Archivo de la Categoría “ideografía”

Hace frío sobre la piedra. El sol, blanco, se sumerge en las lagunas de un cielo versión amanecer, pero ya es mediodía. Nunca tengo tiempo de sentarme a escribir en un lugar extraño y ajeno; y no tengo todos los días la oportunidad de escribirlo todo a mano: en el universo plástico y aséptico en el que vivimos, solemos tener siempre más a mano un teclado que una pluma.
Sin embargo, la escritura es terapéutica. Hay que caligrafiarse a diario. Cada gesto desahoga de una tristeza, tristezas que volverán en la línea siguiente, pero con otra luz y una nueva intensidad. No tengo tiempo pero aún así estoy deslizando alternativamente un bolígrafo Papermate conformate, y deleitándome en su trayectoria líquida de nenúfar sin raíces, sintiendo cómo la idea atraviesa el cuerpo y se desliza en la tinta como un humor; la mano escribe unida a la pluma como si fuesen uno.
El bolígrafo contiene piezas fijas y muelles, y este simple hecho lo convierte en una máquina equiparable a grandes inventos como el Tiempo -digo, el reloj-; pero en realidad, la anatomía de un bolígrafo se encuentra en su reflejo holográfico: la letra. Me dejo llevar por la caligrafía, que me reconoce en antiguas letras y signos, y me ve renacer en las nuevas; aquella δ que adopté en una prematura primera juventud, las alargadas l que aspiran a convertirse en vapor de tren y las lluvias de estrellas de la g que atraviesan verticalmente el papel, junto con alguna j -con premiso de Juan Ramón- y variadas f, el punto y coma con las alas replegadas -de perfil-, la h indecisa vestida de n, esas m que se alargan hasta el infinito -gírese la letra noventa grados-, vocales que trazan tierras a las que asirse, el • que sustituye a conciencia algunos acentos, imitando lúdicamente las minúsculas cejas circulares que se pintan en el rostro sin máscara de actores del teatro chino.
Me encuentro en ese espacio entre el papel y la tinta; mi mano, ingrávida y cómplice, juega a deshacerse en la tarea de embellecer con letras monstruosas (al fin y al cabo monstrum viene simplemente de monstrare) el horizonte desnudo y lunar de la página en blanco.
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Hace tiempo pensé que es posible que el mundo me esté escribiendo con la mano izquierda -con la mano diestra si al final resulta que soy zurda-. Al mismo tiempo penetro el camino de losas amarillas. Sabiendo o creyendo que soy la misma que en la infancia, es decir que no ha cambiado el tono de mi voz interior, me pregunto qué abrecartas hiriente está abriendo en canal mis páginas blancas. Me pregunto cómo los días me atraviesan en las mil direcciones cardinales y cómo las horas se convierten en horas, la razón en madurez. Me pregunto por Lu Ji, que camina por bosques de literatura. Todos los versos se cruzan en mi mente dando lugar a hijos híbridos de poesía y luz diurna -la luz artificial es otra, es la que matizo, la que puedo tocar, la que resplandece en mi pantalla-. Elijo cuidadosamente un vestido azul oscuro, aunque mañana me pondré otra cosa, porque por encima de la ropa estaré desnuda y cuando me dé la luz seré transparente. Leo las palabras que me hablan a mí y también las que no me hablan, las que creo que me hablan y sí lo hacen y las que creo que me hablan pero no. Me pregunto si lloverá mañana, si volverá a gustarme el viento, que empieza poéticamente y termina como un hálito de despedida. Despedida efímera que salva la meteorología, amaré la lluvia mañana también. Me pregunto cómo lograré atravesar los días con mis accesos de somnámbula selectiva. Me pregunto por el destino de mi palabra dicha, la que descansa en la piel desde hace meses y se renueva en silencio. Y cómo es que teniendo el cerebro en juego lo único que me importa es mi corazón.
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Dicen que el miedo es una puerta que cruje o el silencio de las sombras en la habitación. Es paradójico. El miedo debería ser o una cosa o la otra. Aunque en realidad no es ninguna de las dos. Miedo es sentir cómo el frío atraviesa la columna vertebral; miedo es que ese frío sea ficticio. Que la aplabra laplabra palabra oscile antes de pronunciarse. Que la mudez invada las gargantas, que el silencio se detenga, que los versos de Éluard digan verdad tras verdad o construyan utopía tras utopía. Que mi boca diga canciones entre los transeúntes. Que el miedo sea miedo a taparse y dejar caer la mano contra el vacío, perder un libro o lastimarlo, caminar gravemente en lugar de correr. El miedo lo proporcionan los pasos, no la distancia, ni las millas, ni los océanos, sólo los pasos, que tienen la potestad de alejar tanto como de acercar, en los cuatro puntos cardinales, transformando a veces diez mil li en uno solo o en cien mil. En el otro lado del espejo, el miedo también es la inmovilidad; miedo del crujir de la puerta por miedo a reír solos, a maldecir el despertador, a la palabra que regresa sólo como un eco, a los mitos grecolatinos, a las tortugas gigantes cubiertas de inscripciones. A dormirse y soñar sueños ajenos, a que una ecuación matemática encierre una verdad metafísica, a romper la vajilla de algún antepasado sin retrato, y miedo sobre todo a la oscuridad. No se trata de la oscuridad que se desencadena cuando apagamos la última luz cada noche, sino la oscuridad metafórica, que se desata a cualquier hora del día; y el último miedo de los hombres es el miedo a no comprender, el miedo de la confusión sensorial; miedo al silencio entre la multitud.
