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Archivo de la Categoría “Linterna mágica”


Disco de vinilo. Fuente: Wikipedia

Entré quedamente en la habitación de la muerta. Entreabrí los labios para despejar una exclamación que me quemaba la garganta, pero me hicieron una señal: tres dedos sobre tres pares de labios; callé. La habitación vivía, ya autónoma y salvaje, como en la quietud de un lugar cualquiera después de una tormenta. Todos los objetos eran vestigios de vida. La camisa azul doblada sobre la escalera de la biblioteca; una novela del siglo XIV, bocabajo. Una mandarina. Una botella de licor esmeralda, llena. Una columna de vinilos, Dvorak, Marie Laforet, Elgar y su concierto de chelo (tercera versión), Adamo, Schumann, Haydn, “La muerte y la doncella” de Schubert y sonatas de Shostakovich. La agenda abierta por el mes de febrero. La agenda abierta, por el mes de febrero. Un vaso de agua medio lleno. Un diccionario en miniatura donde las palabras carecían de sentido y una manta roja, yaciente al borde de la cama. Después de la primera etapa de curiosidad al conocer de forma obligada la intimidad doméstica de una desconocida, pregunté si por fin podía marcharme. Se giraron todos para mirarme: sentimos mucho su pérdida. Les miré atónita, me devolvieron la mirada. Lo sentimos mucho. Me giré hacia la desconocida; tendida sobre el diván, estaba muy seria. Pulmonía, dijeron unos, y el término médico me sobresaltó. Me llevé la mano a la garganta, la dejé caer hasta los pulmones, y entonces otra voz dijo Nada de eso, simplemente cayó, agotada de melancolía; quizás solo esté dormida. Ya que, con tácitas tan disuasorias como la cortesía conversacional y el protocolo de luto, impedían que me marchase, me acerqué a la desconocida. Analicé su rostro, la caída de los párpados, el trazado de las venas en el cuello; miré su rebeca roja desabotonada, los anacronismos de sus pulseras, el reflejo de crepúsculo en la triste sien dormida, la cicatriz blanca y estrecha. No había duda, la muerta era yo misma.

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Olas en el Mediterráneo. Fuente: Wikipedia

Fue algo ligero y tenso, como un graznido. Después, fue una quimera, como el sonido de un copo estrellándose suavemente contra un denso lecho de nieve. Finalmente, silencio. Un silencio tan fuerte que podía percibirse a miles de kilómetros a la redonda, por encima de los gritos del trafico, de las ambulancias, las sirenas, y los Tritones en los ríos encolerizados por la reciente tormenta.

Al día siguiente, volví a oírlo. Golpeó contra el cristal con los nudillos helados y sonó como una cristalería desvaneciéndose estrepitosamente contra el suelo. Me giré, nada. Silencio.

Pasaron tres días, durante los que estuve acechando cada desfallecimiento del silencio: la voz en apariencia quebradiza de Björk, el vaporizador de la colonia, mis propios pasos sobre las geometrías del suelo, los trinos de Pau Casals, el crujir de las ventanas entreabiertas al frío del invierno. Entreabiertas por si volviera.

Sucedió al fin la quinta noche. Sonó como una hilera de líquenes de seda arrastrándose al borde de mi cama. ¿Tan cerca?, era imposible: el sonido provenía, como siempre, de la ventana. Me levanté, me arropé de mantas nocturnas y diurnas y me recogí el pelo en un lazo negro, para postergar el momento.

Avancé en la oscuridad taciturna, hacía frío, apreté los brazos contra mí y volvió a sonar al otro lado del cristal; pero la niebla guardaba en su seno todos los secretos. A medio camino, me detuve: el silencio crepitaba contra la ventana, y cien manos acuáticas rozaron el cristal hasta murmurar como un coro de ángeles azules: abrí la ventana despacio, cayeron dos gotas sobre el alféizar, después cien, cien mil, y me bañaron entera: mi intuición había sido certera cuando oí el graznido hace cinco días: el mar me ha seguido hasta aquí.

Epílogo: y la belleza está en el mar.

