Archivo de la Categoría “geografía doméstica”


No sé dónde he oído últimamente eso de tengo tanto frío y tanta hambre que podría llorar: el cuerpo y el clima moldeando las emociones. Hay estados anímicos que no pueden ser nombrados con los términos consensuados tradicionales, por ejemplo, el Adagio de Albinoni no es una pieza de música clásica sino un estado de ánimo dispuesto en otro formato, al igual que el preludio a las Suite de Bach.
Hoy llueve, creo que ayer también llovía, lo que sucede es que por alguna razón ayer apenas tuvo importancia. Pero hoy, Llueve literal y anímicamente, es decir que hace un tiempo para envolverse en sensaciones y prendas que abriguen. Es un día para desviarme de mi camino habitual y dirigir mi vestido de primavera, cubierto con un abrigo de lana húmedo de tormenta, hasta tu casa. Entrar en silencio, sentir tu casto beso en mi mejilla porque tu familia anda observándonos discretamente. Sentarme en el sofá, oír cómo la lluvia arremete contra el tejado. Me deshago del abrigo acuático sobre el radiador, tú me dejas un jersey, me está grande, me apoyo un poco contra tu hombro y, mientras te entretienes en una conversación de sobremesa, oigo las vibraciones de tu voz y la atmósfera sonora y cambiante de la televisión; y tú me acompañas, duermes despierto.
Pero no hay ningún ; regreso a casa, me siento en el sofá con el abrigo puesto y contemplo, entre quimérica, risueña y triste, el terrible vacío en el hueco de mi habitación.

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Through the looking glass. Fuente: wikipedia

Por alguna extraña razón, si hubiese sabido que la palabra escritorio provenía del latín scriptorium me habría parecido más un objeto mágico que una simple mesa. En todo caso, era un objeto imprescindible: no se podía respirar en una habitación sin un lugar donde sentarse a garabatear lo que fuera. No es que no siga pensando lo mismo, pero ahora me basta un alféizar, una despensa, una escalera, un cuaderno en el vacío, un teclado tomado prestado o el propio silencio selectivo de la mente: hoy, cualquier superficie es buena para escribir.

Por alguna extraña razón, si en mi niñez hubiese sabido que escritorio en otros idiomas venía íntimamente unido a la palabra secreto (por ejemplo secrétaire, que en francés denomina un escritorio con compartimentos privados), me habría parecido más un refugio que un lugar donde detener el tiempo. Mi escritorio fue durante muchos años un mueble enano y manierista, de madera clara, con una pátina dorada en algunos rincones -dada por un ebanista demasiado generoso, o demasiado creativo-. La mezcla de olor a nuevo y aspecto arcaizante chocaba sin duda, al menos los primeros diez años…; pero crecí en la anatomía de ese escritorio y el escritorio crecía conmigo. Se ensuciaba de tinta y de grafito; se giraba hacia la ventana, donde podía oler el mar.

Delante del escritorio no había una pared opaca, ni una fotografía inmóvil, sino la superficie acuática de un espejo y, por lo tanto, la evolución voluble de las luces y las sombras sobre la geografía inquieta de los otros muebles. Me vi crecer año tras año -día tras día- porque mi padre había colocado uno de esos artilugios especulares frente al escritorio. Me pregunté durante largo tiempo si lo había hecho para ampliar el espacio visual de la habitación o simplemente porque esa porcelana blanquecina y retorcida iba bien con el ambiente frío del invierno marino. No pensé hasta muchos años más tarde que quizás él no supiera que para mí era un escritorio: por eso adornaría la mesa de utilidad, como se hace con una cómoda de tocador.

Me acostumbré a escribir al otro lado del espejo, en esa habitación del revés que me devolvía, impertérrita, mi reflejo, hora tras hora. Lo importante era llenar cuadernos (léase empezar) con apresurada caligrafía.

Cualquier superficie es buena para escribir. Pero hace quince años, el escritorio me parecía un símbolo o, incluso, una promesa.

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Manzanas... Fuente: wikipedia
Allá en la prehistoria sucedieron los años 80, que recuerdo por el claroscuro regular de la persiana proyectándose sobre la madera cálida y sonora del suelo de la sala, por las tardes de miércoles y por las consonantes que se agolpaban en mi paladar para aprender a decir las primeras palabras.

