Entré quedamente en la habitación de la muerta. Entreabrí los labios para despejar una exclamación que me quemaba la garganta, pero me hicieron una señal: tres dedos sobre tres pares de labios; callé. La habitación vivía, ya autónoma y salvaje, como en la quietud de un lugar cualquiera después de una tormenta. Todos los objetos eran vestigios de vida. La camisa azul doblada sobre la escalera de la biblioteca; una novela del siglo XIV, bocabajo. Una mandarina. Una botella de licor esmeralda, llena. Una columna de vinilos, Dvorak, Marie Laforet, Elgar y su concierto de chelo (tercera versión), Adamo, Schumann, Haydn, “La muerte y la doncella” de Schubert y sonatas de Shostakovich. La agenda abierta por el mes de febrero. La agenda abierta, por el mes de febrero. Un vaso de agua medio lleno. Un diccionario en miniatura donde las palabras carecían de sentido y una manta roja, yaciente al borde de la cama. Después de la primera etapa de curiosidad al conocer de forma obligada la intimidad doméstica de una desconocida, pregunté si por fin podía marcharme. Se giraron todos para mirarme: sentimos mucho su pérdida. Les miré atónita, me devolvieron la mirada. Lo sentimos mucho. Me giré hacia la desconocida; tendida sobre el diván, estaba muy seria. Pulmonía, dijeron unos, y el término médico me sobresaltó. Me llevé la mano a la garganta, la dejé caer hasta los pulmones, y entonces otra voz dijo Nada de eso, simplemente cayó, agotada de melancolía; quizás solo esté dormida. Ya que, con tácitas tan disuasorias como la cortesía conversacional y el protocolo de luto, impedían que me marchase, me acerqué a la desconocida. Analicé su rostro, la caída de los párpados, el trazado de las venas en el cuello; miré su rebeca roja desabotonada, los anacronismos de sus pulseras, el reflejo de crepúsculo en la triste sien dormida, la cicatriz blanca y estrecha. No había duda, la muerta era yo misma.
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Archivo de la Categoría “Linterna mágica”
14
01
2008
Oh, for the sake of the momentumEscrito por: Florie en Linterna mágica, alucinaciones, deslumbramientos, memorias
Fue algo ligero y tenso, como un graznido. Después, fue una quimera, como el sonido de un copo estrellándose suavemente contra un denso lecho de nieve. Finalmente, silencio. Un silencio tan fuerte que podía percibirse a miles de kilómetros a la redonda, por encima de los gritos del trafico, de las ambulancias, las sirenas, y los Tritones en los ríos encolerizados por la reciente tormenta. Al día siguiente, volví a oírlo. Golpeó contra el cristal con los nudillos helados y sonó como una cristalería desvaneciéndose estrepitosamente contra el suelo. Me giré, nada. Silencio. Pasaron tres días, durante los que estuve acechando cada desfallecimiento del silencio: la voz en apariencia quebradiza de Björk, el vaporizador de la colonia, mis propios pasos sobre las geometrías del suelo, los trinos de Pau Casals, el crujir de las ventanas entreabiertas al frío del invierno. Entreabiertas por si volviera. Sucedió al fin la quinta noche. Sonó como una hilera de líquenes de seda arrastrándose al borde de mi cama. ¿Tan cerca?, era imposible: el sonido provenía, como siempre, de la ventana. Me levanté, me arropé de mantas nocturnas y diurnas y me recogí el pelo en un lazo negro, para postergar el momento. Avancé en la oscuridad taciturna, hacía frío, apreté los brazos contra mí y volvió a sonar al otro lado del cristal; pero la niebla guardaba en su seno todos los secretos. A medio camino, me detuve: el silencio crepitaba contra la ventana, y cien manos acuáticas rozaron el cristal hasta murmurar como un coro de ángeles azules: abrí la ventana despacio, cayeron dos gotas sobre el alféizar, después cien, cien mil, y me bañaron entera: mi intuición había sido certera cuando oí el graznido hace cinco días: el mar me ha seguido hasta aquí. Epílogo: y la belleza está en el mar. “Fue cruzando una calle y mirando fijamente la figura verdeneónica caminando hacia ninguna parte en la ventana del semáforo, cuando sintió por primera vez que dejaba de ser; y dejaba