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“Fue cruzando una calle y mirando fijamente la figura verdeneónica caminando hacia ninguna parte en la ventana del semáforo, cuando sintió por primera vez que dejaba de ser; y dejaba de ser precisamente por exceso de existencia, porque acababa de recordar toda su vida en un instante y esa visión le había resultado tan subjetiva que cayó automáticamente en un relativismo extremo. En consecuencia, de tanto haber sido, dejaba de ser, como cuando repetimos una palabra tantas veces que al final suena absurda, irrelevante, convencional: inexistente.

La primera consecuencia de haber dejado de existir fue el frío.

Un frío paradójico que la atormentaba, porque si era muy palpable, gélido, atronador, ella ya apenas podía sentirlo, pero la memoria de su piel aún recordaba la sensación metálica y ácida del invierno, de modo que su percepción del frío se había vuelto tan cerebral, y de manera tan acelerada, que pronto alcanzaría su propio límite.

Pero precisamente se salvó gracias al frío. Al frío que no podía sentir sino aprehender en vano, porque de la misma manera que conservaba un rastro reminiscente de ciertas sensaciones, su memoria, que ya se había convertido en una personalidad independiente, había regresado al lugar donde había probado por primera vez una nectarina, al momento en que había tomado conciencia de la caída a los abismos de Morfeo, de la noche en que había convertido su dosel infantil y sus sábanas en un bosquedeblancanieves, de la sensación de apertura intelectual entre las páginas de la Metamorfosis y del Discurso del método, de cuando se metamorfoseó en el lugar donde se pronuncia un sólo nombre, de la gran tormenta, de la pequeña habitación. Repitió el nombre dentro de sí, el nombre que la habitaba y que se encarnaba no muy lejos de allí y, al comprender de nuevo en qué consistía existir, volvió a ser, quizás para siempre” .

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“Eloísa Cándida Sócrates sabía que caminaba desnuda. Sabía que era el primer alma de la ciudad en recibir el frío cada mañana, como un pararrayos que midiera temperaturas, como un “parrarrayos temperamental” (se permitió el banal juego de palabras en el monólogo íntimo y cadencioso de su boca silenciosa).

En aquella calle demasiado transitada el mundo se le apareció terrible; vio una niña de plástico, de mirada fija y vacía con los miembros desordenados en el carrito que una mujer de madera hueca empujaba lentamente; toses escultóricas encarnadas en ancianos, ojos inmensos, mejillas azules, cuerpos caminantes envueltos en papel, enfermos de hidropesía, ojos acuáticos, sombras fugaces, gigantes golpeándole el hombro al pasar, ojos estridentes, prisa, cólera, tristeza, emociones a las que era ajena, emociones tristes que no la tocaban; y ellos no la veían pasar, melancólica, lánguida, porque era la única que caminaba desnuda .

Por la mañana se preguntó porqué hacía tanto frío si era primavera y entonces cayó oportuna y novelísticamente una hoja de su calendario para enseñarle que era noviembre . Abrió el armario y eligió entre su ropa: colgados junto a una sola blusa había un traje de lino y un traje de dolor, cortados a medida; se vistió con el traje de dolor, aplicó un poco de brillo a sus labios, guardó sus archivos en una maleta y salió a la calle. Estaba transida de frío, pero no podía sentirlo, y allí estaban otra vez, los miembros del universo, saludándola teatralmente, vistiendo edificios, recorriendo las escaleras de libros ciclópeos, las montañas literales de papel, las lluvias de caramelos, las sábanas flotantes.

Súbitamente, una voz la salvó del hechizo de la fiebre diciendo, desde el otro lado del sueño, abrígate, por lo que más quieras, abrígate”.

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“Se despertó cuando caía sobre ella un castillo de cartas. Alicia, exclamó parsimoniosamente David Copperfield, tengo hambre. Alicia le pasó mecánicamente un cucurucho de castañas asadas, no me llamo Alicia, dijo, soy Ana Lovita Horlado, de Toledo. Alicia, exclamó entonces Gustavo Adolfo Bécquer, estoy asustado. Y Ana Lovita Horlado lo tapó con una página para que se durmiera.