Recuerdo también los almuerzos esporádicos en la mesilla del salón, ovalada, cristalina como una fuente: cubría de transparencia una estatua inclinada, un personaje de Andersen o un vegetal acuático y, de fondo, la sonoridad opaca de la televisión y de la voz materna explicando el mundo en sordina.

Me pregunto porqué recuerdo esto precisamente ahora ; quizás se deba, de nuevo, al poder de las palabras: he visto pasar en algún texto el término prehistoria, y la imagen de la sala iluminada por las cuatro de la tarde, de los dibujos deambulando algodonosos al otro lado de la pantalla y del vestido que quería llevar hasta el fin de mis días, me ha asaltado bruscamente.

Aunque es una memoria temprana y, de tan pura, nítida y sencilla, no es la primera memoria*.
Antes de eso está la nana de los peces-gato, el sonido del arpa, el tacto insoportable de aquellas sábanas con olor a limpio pero no a suavizante. Está la manzana gigante que, desde la estantería más alta, presumía de llevar un universo en su interior, roja, plástica y oronda–el primer universo inalcanzable-, la sensación bajo los dedos de los surcos minúsculos en los discos de vinilo, el olor de los caramelos con forma de sandía y la intuición inalcanzable del recuerdo primogénito.

Nunca sabré cual es la primera palabra que aprendí en el silencio de la más temprana infancia, ni cuando empecé a recortar objetos en las revistas con la idea de que el papel y la sugerencia de la imagen eran mejores que el plástico, la madera y la evidencia de la forma. Nunca sabré cual fue mi primer pensamiento, aunque probablemente se materializara en forma de olor a abrigo azul, a manzanilla o a alguna de las diez o doce clases de manzana que habitaban la cocina.

Como los recuerdos se agolpan en cadena en mi cerebro, como quiero calmarlos en el silencio de la luz del día, te cedo la palabra. ¿Cuál es tu primer recuerdo?

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Vela. Fuente: wikipedia

Un camino entre los álamos, brisa mezclándose con la niebla… pero no, las mesas, en las celebraciones de invierno, se parecen más bien a un bosque soleado, dorado, fotografiado en plena mañana; porque al igual que tenemos una lista mental de especies imprescindibles, y de otras que jamás conocerán nuestra alacena, hay algo en la decoración de una mesa que regresa siempre a las tradiciones familiares más antiguas (o redundantes).

En mi casa la nochevieja se adereza de burdeos y un dorado que apenas se percibe, porque tratamos de recuperar la mesa de la bisabuela, híbrida de nochebuena, misterio y año nuevo: una imagen fijada y fantástica que ha pasado de generación en generación simplemente por el hecho de ser la primera referencia recordada -y acordada-, como una idealización tácita.

Después vendrá la cantidad precisa de azúcar en los dulces, la forma de los moldes, la rama de canela flotando en el filtro púrpura del té de escaramujo, el rito en los gestos, el silencio cómplice en la cocina y, más tarde, las máscaras y los disfraces. Aquellos que sacamos de los baúles y que lustramos un poco, contando siempre las mismas anécdotas acerca de la tía abuela Ana: el vestido de seda amarilla, talla de avispa, los antifaces, las orejas de gato negro. Objetos metafóricos, prendas que no utilizaremos nunca, pero que sacamos cada año por el placer de contar historias que ya conocemos. Sonando de fondo la caja de música y el recuerdo de la tía abuela que nunca tuvo hijos, que hacía cremas de café y sirope de menta, verde esmeralda, brillante, oloroso, aquella que pasaba las noches leyendo novelas en alemán para luego traducirlas a su lengua materna y a su propio imaginario, y contárselas a los niños por decenas: fue la primera de la familia en tener televisión, allá en los cincuenta, y aún así, junto al aparato negro y apagado, lograba mantener su atención durante horas, como una narradora perfecta disfrazada de cuentacuentos casual: y nuncá podrá contarme su secreto.

En la mesa, junto con el pan de gengibre y la vela suspirando fuego, es imprescindible hablar de los mitos personales de infancias propias, ajenas y adyacentes, contar las historias de siempre, dejarse llevar por la palabra sencilla, que cuenta cosas de la misma manera que sirve un pedazo de pan de azúcar sobre un plato heredado, sin aparente valor.