de ser precisamente por exceso de existencia, porque acababa de recordar toda su vida en un instante y esa visión le había resultado tan subjetiva que cayó automáticamente en un relativismo extremo. En consecuencia, de tanto haber sido, dejaba de ser, como cuando repetimos una palabra tantas veces que al final suena La primera consecuencia de haber dejado de existir fue el frío. Un frío paradójico que la atormentaba, porque si era muy palpable, gélido, atronador, ella ya apenas podía sentirlo, pero la memoria de su piel aún recordaba la sensación metálica y ácida del invierno, de modo que su percepción del frío se había vuelto tan cerebral, y de manera tan acelerada, que pronto alcanzaría su propio límite. Pero precisamente se salvó gracias al frío. Al frío que no podía sentir sino aprehender en vano, porque de la misma manera que conservaba un rastro reminiscente de ciertas sensaciones, su memoria, que ya se había convertido en una personalidad independiente, había regresado al lugar donde había probado por primera vez una nectarina, al momento en que había tomado conciencia de la caída a los abismos de Morfeo, de la noche en que había convertido su dosel infantil y sus sábanas en un bosquedeblancanieves, de la sensación de apertura intelectual entre las páginas de la Metamorfosis y del Discurso del método, de cuando se metamorfoseó en el lugar donde se pronuncia un sólo nombre, de la gran tormenta, de la pequeña habitación. Repitió el nombre dentro de sí, el nombre que la habitaba y que se encarnaba no muy lejos de allí y, al comprender de nuevo en qué consistía existir, volvió a ser, quizás para siempre” .
30
10
2007
Transida es una palabra que se usa demasiado pocoEscrito por: Florie en Linterna mágica, alucinaciones, ficción, relatos improvisados“Eloísa Cándida Sócrates sabía que caminaba desnuda. Sabía que era el primer alma de la ciudad en recibir el frío cada mañana, como un pararrayos que midiera temperaturas, como un “parrarrayos temperamental” (se permitió el banal juego de palabras en el monólogo íntimo y cadencioso de su boca silenciosa). En aquella calle demasiado transitada el mundo se le apareció terrible; vio una niña de plástico, de mirada fija y vacía con los miembros desordenados en el carrito que una mujer de madera hueca empujaba lentamente; toses escultóricas encarnadas en ancianos, ojos inmensos, mejillas azules, cuerpos caminantes envueltos en papel, enfermos de hidropesía, ojos acuáticos, sombras fugaces, gigantes golpeándole el hombro al pasar, ojos estridentes, prisa, cólera, tristeza, emociones a las que era ajena, emociones tristes que no la tocaban; y ellos no la veían pasar, melancólica, lánguida, porque era la única que caminaba desnuda . Por la mañana se preguntó porqué hacía tanto frío si era primavera y entonces cayó oportuna y novelísticamente una hoja de su calendario para enseñarle que era noviembre . Abrió el armario y eligió entre su ropa: colgados junto a una sola blusa había un traje de lino y un traje de dolor, cortados a medida; se vistió con el traje de dolor, aplicó un poco de brillo a sus labios, guardó sus archivos en una maleta y salió a la calle. Estaba transida de frío, pero no podía sentirlo, y allí estaban otra vez, los miembros del universo, saludándola teatralmente, vistiendo edificios, recorriendo las escaleras de libros ciclópeos, las montañas literales de papel, las lluvias de caramelos, las sábanas flotantes. Súbitamente, una voz la salvó del hechizo de la fiebre diciendo, desde el otro lado del sueño, abrígate, por lo que más quieras, abrígate”. “Se despertó cuando caía sobre ella un castillo de cartas. Alicia, exclamó parsimoniosamente David Copperfield, tengo hambre. Alicia le pasó mecánicamente un cucurucho de castañas asadas, no me llamo Alicia, dijo, soy Ana Lovita Horlado, de Toledo. Alicia, exclamó entonces Gustavo Adolfo Bécquer, estoy asustado. Y Ana Lovita Horlado lo tapó con una página para que se durmiera. Como no sabía porqué se había metamorfoseado, porqué tenía el cabello de pergamino y el vestido de papel carbón, sólo se le ocurrió una cosa: debía