Como no sabía porqué se había metamorfoseado, porqué tenía el cabello de pergamino y el vestido de papel carbón, sólo se le ocurrió una cosa: debía consultar el buzón de correos: las cartas eran grandes reveladoras de la identidad.

En un principio, el plan se vio bastante obstaculizado por un asunto trivial: para hallar el buzón de correos, había que salir de la casa… Tras dar con veintitrés puertas aparentes, de las que cinco eran ventanas y doce resultaron ser trampantojos, encontró la puerta de entrada, con su alfombra hipócrita y su timbre dorado, en el hogar de la chimenea. Una vez fuera, tuvo que bordear varios árboles cuyo diámetro se medía en millas -todo estaba en sombra, los pájaros aullaban- hasta encontrar el buzón. Lo abrió y en el interior estaba la respuesta, una carta en blanco que se dirigía a Alicia Lovita Horlado. Sintió cómo la presión sanguínea a la altura de sus sienes se hacía más y más azul. Se sentó en la hierba fresca y su consciencia se desvaneció.

Cuando despertó, se encontraba en un lugar subterráneo; en cuanto recuperó un mínimo de lucidez y de sentido de la claustrofobia, se levantó para huir a donde fuese. Ana, pareces el conejo blanco de la Alicia de Lewis, dijo Thomas de Quincey, siempre tienes prisa. No había salida: se dejó caer contra una pared del sótano, forrada como un libro con papel pintado barroquizante y ondulatorio, y llegó a Nueva York.

Allí un paseante a quien no llegó a reconocer se giró a su paso para saludarla. Una manzana más allá, Alyv Singer miró directamente a la cámara y le dijo huya señorita, aquí hay demasiado tráfico, y la palabra señorita se repitió en eco hasta desaparecer en la neblina; precisamente, se apoyó contra esa niebla, que la sostuvo durante unos minutos, y finalmente cayó al otro lado, en el profundo e inquietante interior del Támesis. Por fin, Alicia le dijo un tritón con cabello de algas verdes, por fin, Alicia Copperfield Bécquer, insistió, y su voz nublada por el agua le era tan familiar…, te he conocido en la infancia recitó Analicia Lovita Copperfield Horlado como si fuese una fórmula mágica y, entonces, recordó”.

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“Cuando Mab se lo encontró, estaba dormido, doblado como un coleóptero sobre una mesa de la biblioteca. RubenDarío se había dormido sobre una lágrima. La reina Mab, en lugar de hacer su trabajo de hada e insuflarle un sueño esperanzador, le despertó.

-Me había quedado dormido. Es evidente, añadió.

Tenía la cara arrugada por los pliegues del abrigo en el que se había apoyado como en una almohada.

-No importa -dijo la reina Mab-he ido a por algo de café. ¿Te ha despertado el teléfono rojo de la recepción?
-No, el azul… -bajó la vista sobre su lecho improvisado-. Este abrigo era suyo, -se lamentó de pronto-. Hoy hace cinco años que me marché; en mi camino he conocido a Dido de Cartago y a las siete sirenas de Ulises; he viajado en el tiempo; he hablado con el espíritu de Petrarca y he tomado el té con los padres de William Faulkner cuando él todavía era un niño jugando a la Gran Manzana entre los bastidores del salón; y aún así, todavía recuerdo que cuando la abrazaba se convertía en una muñeca desarticulada -le confesó a la reina Mab-.

La reina Mab ya no escuchaba; quemándose las manos contra el plástico ardiente de su taza de café, recordaba el calor oscuro de un sueño de una noche de verano de 1595, en que William S. la había reconciliado con Oberón, por medio de un encantamiento leve, de algunos recursos literarios y del pseudónimo de Titania. Oberón era envolvente como una marea, recordó, y sintió un estremecimiento muy parecido al escalofrío de frío y calor en que se convierte la piel sumergida en el mar; y entonces comprendió que, aunque era la reina de las hadas, no podía reconstruir la máquina del tiempo de H.G.Wells, ni podía ayudar a RubénDarío.

