Archivo de la Categoría “Lao Zi”
Creía que la luz era aquello que se destilaba líquida y silenciosamente sobre mis persianas a las ocho de la mañana, la hora punzante como una estrella demasiado precisa. Creía que era aquello que matizaba los claroscuros de los muebles, de mis manos tecleando, de mi pensamiento. Pero nada de eso era luz. Sucedió una mañana de octubre, en un marco cotidiano, en un aula miméticamente colegial pero con mesas de hombre. Era el último minuto de clase, y entonces el vendaval asiático, la china albina, se giró hacia mí y me dijo: Florie -acentuando la r francófona-, lee. Me sorprendió -por un instante- porque teóricamente no estoy allí, me manifiesto en ese aula como un fantasma, pero traté de concentrarme en el alfabeto y las combinaciones silábicas problemáticas que podrían hacerme tropezar en la lectura. Empecé a leer, tranquila; era Lao Zi. El Dao estaba siendo nombrado bajo la prohibición de ser nombrado; su pureza, su existencia, estaba en juego. El dao que puede expresarse, no es el dao permanente y de pronto me acordé de Shakespeare. Mientras me adentraba en la épica del universo metafísico taoísta, sentí súbitamente una ráfaga de luz, una luz que emergía cálida pero intensa, un cúmulo de partículas invisibles pero increíblemente luminiscentes, deteniéndose sobre mi rostro, que se había convertido en un óvalo tangible y blanco como un cuadrante de luna. Dudé un segundo, porque estaba inclinada en dirección opuesta a la ventana y, entonces, comprendí. Aún conservo nítido el recuerdo de la luz: casi podía tocarla.
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“Caminaba gravemente vertida hacia el interior de su cabeza. Ahí estaba, todavía podía oír su voz hecha materia, hecha de labios y de idea, de palabras y aire.
No había Mozart ni Elvis en los auriculares que interrumpieran su reminiscencia, y la ciudad parecía tácitamente callada, evolucionando en un murmullo de abdómen que sólo emitía un constante latido.
Caminaba en silencio, sencillamente, absorta en las frases que le volvían a la mente, en el timbre de las letras, en los suaves giros que habían dado nacimiento a una l más líquida o una o abierta, pronunciadas … y Helena Ástrida Montesco se detuvo, porque estaba penetrando el ámbito de lo inefable. Tratar de explicarlo mediante palabras sólo conseguía hacerla perder ese recuerdo; y -creía- era lo único que le quedaba.
Siguió caminando; las palabras en su memoria sonaban como un cielo verde cubriendo atercipelado un bosque de bambúes, hablaban entre líneas de una tierra donde los cíclopes trabajaban en el mar cristalino para construir islas de agua, allí donde el aire sostiene y se toca y los días consisten en despertar y escribir y dormirse a su lado y despertar y escribir y volverlo a leer.
Súbitamente pasó un ejército de sirenas y el ruido ensordecedor la hizo tambalearse. Silencio de nuevo. Miedo, terror, pero no, el recuerdo seguía ahí, intacto”.
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“En definitiva, quiero ver y oír, Leer, desde esta linterna trágica, más incluso que escribir; claro está que inevitablemente, percibamos lo que percibamos, estemos donde estemos, todo termina por traducirse en palabras”.
En efecto, si Lao Zi levantara la cabeza, como apuntó Gotardo en la anterior entrada, me diría que el nombre que se pronuncia no es el nombre verdadero, es decir que una vez el lenguaje ha atrapado una realidad, esa realidad deja de ser en toda su esencia; y puedo entenderlo, porque me sumerjo cada vez más en el mundo de lo inefable, aunque, paradójicamente, eso aumente por momentos mi grafomanía, consistente en teclear, en unir letras, en ver cómo las letras forman palabras y las palabras aglutinan sentidos a veces más allá de mi capacidad de control textual. Unir palabras –ya sin estructura, sin pretensiones estilísticas, sin ganas de estructuración retórica, sin capacidad para sentarme y empezar un texto de ficción- que hablan de lo que leo, palabras que leen - o al menos lo intentan-.
Si miro hacia fuera desde la linterna trágica, sigue siendo mi interior intacto el que percibe, como la casa pensativa que construyó Georges Saint-Cyr, y no puedo guardarme el 魂 alma en una cajita porque, además, lo inefable es difícil de atrapar. Pero sí puedo intentar hacer un esfuerzo de abstracción, y aplicar la palabra a lo tangible, a los conciertos y a los libros, a la palabra de Schumann o de Hooverphonic, y a la sonoridad del “Baile del conde de Orgel” de R. Radiguet o de “La espuma de los días” de Boris Vian.
Cuando organice mis lecturas, porque las estoy haciendo todas a la vez, trataré de hablar de libros aunque, al final, los libros acabarán hablando por sí solos.
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