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Él llega con una mochila cargada de libros, de tuppers, de corbatas, y ella con un bolsito elegante donde poner su barra de labios. Yo, híbrida entre el uno y la otra, con mi mochila llena de ordenadores, cables, libros y barras de labios. Son mis amigos por separado, y hoy, uniendo lo uno y lo diverso, han venido a verme al mismo tiempo. Están sentados a la mesa y observo cómo se envían y reenvían frases, réplicas, guiños y brillos. Imagino que mientras me levanto a por café se invitan torpemente a verse un rato una noche. Imagino que mientras les hablo de las clases, de mis cuitas con el chelo y las lecturas obligatorias, están mirándose de reojo para ver si esa mirada es recíproca. Me lo imagino, preimagino y postimagino, si eso puede existir, porque me gustaría poder decirles que se complementan, porque anhelaba este almuerzo para poder observar su encuentro. De hecho, dentro de unos minutos, hablarán y hablarán hasta olvidarme, y yo observaré satisfecha del recorrido del satélite de su palabra de una boca a otra. Tienen puntos en común, descubren, aunque no escuchan la misma música, pero hablan en el mismo tono, igualándose hasta que su conversación se convierte en una onda homogénea que a veces ya no me toca; he pasado a ser un mero testigo y contemplo extática mi obra, mi obra, me repito irónica, porque en el fondo es una quimera, es algo que sólo podía haberles sucedido hace cuatro o cinco años, porque ahora él está esperando a su musa fugitiva que ha huido por un tiempo a tierras del norte, y ella sigue en sus ensoñaciones principescas la mirada fija en su móvil esperando que otro la llame. Cada uno está pendiente de su propio/a A., la inicial que les quita el sueño, y generalmente de lunes a viernes me piden consejo a ese respecto, y les animo a luchar. De todas formas, por aquel tiempo que nunca fue, por el momento pretérito en que pude haberlos presentado pero no pudo ser, les pregunto, bueno, qué os ha parecido el encuentro, ¿será el comienzo de una amistad?, y me contestan al unísono, pero si ya nos conocíamos

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antigua caja de té de la marca Earl Grey. fuente: wikipedia

Hacía un día gris cuando los Grey se despertaron, todos al mismo tiempo, golpeados en su oneirismo por una inmensa bola de demolición adelantada a su tiempo, que parsimoniosamente demolía la casa verde esmeralda, la misma que hasta aquel preciso instante siempre había coronado la calle. Se levantaron precipitadamente porque la densa tempestad de polvo comenzaba a depositarse sobre los muebles; aunque ya estaban espolvoreados con aquella especie volátil de azúcar glass que desprendía la casa esmeralda al derrumbarse, decidieron cubrirlo todo con sábanas viejas y grises, para evitar males mayores.

La señora Grey miraba su salón, que parecía listo para una mu-danza macabra y decía: El polvo quedaba mucho mejor. Pero ya estaba hecho, y se sentaron a desayunar en la mesa enterrada bajo sábanas viejas; la luz entraba por las comisuras de la persiana, diurna pero casi lunar, y se preguntaron si algún cambio astronómico había operado una metamorfosis sobre su planeta.

Más tarde, la señora Grey hizo un pequeño recorrido por la casa, para comprobar que debajo de las sábanas todo estaba en orden: por la noche tendrían invitados. Sacó de la despensa unas latas de sopa de setas de tono antracita claro y paradójico que hacía destacar la vajilla buena, una fuente llena de ostras frescas, su collar de perlas y su vestido de seda gris.

Mientras tanto, en la sala, el señor Grey ojeaba el periódico hasta que unos rayos de sol atravesaron el tópico del cielo plomizo; el señor Grey se acercó a la ventana y miró cómo las ondulaciones doradas se estremecían contra la corteza plateada de los álamos; detrás de uno de ellos, la casa derruida todavía humeaba polvo y desencanto: una bañera yacía, inclinada como un barco hundiéndose, en el lugar donde hubo una majestuosa entrada; entre los escombros, centenares de destellos de lo que había sido una inmensa lámpara de araña decoraban la atmósfera con destellos grisáceos; hipnotizado por el espectáculo, le dieron las diez. La lengua gris y monótona del reloj de péndulo marcó la última nota, y el timbre sonó. El señor y la señora Grey acudieron a abrir la puerta; los niños, como un enjambre de abejas doradas, salieron precipitadamente de debajo de las mesas y de los muebles altos, donde habían construido universos lunares aprovechando la caída de las sábanas en los cuatro puntos cardinales: cascadas de tela algo traslúcida dispuesta para recibir habitantes y, entre los habitantes, sombras chinescas.