RubénDarío, mientras estaba siendo ignorado por su confidente la reina Mab, había emergido por un momento del estado de profunda melancolía, y se había puesto a escribir un extraño relato sobre una reunión en un ático bohemio.

Cuando terminó, la reina Mab seguía ensimismada; RubénDarío la imitó, en silencio. Al cabo de unos minutos, un murmullo se levantó entre los libros; al mismo tiempo, aunque a millares de millas de distancia mental, estaban recitando a F. Coppée:

Volupté des parfums ! — Oui, toute odeur est fée.
Si j’épluche, le soir, une orange échauffée,
Je rêve de théâtre et de profonds décors


Je me crois sur un quai parfumé de goudron,
Regardant s’avancer, blanche, une goélette
Parmi les diamants de la mer violette*

y si hubiesen estado más atentos quizás habrían comprendido el sentido de la literatura, pues los dos recitaban las mismas palabras en el mismo orden pero su significado no era el mismo”.

* ¡Voluptuosidad de los perfumes! Todo olor es hada. /Si abro, por la noche, una naranja ardiente,/sueño con el teatro y los profundos decorados; /…/me imagino en un andén perfumado de alquitrán, /mirando avanzar, blanca, una goleta/entre los diamantes del mar violeta.

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Afortunadamente hemos llegado a la penúltima parada; las puertas se abren y entra el frío flemático de noviembre; me inclino un poco hacia delante para recibir la mayor cantidad posible de moléculas de oxígeno; los cuatro respiradores respiran radiantes junto a la puerta; los tres errados se marchan; amanece; de pronto, veo la sombra del vehículo, y nuestras sombras enmarcadas por la sombra de sus ventanas, proyectada contra una hilera de cipreses apretados entre sí como temiendo el invierno; en verano estaban más distantes; en verano…, pero el autobús arranca y supongo que a partir de entonces el día sucedió normal, rutinaria, redundante y correctamente, porque ya se ha hecho de noche y… nada más.
Una brisa helada me roza los párpados para despertarme. Abro los ojos. Una sombra plana me mira fijamente y una sombra volumétrica me abraza: todo irá bien, dicen, ahora que has despertado.

-Por qué?, pregunto.

-Porque tú tienes las luciérnagas.

En ese momento un universo hormiguea entre mis manos. Bajo la vista, me pregunto qué ha sido de mis guantes; en su lugar, un enjambre de escarabajos dorados se pasea en la bóveda hermética formada por los dedos, transformados en nervadura arquitectónica.
-Separa más las manos-, lo hice, y los escarabajos se convirtieron en luciérnagas encendidas y opalescentes.
-¡Luz! –exclamaron al unísono.
Volví a levantar la vista; las luciérnagas doraban la intimidad de nuestro enclave, dejando todo lo demás en una oscuridad densa pero impalpable. Como nos veíamos las caras –relieves uniformes en claroscuro- hacía menos frío; el aire, al templarse, se había hecho menos aséptico, y un extraño olor llegó hasta mí: oleaginoso, esmeralda, quedo.., era un olor que olía a lluvia y a hierba recién cortada, a frutos secos, a vacío, a resina derramándose en un molde, a libro, a jardín almizclado: cipreses; y sobre ellos, nosotros, diez u once sombras de pasajeros de autobús, alter egos de lo que un día fuimos, de lo que aquella misma mañana todavía éramos –mentes de carne y hueso esperando llegar a su destino-.

Ahora solo tengo perfil, un perfil sin piernas, aunque tampoco tengo prisa ni siento impaciencia, dolor o miedo.

-Cupressus sempervivens- recitaron repetidamente, todos a la vez, como si lo hubiesen hecho durante siglos-. Pero no era una salmodia mágica, sino un mecanismo de defensa, cantaban el nombre latino del ciprés porque era lo único que, pensaban, podría servir de algo.

