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Y mientras los árboles se abrían sobre mí como arañas, entre sus encajes de ramas y claroscuro el sol caía sobre la ciudad como una lluvia de cristales benignos.

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árbol plateado -marca sin identificar-. 20/02/08

Porqué lloras, dicen como Machado, si el amor te esperará seguramente en algún lugar entre los álamos dorados. Álamo, pópulus tremuloides, populus albus. Pero los nombres latinos enfurecen a los árboles, así que este se llamará simplemente Árbol plateado en la plaza de la Concordia.

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Copo de nieve. Fuente: Wikipedia

Basta de esta brisa cálida que mece el pensamiento en los caminos: que haya tormenta, que llueva, que grele, que el digno invierno se rebele contra esta incipiente primavera para impedir su llegada.
La primavera se viste de encaje para tener su lugar en todos los salones; la primavera atormenta con su luz intrascendente. No, que este año no haya primavera sino un largo invierno de seis meses, y después, de la noche a la mañana, el estío.

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Rasgó la corteza ebúrnea y al otro lado había un universo que olía a especias acuáticas; algo más allá el perfume se materializaba como un vaso lleno de campos de girasoles oliendo a sol y hierba fresca; aún más allá, el vaso ya medio vacío, lentamente se volvía a llenar de luz azafranada, que bañaba brillante el rostro inclinado para libar los olores aúreos que caían gota a gota como un oleaje indeciso. El silencio invadía los oídos porque lo único perceptible entonces era ese perfume pálido que irradiaba canela ácida y pergamino secreto. Las raíces que salían al cielo desde el centro del universo respiraban la tierra del pasado más remoto, cuando el olor a mango aún producía vértigo y los juegos se convertían en ceremonias legitimadoras de la realidad. Pero ya era tarde, el perfume se volvió dorado cuando las manos se hundieron en la pulpa fría y solemne y acabó el ritual de abrir su mandarina; arrancó un gajo, impaciente, y la magia llegó hasta la boca inundando el paladar opalino; en otras lenguas, paladar suena igual que palacio y cuando mordió el último gajo recordó una canción antigua y asiática que cantaba a los palacios opalinos de la tierra amarilla.

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Él llega con una mochila cargada de libros, de tuppers, de corbatas, y ella con un bolsito elegante donde poner su barra de labios. Yo, híbrida entre el uno y la otra, con mi mochila llena de ordenadores, cables, libros y barras de labios. Son mis amigos por separado, y hoy, uniendo lo uno y lo diverso, han venido a verme al mismo tiempo. Están sentados a la mesa y observo cómo se envían y reenvían frases, réplicas, guiños y brillos. Imagino que mientras me levanto a por café se invitan torpemente a verse un rato una noche. Imagino que mientras les hablo de las clases, de mis cuitas con el chelo y las lecturas obligatorias, están mirándose de reojo para ver si esa mirada es recíproca. Me lo imagino, preimagino y postimagino, si eso puede existir, porque me gustaría poder decirles que se complementan, porque anhelaba este almuerzo para poder observar su encuentro. De hecho, dentro de unos minutos, hablarán y hablarán hasta olvidarme, y yo observaré satisfecha del recorrido del satélite de su palabra de una boca a otra. Tienen puntos en común, descubren, aunque no escuchan la misma música, pero hablan en el mismo tono, igualándose hasta que su conversación se convierte en una onda homogénea que a veces ya no me toca; he pasado a ser un mero testigo y contemplo extática mi obra, mi obra, me repito irónica, porque en el fondo es una quimera, es algo que sólo podía haberles sucedido hace cuatro o cinco años, porque ahora él está esperando a su musa fugitiva que ha huido por un tiempo a tierras del norte, y ella sigue en sus ensoñaciones principescas la mirada fija en su móvil esperando que otro la llame. Cada uno está pendiente de su propio/a A., la inicial que les quita el sueño, y generalmente de lunes a viernes me piden consejo a ese respecto, y les animo a luchar. De todas formas, por aquel tiempo que nunca fue, por el momento pretérito en que pude haberlos presentado pero no pudo ser, les pregunto, bueno, qué os ha parecido el encuentro, ¿será el comienzo de una amistad?, y me contestan al unísono, pero si ya nos conocíamos

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Fuente: wikipedia
¿Nitidez fotográfica o impresionismo? La crítica ha clasificado a Gustave Caillebotte (s.XIX) como pintor impresionista, también debido a que participó en exposiciones de los pintores impresionistas, de los que también fue mecenas; ¿qué opinan de su pincelada?
…Pincelada a pincelada o en un acceso tormentoso, quiero un poco de lluvia en la ciudad, monotonía de lluvia en los cristales*. ¿Porqué todos corren a guarecerse -cosa que también hago a veces, aunque sea por el recuerdo decimonónico de una neumonía- cuando llueve, si el refugio es la propia lluvia? (pregunta retórica).
La lluvia es como un inmenso grito gradual y sutil. Algo que parece brotar de los mismos pulmones. Aprovechando el impulso de grito que ya sube y sube hasta nuestras gargantas, la lluvia se convierte en una novela, en evasión, en andén, en dimensión paralela. Transfigura nuestros espejos y nuestros muebles, la luz de nuestras habitaciones y el claroscuro: el volúmen, la densidad de las cosas, el paso del tiempo.
Dijo en una ocasión el teórico literario R. Barthes: “¿Las palabras, qué son? La lluvia dirá más al respecto”: teórico literario y, sin embargo, estas palabras no las ha recogido de sus lecturas literarias sino de su trabajo de documentación en la palabra espontánea de los genios no literarios: Schubert dixit.
Siempre que un genio de la música ha hablado de la palabra, lo ha hecho desde un prisma absolutamente diferente al que usamos el resto de los mortales; y si todos, saturados de silencio, podemos escuchar la lluvia como una cadencia rítmica, es decir, como una forma de música, me pregunto -y les pregunto- si los músicos, colmados de música, escuchan la lluvia como una forma de silencio…