Los invitados invadieron el salón.

-¡El señor Earl Grey! -exclamó Juan Gris a modo de saludo- Su casa parece un cuadro cubista…

Earl Grey miró su salón enlutado de blanco como si fuera la primera vez.

Edgar Allan Poe interrumpió la introspección mobiliaria de su anfitrión: me alegra volver a verle -dijo -después de tantos años.

-Hemos cambiado enormemente-se lamentó el señor Grey-, me pregunto si el señor Elvis Greysley habrá terminado ya su máquina del tiempo…

-Mientras tanto, ‘el cabello gris es el archivo del pasado’-y como Poe tenía cierta razón, se sentaron a la mesa sin añadir nada al momento del reencuentro.

A la hora de los postres, Edgar Allan Poe y Juan Gris tomaron un trozo de tarta de arándanos, sorprendentemente cromáticos en aquel ambiente plomado . Earl Grey se conformó con una taza de café. Juan Gris no podía creerlo: el Earl Grey que conocía nunca había tomado café.

-Ahora que ya no vivimos en nuestra caja de té metálica, sino detrás de esta baldosa, ya no merece la pena-explicó Earl Grey.
-Ya nada tiene sentido -añadió la señora Grey como quien habla del tiempo- y se giró, enternecida, hacia los niños que, ocultándose de nuevo bajo los muebles, regresaban a la luna.

 
   

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Fuente: wikipedia
Como sugería René Magritte en este lienzo, cuando llueve no solamente llueve el cielo, llovemos todos; porque cambia el claroscuro de las habitaciones y también se tamizan las luminiscencias metafóricas, es decir, una suerte de luz interior que emana de la palabra y las acciones.

Ayer hablábamos en estas páginas de nuestro deseo de
lluvia.
Deseo concedido.
A consecuencia de ello, el primer de la estación -desteinado con crema, dos cucharadas de azúcar-, la búsqueda frenética de la ropa azul que proporciona la temperatura intermedia precisa, la ventana abierta y el olor a hierba, a tierra, a sueño, los pasos en la casa sonando como pasos fantasmales y las habitaciones envueltas en la gabardina húmeda de las ventanas; los libros de poesía están abiertos por la palabra lluvia pero no encuentro el poema perfecto a causa de la torpeza de mis manos que prefieren atender a la tormenta; pero en alguna parte de su obra, Théophile Gautier dijo: Moi, j’écoute le son de l’eau tombant dans l’eau (yo escucho el sonido del agua cayendo en el agua).

Como toda manifestación acuática, sufre a veces fenómenos especulares: al otro lado del espejo, el desastre; tejados de bibliotecas que se hunden, túneles que se anegan, viajes que fracasan, rutinas que se rompen, horas que se ensachan.

En alguna parte de su obra, Charles van Lerberghe dijo:
Puis, vient le soleil qui essuie,
De ses cheveux d’or,
Les pieds de la Pluie.

(Después viene el sol que seca,
con su cabello dorado
los pies de la lluvia).

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Con las manos peligrosamente perfumadas al cloro -ya se sabe, las alergias no se piden por catálogo, surgen y ya está- evoluciono alrededor de la piscina contorsionándome hasta encontrar la perspectiva más rara. Salta el flash, y ya está. Mi cámara de carrete tradicional recién rescatada del olvido envuelve de misterio la imagen que hace un segundo era un fragmento más de la realidad. Algún día revelaré estas fotografías y para entonces su claroscuro me será extraño y desconocido.
La memoria es tan misteriosa como el agua.

En aquella manifestación doméstica, el agua era una inmensa mancha azul, tan azul que parecía artificial, y a medida que la tarde caía sobre la superficie líquida, se iba densificando hasta parecer tinta china. Pero el movimiento ondulatorio seguía su ritmo cardíaco incansablemente, oscilando entre la compacidad plástica y la fluida ingravidez: el agua que observas durante toda la tarde deja de ser una masa acuática y trivial y se convierte en un ente barroco y semivivo, en un frankenstein paradójico de la belleza sencilla, hipnótica hasta el infinito.

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