Me dejo llevar por el sueño placentero de la simpleza existencial hasta que súbitamente comprendo la llaneza insoportable de mi nueva vida y deseo con todas mis fuerzas regresar a la hora de madrugar o a la hora del insomnio.
-Deseo que ésto sólo dure hasta el amanecer.
-Silencio- me contestan las otras sombras al unísono- si lo dices en voz alta…

 

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No habría sido demasiado temprano si hubiese estado en un tren camino de algún lugar más frío que éste. Era demasiado temprano porque estaba en un autobús, mirando nerviosa el reloj y comparando sucesivamente mi percepción del tiempo, la hora real y la hora potencial a la que había de comenzar la primera clase.
Durante un viaje en autobús se crea un microclima y una sociedad paralela, aunque efímera e intangible porque en cuanto empezamos a familiarizarnos con los rostros y sus costumbres, todo se desvanece: última parada, dispersión como hormigas a la llegada del oso hormiguero del relato de terror. Pero precisamente, ese anonimato, y esa transitoriedad, es lo que permite que nos observemos un poco unos a otros, por detrás de las gafas, de los libros, de las bufandas. Es posible que, más que intuir, más que aprehender, imaginemos a los otros, en mayor medida que en un contexto más dinámico.
Balanceados por las ondulaciones sísmicas de la máquina del espacio, había tres personas impacientándose: los tres, igualados por el error –por haber entrado en el autobús equivocado o por haber pasado su parada-, llevaban un abrigo azul cyan que resaltaba su palidez, y sus seis manos bailoteaban en los bolsillos; a través del tejido, jugaba a adivinar unas viejas entradas de cine, un pañuelo-memorando más ornamental que práctico, lápices miniaturizados y mordidos, caramelos de menta, papel garabateado, libros prestados, botones, ansiolíticos, hojas secas, polvo, tierra.
Agarrados a las verticalidades rojas cerca de la puerta, cuatro desconocidos unidos por la necesidad de aspirar grandes bocanadas de aire frío, que penetraba el autobús como la luz de un ascensor cuando por fin se abrían las puertas.
Amontonados en todos los rincones, grupos hilando despreocupadamente conversaciones matutinas que versaban sobre estadística y poesía, sobre el tiempo y el ansiado olor a café, sobre los hábitos mecánicos y las aversiones irracionales de la hora del despertar.
Mientras tanto, dejo vagar la mirada y el oído, captando inesperadamente esos fragmentos de conversación durante los silencios del hilo musical, mirando como si fuera un paisaje el murmullo de los amantes sentados frente a mí, apretando una contra otra mis manos enguantadas, hasta que la mezcla de sueño, calefacción y lana eleva un calor casi febril hasta mis mejillas.
Afortunadamente ya hemos llegado a la penúltima parada.