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“Adelaida no tenía imaginación. Se lo habían reprochado siempre. Es un reproche futil porque tener imaginación no tiene importancia, decía en su defensa. Para sobrevivir, hay que tener sentido común, decía y yo lo que quiero es sobrevivir, nada más.
Es posible que lo que sucediera a continuación la hiciera cambiar de parecer. Si no, dirán, no estaría escribiendo sobre esto. La cuestión es que estalló la tormenta.
Salió de la plaza en dirección al paso de peatones más cercano, y allí se detuvo, mirando fijamente el semáforo en rojo, y aguantando que la tormenta se derramara sobre ella como una gabardina acuática y absurda. El agua estaba penetrando lentamente, atravesando sus huesos que sentía como de arena húmeda, bañando sus ridículas sandalias de verano plateadas, cenicientas, de cenicienta de media tarde, y el vestido de otoño cubierto por una bufanda que había arrancado de su armario en el último momento antes de salir de casa, por alguna clase de presentimiento meteorológico desacertado.
No pasó mucho tiempo, quizás sólo segundos, hasta que alguien pusiera una cúpula de plástico transparente sobre su cabeza, enlazando su brazo y conduciéndola silenciosamente hasta su casa. Pasaba por aquí dijo sencillamente, pero apretaba su brazo como si además de la primera fuese la última vez; Adelaida adivinó y le arrastró suavemente hasta un rincón de una plaza abarrotada y allí en medio de la multitud, cuando dos cafés cayeron ruidosamente sobre la mesa, todo se hizo silencio y su conversación se encerró en una clepsidra que dejaba escapar el tiempo gota a gota en una mezcla de lentitud y velocidad frenética. Dejó de llover, esperaron en silencio, como temiendo que el hechizo se hubiese desvanecido y finalmente, ella se anudó la bufanda, se apoyó en la mesa para levantarse, y él se subió la cremallera de la chaqueta y abrió el paraguas. Volvía a llover, una gota, dos, tres, ninguna, una dos, y caminaron en silencio; entonces, un inmenso estruendo y un coro de bocinas apocalípticas llenaron la atmósfera hasta saturarla: Adelaida despertó. En la ventanilla de un coche, el conductor le hacía señales para que cruzara de una vez. Adelaida levantó la cabeza, gruesas gotas cayeron sobre su rostro llenándolo de lágrimas.
Cruzó la calle entre el estertor de los vehículos impacientes y corrió hasta casa. Una vez allí, se sentó a pensar en lo que había pasado, la primera ensoñación consciente que había vivido. Intentó dejarse llevar por el olor a café y el silencio tácito pero enseguida volvió a despertar. Había comprendido al fin el mecanismo de la imaginación; pensó, secretamente aliviada, que podría volver a ponerlo en funcionamiento cuando quisiera. Pero no era suficiente. Al otro lado del ventanal, estallaron truenos cruzados de relámpagos luminosos y opalescentes. Se acercó al teléfono y levantó el auricular”.
Y con estas líneas, se terminó la ficción por ahora, mañana, quizás, paisajes.
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Escrito por: Florie en ideografía
Algunos conceptos son difíciles de definir y por eso constituyen el centro de ejercicios de reflexión intelectual o incluso lírica: Bécquer se preguntó en muchas de sus composiciones poéticas qué era precisamente la poesía; una de sus definiciones fue ‘poesía eres tú’…
De la misma manera el hombre ha intentado encontrar definiciones tangibles para todo lo abstracto: el infinito, el tiempo, la belleza, la perfección… Sobre el concepto de perfección muchos autores canónicos han escrito: sus definiciones son muy diversas, incluso contradictorias -a veces, en cierta manera, en sí mismas, por ejemplo: ‘Los detalles hacen la perfección y la perfección es sólo un detalle’, de Leonardo da Vinci- aunque paradójicamente ninguna resulta estar totalmente equivocada. En cualquier caso, coinciden en hablar de la perfección en términos hipotéticos y tiempos subjuntivos: en el campo de la creatividad, una de las motivaciones más fuertes es el afán de perfeccionamiento; este afán motiva el ser humano y lo impulsa a la acción, aunque si algún día se alcanzara totalmente, la existencia creativa perdería gran parte de su sentido: la perfección se presenta como un horizonte; la idea de perfeccion, como un faro o una brújula. En realidad, no pretendemos alcanzar la perfección propiamente dicha, porque tendemos a considerar que la belleza perfecta reside a veces en lo imperfecto: un libro muy manoseado, una conversación inacabada sobre temas abstractos como la perfección, un día de tormenta, etc.
