio y cuando mordió el último gajo recordó una canción antigua y asiática que cantaba a los palacios opalinos de la tierra amarilla.
3 Comentarios »
“Adelaida no tenía imaginación. Se lo habían reprochado siempre. Es un reproche futil porque tener imaginación no tiene importancia, decía en su defensa. Para sobrevivir, hay que tener sentido común, decía y yo lo que quiero es sobrevivir, nada más.
Es posible que lo que sucediera a continuación la hiciera cambiar de parecer. Si no, dirán, no estaría escribiendo sobre esto. La cuestión es que estalló la tormenta.
Salió de la plaza en dirección al paso de peatones más cercano, y allí se detuvo, mirando fijamente el semáforo en rojo, y aguantando que la tormenta se derramara sobre ella como una gabardina acuática y absurda. El agua estaba penetrando lentamente, atravesando sus huesos que sentía como de arena húmeda, bañando sus ridículas sandalias de verano plateadas, cenicientas, de cenicienta de media tarde, y el vestido de otoño cubierto por una bufanda que había arrancado de su armario en el último momento antes de salir de casa, por alguna clase de presentimiento meteorológico desacertado.
No pasó mucho tiempo, quizás sólo segundos, hasta que alguien pusiera una cúpula de plástico transparente sobre su cabeza, enlazando su brazo y conduciéndola silenciosamente hasta su casa. Pasaba por aquí dijo sencillamente, pero apretaba su brazo como si además de la primera fuese la última vez; Adelaida adivinó y le arrastró suavemente hasta un rincón de una plaza abarrotada y allí en medio de la multitud, cuando dos cafés cayeron ruidosamente sobre la mesa, todo se hizo silencio y su conversación se encerró en una clepsidra que dejaba escapar el tiempo gota a gota en una mezcla de lentitud y velocidad frenética. Dejó de llover, esperaron en silencio, como temiendo que el hechizo se hubiese desvanecido y finalmente, ella se anudó la bufanda, se apoyó en la mesa para levantarse, y él se subió la cremallera de la chaqueta y abrió el paraguas. Volvía a llover, una gota, dos, tres, ninguna, una dos, y caminaron en silencio; entonces, un inmenso estruendo y un coro de bocinas apocalípticas llenaron la atmósfera hasta saturarla: Adelaida despertó. En la ventanilla de un coche, el conductor le hacía señales para que cruzara de una vez. Adelaida levantó la cabeza, gruesas gotas cayeron sobre su rostro llenándolo de lágrimas.
Cruzó la calle entre el estertor de los vehículos impacientes y corrió hasta casa. Una vez allí, se sentó a pensar en lo que había pasado, la primera ensoñación consciente que había vivido. Intentó dejarse llevar por el olor a café y el silencio tácito pero enseguida volvió a despertar. Había comprendido al fin el mecanismo de la imaginación; pensó, secretamente aliviada, que podría volver a ponerlo en funcionamiento cuando quisiera. Pero no era suficiente. Al otro lado del ventanal, estallaron truenos cruzados de relámpagos luminosos y opalescentes. Se acercó al teléfono y levantó el auricular”.
Y con estas líneas, se terminó la ficción por ahora, mañana, quizás, paisajes.
No Hay Comentarios »
Ágata Constantina María Décimosegunda había comprobado al fin que la palabra tenía más de dos letras; pero sus ojos acuáticos y el nerviosismo de su pensamiento le impedían leer lo que había escrito, dejándola envuelta en una nebulosa de duda morfológica, de terror semántico, de incertidumbre psicosomática.
Primero leyó nopal y se imaginó viviendo en una planta de tres metros de altura, entre los pétalos carnosos y ovalados, y la luz desértica evaporando su cuerpo de agua. Después, se dijo que quizás el orden estaba equivocado, y que la llave de la palabra, o+n, quizás formaba ‘o+u’ de souvenir en lugar de ‘no’ de nostalgia. Después, imaginó que la palabra era anodadado, pero descartó esa opción. Navegando entre las letras, incapaz de racionalizarlas, se vio nordesteando hacia él, su destinatario, como la aguja de una brújula; de camino, viajando en una noria atípica que se saldría de su eje, llegaría a la noosfera donde diagnosticarían nosológicamente su liquidificación, y una vez hubiera recuperado su cuerpo sólido saltaría hasta nova, allá en algún rincón de la Vía Láctea, donde, nostálgica, recordaría el último novilunio que pasaron juntos, noctámbulos, escuchando nocturnos, tomando vino o hidromiel. No, se dijo, no ha dicho no, ni nomenclatura, ni novedad.