consultar el buzón de correos: las cartas eran grandes reveladoras de la identidad. En un principio, el plan se vio bastante obstaculizado por un asunto trivial: para hallar el buzón de correos, había que salir de la casa… Tras dar con veintitrés puertas aparentes, de las que cinco eran ventanas y doce resultaron ser trampantojos, encontró la puerta de entrada, con su alfombra hipócrita y su timbre dorado, en el hogar de la chimenea. Una vez fuera, tuvo que bordear varios árboles cuyo diámetro se medía en millas -todo estaba en sombra, los pájaros aullaban- hasta encontrar el buzón. Lo abrió y en el interior estaba la respuesta, una carta en blanco que se dirigía a Alicia Lovita Horlado. Sintió cómo la presión sanguínea a la altura de sus sienes se hacía más y más azul. Se sentó en la hierba fresca y su consciencia se desvaneció. Cuando despertó, se encontraba en un lugar subterráneo; en cuanto recuperó un mínimo de lucidez y de sentido de la claustrofobia, se levantó para huir a donde fuese. Ana, pareces el conejo blanco de la Alicia de Lewis, dijo Thomas de Quincey, siempre tienes prisa. No había salida: se dejó caer contra una pared del sótano, forrada como un libro con papel pintado barroquizante y ondulatorio, y llegó a Nueva York. Allí un paseante a quien no llegó a reconocer se giró a su paso para saludarla. Una manzana más allá, Alyv Singer miró directamente a la cámara y le dijo huya señorita, aquí hay demasiado tráfico, y la palabra señorita se repitió en eco hasta desaparecer en la neblina; precisamente, se apoyó contra esa niebla, que la sostuvo durante unos minutos, y finalmente cayó al otro lado, en el profundo e inquietante interior del Támesis. Por fin, Alicia le dijo un tritón con cabello de algas verdes, por fin, Alicia Copperfield Bécquer, insistió, y su voz nublada por el agua le era tan familiar…, te he conocido en la infancia recitó Analicia Lovita Copperfield Horlado como si fuese una fórmula mágica y, entonces, recordó”. “Cuando Mab se lo encontró, estaba dormido, doblado como un coleóptero sobre una mesa de la biblioteca. RubenDarío se había dormido sobre una lágrima. La reina Mab, en lugar de hacer su trabajo de hada e insuflarle un sueño esperanzador, le despertó. -Me había quedado dormido. Es evidente, añadió. Tenía la cara arrugada por los pliegues del abrigo en el que se había apoyado como en una almohada. -No importa -dijo la reina Mab-he ido a por algo de café. ¿Te ha despertado el teléfono rojo de la recepción? La reina Mab ya no escuchaba; quemándose las manos contra el plástico ardiente de su taza de café, recordaba el calor oscuro de un sueño de una noche de verano de 1595, en que William S. la había reconciliado con Oberón, por medio de un encantamiento leve, de algunos recursos literarios y del pseudónimo de Titania. Oberón era envolvente como una marea, recordó, y sintió un estremecimiento muy parecido al escalofrío de frío y calor en que se convierte la piel sumergida en el mar; y entonces comprendió que, aunque era la reina de las hadas, no podía reconstruir la máquina del tiempo de H.G.Wells, ni podía ayudar a RubénDarío. RubénDarío, mientras estaba siendo ignorado por su confidente la reina Mab, había emergido por un momento del estado de profunda melancolía, y se había puesto a escribir un extraño relato sobre una reunión en un ático bohemio. Cuando terminó, la reina Mab seguía ensimismada; RubénDarío la imitó, en silencio. Al cabo de unos minutos, un murmullo se levantó entre los libros; al mismo tiempo, aunque a millares de millas de distancia mental, estaban recitando a F. Coppée: Volupté des parfums ! — Oui, toute odeur est fée. … y si hubiesen estado más atentos quizás habrían comprendido el sentido de la literatura, pues los dos recitaban las mismas palabras en el mismo orden pero su significado no era el mismo”. * ¡Voluptuosidad de los perfumes! Todo olor es hada. /Si abro, por la noche, una naranja ardiente,/sueño con el teatro y los profundos decorados; /…/me imagino en un andén perfumado de alquitrán, /mirando avanzar, blanca, una goleta/entre los diamantes del mar violeta.