*(A. Machado. )

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Con las manos peligrosamente perfumadas al cloro -ya se sabe, las alergias no se piden por catálogo, surgen y ya está- evoluciono alrededor de la piscina contorsionándome hasta encontrar la perspectiva más rara. Salta el flash, y ya está. Mi cámara de carrete tradicional recién rescatada del olvido envuelve de misterio la imagen que hace un segundo era un fragmento más de la realidad. Algún día revelaré estas fotografías y para entonces su claroscuro me será extraño y desconocido.
La memoria es tan misteriosa como el agua.

En aquella manifestación doméstica, el agua era una inmensa mancha azul, tan azul que parecía artificial, y a medida que la tarde caía sobre la superficie líquida, se iba densificando hasta parecer tinta china. Pero el movimiento ondulatorio seguía su ritmo cardíaco incansablemente, oscilando entre la compacidad plástica y la fluida ingravidez: el agua que observas durante toda la tarde deja de ser una masa acuática y trivial y se convierte en un ente barroco y semivivo, en un frankenstein paradójico de la belleza sencilla, hipnótica hasta el infinito.

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…enlazando con el tema al que espero volver más adelante, cito a Edgar Allan Poe : “No hay belleza exquisita -dice Bacon, lord Verulam- hablando con certidumbre de todas las formas y genera de belleza, sin algo de extraño en las proporciones”. Shklovski se lamentó, ya a principios del siglo XX, del cariz que estaban tomando las cosas: afirmaba que el arte debía renacer de la conciencia de que cuando un objeto acaba siendo repetido en serie, gracias a la máquina, había que dar un giro completo y renovarse o morir: salvar la realidad de la imagen que proyecta, una imagen poblada por el Objeto, y transformarla a través del arte. En resumen, había que lograr que lo banal se volviese extraño, diferente, nuevo.
Algunos tomaron ideas semejantes a la llamada teoría del extrañamiento al pie de la letra y jugaron con las proporciones como único canalizador de su mensaje, como por ejemplo Claes Oldenberg, uno de los artistas de pop art.

Curiosamente, en los años 60 -y finales de los 50-, la respuesta a la saturación del impresionismo abstracto, que a su vez se oponía al figurativismo inmediatamente anterior, fue un consciente e irónico serialismo: se replica a la reproducción masiva de objetos mediante una obra que reproduce masivamente objetos e iconos en el interior del lienzo -véase uno de los retratos de Marilyn Monroe por Andy Warhol-.
Por otra parte, la obra de arte debía ser accesible a las masas, y reproducir sus intereses, al igual que los productos que anunciaba la televisión: intereses impuestos, apuntaban, por el capitalismo y sistema comercial, la oferta y la demanda subliminalmente controladas, etc; por lo tanto, el pop art reproduce silenciosamente el paisaje de ese mundo dominado por la urbe, la pantalla, el cómic y sobre todo la publicidad.
En un mundo en que todo puede ser reproducido en una litografía, en un poster, en un estudio televisivo, y luego comprado en un supermercado, en una tienda de discos o visto a través de puestos de televisión repartidos en los hogares, en un mundo en que los medios audiovisuales acaparan la atención por encima del arte –como sucedió, en principio, en el XIX con el nacimiento de la fotografía, hacia 1816, de la mano de Nicéphore Niepce-, el pop art pretende, siguiéndole el juego, devolver cierto brillo a aquello que, por uso, lo ha perdido: “Lo que caracteriza el pop art, es ante todo el uso que ha hecho de aquello que ha sido desvalorizado”. , Roy Lichtenstein.

Antes que llamarse arte pop –porque representa objetos populares, sacados de una cotidianidad aparentemente banal, como si Andy Wahrol fuese el Jan Vermeer del siglo XX-, se había acuñado el término de New-dadaism, no en vano, puesto que un contexto histórico-social en que se produce cierta banalización del motivo artístico, les incita a tratar de salvar el arte, al que se estaba acusando de inutilidad, (Ionesco decía que de todos modos no podríamos prescindir del arte, aunque fuese completamente inútil) mediante la única contrapartida posible: la revalorización del objeto cotidiano.
Si el dadaísmo es una de las fuentes de las que bebe el pop art,, en su materialización no hay un solo artista adscrito a este movimiento que no sea original respecto de los otros: compárese la lata de sopa Campbell con el retrato-estilo cómic de Lichtenstein, o los objetos desmesurados de Oldenberg: la técnica utilizada y la imagen resultante son diferentes en cada caso.

Sería interesante encontrar casos declarados de pop art en literatura –y si encuentran ejemplos, no duden en dejar constancia de ello para que podamos comentarlo entre todos.
Una pequeña anécdota, existe un capítulo de Los Simpson titulado ‘Mom and pop art’, que no recuerdo, pero he leído algunas críticas favorables a este repaso -homenaje y parodia- que Matt Groening y su equipo hacen sobre pop art. Homer tiene alucionaciones con latas de sopas Campbell, y el propio Andy Warhol hace su aparición. Si tienen ocasión de volver a verlo (décima temporada), no se lo pierdan…

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