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Le déjeuner des canotiers, Auguste Renoir. Fuente: wikipedia
No voy a hablar de Renoir, aunque ha sido mi pintor preferido en la adolescencia, aunque su pincelada es inimitable, aunque haya pintado lienzos no impresionistas en sus ratos libres.
Voy a hablar de mi escritorio, o mejor dicho, de debajo de mi escritorio.
Lánguidamente sentada frente al ordenador, dejo que mis manos bailoteen sobre los bolígrafos, las teclas, el ratón, completamente ajena a ellas. Viajo sin moverme de la silla a una ciudad llamada Octopus -eso me pasa por inventarme ciudades-, pero algunos aspectos no encajan con los personajes A y B, y no empiezo a escribir nunca. Es decir, no empiezo a escribir en este minuto, ni en el siguiente, ni en el siguiente, ni en el siguiente. Tal vez en el siguiente.
Como mi yo material está abandonado a su libre albedrío, una pierna se balancea sobre la otra y de pronto clong (u onomatopeya similar): vuelvo a la realidad, intrigada.
En el suelo está la cuerda, abandonada y agonizante hasta que dentro de unas horas vuelva a anestesiarla con la aguja que sostiene el violonchelo; tiene un asa metálica: el ruido que me ha despertado al fin se explica. Regreso a Octopus, y al cabo de unos minutos, clong (u onomatopeya similar). Compulsivamente ociosa -o mejor dicho, ávida por desviar un momento la atención del capítulo 11-, levanto la cuerda: tendré que pasarle un trapo porque tiene trozos de pintura…, e inmediatamente me pregunto porqué; me asomo debajo de la mesa y observo. En un primer instante, nada. Después, reparo en una grieta geométricamente correcta, cuadrangular, regular, levemente estriada como un cardiograma, pero sólo levemente, alrededor de una baldosa naranja del zócalo. Acerco lentamente la punta de la sandalia, y golpeo: clong (etc).
No puedo evitar recordar la escena de la película “Amélie”, en la que deja caer el tapón de su colonia, que va a rodar contra un azulejo y lo levanta, y ya saben lo que sigue.
Analizo la situación:
a. sabiendo que esa baldosa lleva sujeta entre mi pared y otros azulejos con una argamasa doméstica que ya ha aguantado cien o ciento y cincuenta años, detrás puedo encontrarme con:
a1: un esqueleto de rata, de araña migala, de muñeca de porcelana, es decir, nada demasiado útil y sobre todo nada demasiado agradable
a2: un puñado de rubíes o, mejor, un diario, un montoncito de cartas o de fotografías. A saber…
Ya encontré en casa hace muchos años un colgante verde con flores blancas insertadas y con iniciales que concordaban con las mías en cierta manera. También encontré algo que había perdido en esta ciudad hace veintiún años, en unas esporádicas vacaciones, pero esa es otra historia.
b. es posible que en el interior no haya nada, salvo:
b1: polvo
b2: telarañas
b3: espacio, donde pueda guardar algo que alguien encontrará dentro de otros ciento cincuenta años y entonces no habrá balanceado en vano sus piernas contra el zócalo.

Sin embargo, existe una tercera posibilidad: independientemente de lo que haya en el interior, es decir, objetos tipo a o circunstancias tipo b, podría simplemente no levantar la baldosa: así contendría para siempre lo que yo quisiera imaginarme -y lo que cada uno de vosotros quiera mientras dure la lectura-, y así guardaría esa sensación de víspera o de regalo no desenvuelto guardado en un cajón.
Claro que es sólo una tercera opción. Cito el guión de “Amélie”: “Les temps sont durs pour les rêveurs” (son tiempos difíciles para los soñadores).

Decidme: ¿levanto la baldosa, o no?