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10
2007
Cupressus sempervirens (segunda parte)Escrito por: Florie en Linterna mágica, entelequias, ficción, universos oblicuosAfortunadamente hemos llegado a la penúltima parada; las puertas se abren y entra el frío flemático de noviembre; me inclino un poco hacia delante para recibir la mayor cantidad posible de moléculas de oxígeno; los cuatro respiradores respiran radiantes junto a la puerta; los tres errados se marchan; amanece; de pronto, veo la sombra del vehículo, y nuestras sombras enmarcadas por la sombra de sus ventanas, proyectada contra una hilera de cipreses apretados entre sí como temiendo el invierno; en verano estaban más distantes; en verano…, pero el autobús arranca y supongo que a partir de entonces el día sucedió normal, rutinaria, redundante y correctamente, porque ya se ha hecho de noche y… nada más. -Por qué?, pregunto. -Porque tú tienes las luciérnagas. En ese momento un universo hormiguea entre mis manos. Bajo la vista, me pregunto qué ha sido de mis guantes; en su lugar, un enjambre de escarabajos dorados se pasea en la bóveda hermética formada por los dedos, transformados en nervadura arquitectónica. Ahora solo tengo perfil, un perfil sin piernas, aunque tampoco tengo prisa ni siento impaciencia, dolor o miedo. -Cupressus sempervivens- recitaron repetidamente, todos a la vez, como si lo hubiesen hecho durante siglos-. Pero no era una salmodia mágica, sino un mecanismo de defensa, cantaban el nombre latino del ciprés porque era lo único que, pensaban, podría servir de algo. Me dejo llevar por el sueño placentero de la simpleza existencial hasta que súbitamente comprendo la llaneza insoportable de mi nueva vida y deseo con todas mis fuerzas regresar a la hora de madrugar o a la hora del insomnio.
11
10
2007
Cupressus sempervirens (primera parte)Escrito por: Florie en Linterna mágica, alucinaciones, ficción, universos oblicuosNo habría sido demasiado temprano si hubiese estado en un tren camino de algún lugar más frío que éste. Era demasiado temprano porque estaba en un autobús, mirando nerviosa el reloj y comparando sucesivamente mi percepción del tiempo, la hora real y la hora potencial a la que había de comenzar la primera clase.
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09
2007
La baldosa de Amélie Poulain (fantasía lúdica II)Escrito por: Florie en Diario, Linterna mágica, caleidoscopio, universos oblicuos
Sin embargo, existe una tercera posibilidad: independientemente de lo que haya en el interior, es decir, objetos tipo a o circunstancias tipo b, podría simplemente no levantar la baldosa: así contendría para siempre lo que yo quisiera imaginarme -y lo que cada uno de vosotros quiera mientras dure la lectura-, y así guardaría esa sensación de víspera o de regalo no desenvuelto guardado en un cajón. Decidme: ¿levanto la baldosa, o no?…
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08
2007
Castillos de arenaEscrito por: Florie en Linterna mágica, caleidoscopio, deslumbramientos, el mundo de las IdeasYa me había dado cuenta de que la infancia había terminado para siempre; cosas como la facultad, y luego otra vez la facultad, y antes el colegio de los ladrillos grises y rosas con ascensores metálicos como máquinas de entretiempo, y mucho antes los giros inesperados que toman las familias y los viajes al fin del mundo, me habían hecho sospechar que en algún momento había dejado de ser inmortal. Epílogo: Dijo Tzvetan Todorov en Contra los abusos de la memoria, que “la vida está perdida frente a la muerte, pero la memoria gana sobre la nada”. Son cosas en las que todos pensamos y me gustaría conocer vuestras impresiones. También les invito a hacer su propia lista… |
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