‘No se trata de alcanzar la perfección, sino la totalidad’, Carl Gustav Jung; en cierta manera, el deseo de perfección es semejante al deseo de completitud; precisamente, el autor de El principito recuperó la idea de que algo es perfecto no cuando no haya nada que añadirle sino cuando no hay nada que retirar.
Por definición, la perfección no es algo que se pueda medir en distintos grados: es o no es; aunque en la práctica la idea de perfección puede evolucionar en paralelo a la línea de tiempo, y bajo la influencia de la experiencia que constituye el bagaje de cada uno. Ernest Ouellet, escritor canadiense, dijo: “¿qué es la perfección sino un concepto variable según el lugar, el tiempo y las otras circunstancias?”
…Estas palabras a modo de introducción: lo realmente interesante será poner nuestras definiciones en común, así que no duden en aportar su punto de vista sobre el concepto de perfección -u otros conceptos abstractos-.
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…enlazando con el tema al que espero volver más adelante, cito a Edgar Allan Poe : “No hay belleza exquisita -dice Bacon, lord Verulam- hablando con certidumbre de todas las formas y genera de belleza, sin algo de extraño en las proporciones”. Shklovski se lamentó, ya a principios del siglo XX, del cariz que estaban tomando las cosas: afirmaba que el arte debía renacer de la conciencia de que cuando un objeto acaba siendo repetido en serie, gracias a la máquina, había que dar un giro completo y renovarse o morir: salvar la realidad de la imagen que proyecta, una imagen poblada por el Objeto, y transformarla a través del arte. En resumen, había que lograr que lo banal se volviese extraño, diferente, nuevo.
Algunos tomaron ideas semejantes a la llamada teoría del extrañamiento al pie de la letra y jugaron con las proporciones como único canalizador de su mensaje, como por ejemplo Claes Oldenberg, uno de los artistas de pop art.
Curiosamente, en los años 60 -y finales de los 50-, la respuesta a la saturación del impresionismo abstracto, que a su vez se oponía al figurativismo inmediatamente anterior, fue un consciente e irónico serialismo: se replica a la reproducción masiva de objetos mediante una obra que reproduce masivamente objetos e iconos en el interior del lienzo -véase uno de los retratos de Marilyn Monroe por Andy Warhol-.
Por otra parte, la obra de arte debía ser accesible a las masas, y reproducir sus intereses, al igual que los productos que anunciaba la televisión: intereses impuestos, apuntaban, por el capitalismo y sistema comercial, la oferta y la demanda subliminalmente controladas, etc; por lo tanto, el pop art reproduce silenciosamente el paisaje de ese mundo dominado por la urbe, la pantalla, el cómic y sobre todo la publicidad.
En un mundo en que todo puede ser reproducido en una litografía, en un poster, en un estudio televisivo, y luego comprado en un supermercado, en una tienda de discos o visto a través de puestos de televisión repartidos en los hogares, en un mundo en que los medios audiovisuales acaparan la atención por encima del arte –como sucedió, en principio, en el XIX con el nacimiento de la fotografía, hacia 1816, de la mano de Nicéphore Niepce-, el pop art pretende, siguiéndole el juego, devolver cierto brillo a aquello que, por uso, lo ha perdido: “Lo que caracteriza el pop art, es ante todo el uso que ha hecho de aquello que ha sido desvalorizado”. , Roy Lichtenstein.
Antes que llamarse arte pop –porque representa objetos populares, sacados de una cotidianidad aparentemente banal, como si Andy Wahrol fuese el Jan Vermeer del siglo XX-, se había acuñado el término de New-dadaism, no en vano, puesto que un contexto histórico-social en que se produce cierta banalización del motivo artístico, les incita a tratar de salvar el arte, al que se estaba acusando de inutilidad, (Ionesco decía que de todos modos no podríamos prescindir del arte, aunque fuese completamente inútil) mediante la única contrapartida posible: la revalorización del objeto cotidiano.
Si el dadaísmo es una de las fuentes de las que bebe el pop art,, en su materialización no hay un solo artista adscrito a este movimiento que no sea original respecto de los otros: compárese la lata de sopa Campbell con el retrato-estilo cómic de Lichtenstein, o los objetos desmesurados de Oldenberg: la técnica utilizada y la imagen resultante son diferentes en cada caso.
Sería interesante encontrar casos declarados de pop art en literatura –y si encuentran ejemplos, no duden en dejar constancia de ello para que podamos comentarlo entre todos.
Una pequeña anécdota, existe un capítulo de Los Simpson titulado ‘Mom and pop art’, que no recuerdo, pero he leído algunas críticas favorables a este repaso -homenaje y parodia- que Matt Groening y su equipo hacen sobre pop art. Homer tiene alucionaciones con latas de sopas Campbell, y el propio Andy Warhol hace su aparición. Si tienen ocasión de volver a verlo (décima temporada), no se lo pierdan…
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