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Ya me había dado cuenta de que la infancia había terminado para siempre; cosas como la facultad, y luego otra vez la facultad, y antes el colegio de los ladrillos grises y rosas con ascensores metálicos como máquinas de entretiempo, y mucho antes los giros inesperados que toman las familias y los viajes al fin del mundo, me habían hecho sospechar que en algún momento había dejado de ser inmortal.
Se confirmó en cierta manera, desde la eminencia de los hechos, releyendo El principito y su dedicatoria a León Werth, y leyendo Alicia en el país de las maravillas con un lenguaje casi élfico de tan extraño y tan comparatista, con el que enfrentaba la historia de Carroll a un espejo en el que se reflejaba el teatro del absurdo de Ionesco, Beckett y Anouilh.
De hecho ya me había dado cuenta de que mi infancia estaba potencialmente muerta, una noche, a los cinco años más trescientos sesenta y cuatro días, cuando atravesó mi mente la grave convicción de que el tiempo pasaba, constantemente, sin descanso; y, muchos años más tarde, me pareció que se esfumaba sin remedio el día que a mi primo Patrick le avergonzó su imitación de la pantera azul, y que entonces mi prima Marie nos dejó en nuestra confusión para ir a ‘hablar con los mayores, que dicen cosas interesantes’, y volví a sospechar la primera vez que la tarde de un domingo fue larga y oscura como la cueva de Polifemo, igual que aquella última tarde a la orilla del mar, rodeada de los rostros infantiles de siempre, ocupada en la última partida de esos juegos miméticos que nos hacían evadirnos planeando el futuro. Pero qué sucede cuando el futuro llega…
“Il n’est de vrai château que de sable, de temps heureux que celui que l’on perd” Anne-Lou Steininger: el relato que termina así -y que no está traducido, de modo que no puedo dejar un enlace- habla de un castillo medieval e inmenso, pero al final uno descubre que no tiene nada de pétreo ni de histórico sino que es un efímero castillo de arena. Leyendo esta cita, “Es cierto que no hay verdadero castillo que no sea de arena, y que los tiempos felices son aquellos que perdemos”, la eminencia del paso del tiempo y del final, ya caduco, ya perdido en la noche de los tiempos, me ha devuelto uno de esos pasajes de la infancia que esperan días mejores en la trastienda de la memoria: había una vez en un lugar apartado del bosque, rodeado de ciudades y autopistas, un anciano periodista, una especie de Tintín de carne y hueso, que vivía con su mayordomo en un gran castillo. En realidad, el castillo no era demasiado grande pero en la mesa había un torno sobre el que giraban delicados platos con diferentes clases de pan y salsas sinestésicas, y en la pared había un Matthey, media escuela de Venecia y vitrinas llenas de polvorientas figuras. El anciano irlandés contaba con voz queda historias de viajes, historias que escuchaba atentamente aunque años más tarde supe que el personaje era exclusivamente anglófono: he aquí el misterio de la infancia, que descodifica lenguajes crípticos y hace que se entiendan idiomas que luego no se recuerdan y, de paso, entender cosas que luego no se volverán a comprender (como la astronomía y la noción de infinito).
Guardo un nítido recuerdo de aquellos almuerzos a los que me llevaban mis padres, pero las palabras se me escapan, convirtiéndolo en algo parecido a un espejismo. Pero como Samuel Taylor Coleridge se despertó con una flor en la mano, yo tengo en alguna parte de mi caótica casa, dos pruebas, a saber: un buho de fieltro marrón, geométrico y muy serio, y un Arlequín que entonces era tan alto como yo, veneciano, verde-naranja-amarillo, terciopelo negro, mirada triste… juguetes de adulto que llegaron a mí sin envoltorio ni etiqueta, rodeados de una aureola de misterio.
Pero la infancia se volatilizaba a cada segundo…, mientras el cuerpo se construye y crece como una fortaleza, los órganos, las células, el rostro y las ideas, al mismo tiempo la mente se sumerge inconscientemente en el abismo de lo efímero, del futuro cuyo envoltorio se rasga hoy y no mañana ni ayer, detrás de una cortina de humo en que hemos de ser ahora o nunca, en que no tenemos tiempo de rendirnos, en que he de practicar el chelo ahora mismo o fracasar, escribir lo imposible, intentar que cada día cuente. El calendario se ha rendido a la mortalidad.

Epílogo:
De todas formas estoy convencida de que todos hemos tenido conciencia de nuestra identidad desde que tenemos uso de razón o, incluso, uso de memoria, así que con el paso del tiempo no perdemos existencia sino que ganamos experiencia.
Además, todavía acabo:
1. ladeando la cabeza cuando miro hacia el mismo punto durante un tiempo
2. abrazándome a la almohada en cuanto me duermo
3. buscando la misma clase de luces, de estética, de papel pintado
4. prefiriendo la lasaña y las gominolas con forma de corazón
5. pensando en las ideas de ‘infinito’, de ‘causalidad’ y ‘casualidad’ y de ‘refugio’ tal y como las percibía entonces
etc.
Con el tiempo tuve que convencerme de que no se queman etapas al dejar que pase el tiempo, sino que se acumulan, porque no ha habido ninguna interrupción material que separe un estado de otro sino una evolución continua, de la misma manera que el Renacimiento no comenzó exactamente un uno de enero. La nostalgia se nutre del pasado, como una planta saprofita en el caso de que el recuerdo martirice a su portador, como un bálsamo purificador en el caso contrario; la nostalgia es un ejercicio de estilo de la memoria; porque no, no me gustaría volver atrás…, claro que en el campo de lo imposible es inútil conjeturar hipótesis.

Dijo Tzvetan Todorov en Contra los abusos de la memoria, que “la vida está perdida frente a la muerte, pero la memoria gana sobre la nada”.

Son cosas en las que todos pensamos y me gustaría conocer vuestras impresiones. También les invito a hacer su propia lista…

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