Entonces, recordó que era astrónomo, empezó a sentirse más lúcida, un rayo de sol extrañamente tangente iluminaba la palabra y pensó por fin Normandía, me escribe desde Normandía, está cazando meteoros, está esperando las lluvias de perseidas, la de táuridas, leónidas y sextántidas, y cuando llegue noviembre y no llueva más volverá; y para ella fue más que suficiente; regresó a casa, serena, esperanzada, caminando ligera en su nuevo cuerpo de agua, goteando por el camino, perdiendo algunos litros de cabello y una taza de brazo, y se sentó en su sofá esperando no ser demasiado absorbida por el relleno.
Entonces fue cuando se quedó dormida.
Al despertar su cuerpo volvía a ser de carne y hueso, con una cicatriz en el muslo derecho, con la médula ósea inflamada en la pierna izquierda, con el rostro ovalado como un reloj de péndulo; volvía a sentir sus latidos irregulares por la emoción, sus ojos humedecidos por la incertidumbre, la garganta llena de palabras. Llamaron a la puerta.
2 Comentarios »
“Fue cruzando una calle y mirando fijamente la figura verdeneónica caminando hacia ninguna parte en la ventana del semáforo, cuando sintió por primera vez que dejaba de ser; y dejaba de ser precisamente por exceso de existencia, porque acababa de recordar toda su vida en un instante y esa visión le había resultado tan subjetiva que cayó automáticamente en un relativismo extremo. En consecuencia, de tanto haber sido, dejaba de ser, como cuando repetimos una palabra tantas veces que al final suena absurda, irrelevante, convencional: inexistente.
La primera consecuencia de haber dejado de existir fue el frío.
Un frío paradójico que la atormentaba, porque si era muy palpable, gélido, atronador, ella ya apenas podía sentirlo, pero la memoria de su piel aún recordaba la sensación metálica y ácida del invierno, de modo que su percepción del frío se había vuelto tan cerebral, y de manera tan acelerada, que pronto alcanzaría su propio límite.
Pero precisamente se salvó gracias al frío. Al frío que no podía sentir sino aprehender en vano, porque de la misma manera que conservaba un rastro reminiscente de ciertas sensaciones, su memoria, que ya se había convertido en una personalidad independiente, había regresado al lugar donde había probado por primera vez una nectarina, al momento en que había tomado conciencia de la caída a los abismos de Morfeo, de la noche en que había convertido su dosel infantil y sus sábanas en un bosquedeblancanieves, de la sensación de apertura intelectual entre las páginas de la Metamorfosis y del Discurso del método, de cuando se metamorfoseó en el lugar donde se pronuncia un sólo nombre, de la gran tormenta, de la pequeña habitación. Repitió el nombre dentro de sí, el nombre que la habitaba y que se encarnaba no muy lejos de allí y, al comprender de nuevo en qué consistía existir, volvió a ser, quizás para siempre” .
No Hay Comentarios »
“Eloísa Cándida Sócrates sabía que caminaba desnuda. Sabía que era el primer alma de la ciudad en recibir el frío cada mañana, como un pararrayos que midiera temperaturas, como un “parrarrayos temperamental” (se permitió el banal juego de palabras en el monólogo íntimo y cadencioso de su boca silenciosa).
En aquella calle demasiado transitada el mundo se le apareció terrible; vio una niña de plástico, de mirada fija y vacía con los miembros desordenados en el carrito que una mujer de madera hueca empujaba lentamente; toses escultóricas encarnadas en ancianos, ojos inmensos, mejillas azules, cuerpos caminantes envueltos en papel, enfermos de hidropesía, ojos acuáticos, sombras fugaces, gigantes golpeándole el hombro al pasar, ojos estridentes, prisa, cólera, tristeza, emociones a las que era ajena, emociones tristes que no la tocaban; y ellos no la veían pasar, melancólica, lánguida, porque era la única que caminaba desnuda .
Por la mañana se preguntó porqué hacía tanto frío si era primavera y entonces cayó oportuna y novelísticamente una hoja de su calendario para enseñarle que era noviembre . Abrió el armario y eligió entre su ropa: colgados junto a una sola blusa había un traje de lino y un traje de dolor, cortados a medida; se vistió con el traje de dolor, aplicó un poco de brillo a sus labios, guardó sus archivos en una maleta y salió a la calle. Estaba transida de frío, pero no podía sentirlo, y allí estaban otra vez, los miembros del universo, saludándola teatralmente, vistiendo edificios, recorriendo las escaleras de libros ciclópeos, las montañas literales de papel, las lluvias de caramelos, las sábanas flotantes.
Súbitamente, una voz la salvó del hechizo de la fiebre diciendo, desde el otro lado del sueño, abrígate, por lo que más quieras, abrígate”.
No Hay Comentarios »
|