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Archivo de la Categoría “linterna trágica”


Nunca pensé, cuando abrí mi primer blog hace un par de años, que mi afán por experimentar con este formato terminaría, que dejaría de necesitar expresarme a través de esta ventana.
Ahora me esperan otros horizontes textuales, así que prefiero apagar la linterna. Un abrazo inmenso para todos aquellos que me han leído: seguimos en contacto en vuestros blogs.

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Nada que decir, salvo que, dicen, las niñas grandes no pueden permitirse una lágrima. Que esperar fumando vaho de primera hora al pie de un monumento hace que te encuentres de bruces con japoneses armados de cámaras digitales. Que saldré de fondo de pantalla en sus fotografías improvisadas y apresuradas, como la minúscula sombra vestida de negro, que esperaba por vocación, porque el domingo la ciudad está quieta como en las postales que la retratan. Este frío me abraza como un abrazo. Ce froid m’étreint comme dans un écrain. I, I can stand under my umbrella.
Las cosas no van mal, en mi otra vida tengo una mansión junto al lago de Constanza y por la mañana desayuno zumo de naranja de mis propios naranjos. No pido mucho más en cuanto a lujo se refiere, no pido Chanel nº5, mi vieja ropa de Dior descansa en naftalina; no pido una nariz de porcelana. Pido un invierno frío a la sombra de un libro, y a la sombra de diciembre. Una primavera que refleje en sus paredes toda esta luz que acostumbro a acumular en la memoria cuando duermo. La lluvia cae como una cortina de vapor; la ciudad húmeda me recuerda el fondo del mar que un día conocí, el mar salino y tormentoso que acostumbraba a susurrar mis noches. Mar que se hizo tormenta barroca y dulce et procella est, ‘y se hizo la tormenta’, es decir, la revolución, la metamorfosis. Y mis manos acariciando Bach; y mi mente tejiendo mi novela, la que no he escrito. La que no se dice ni se ve, ni se siente.

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Siento que tengas que leer esto, porque no pretendo que te sientas mal. Daño no te hará, pero de todas formas quiero que conste que eres la persona que menos querría dañar en todo el mundo. Frase tópica supongo, pero lo siento realmente así. Por eso de hecho me callé durante tanto tiempo. Por eso no te hablé enseguida de sentimientos, por eso después de haber hablado no renové mis votos, por eso guardé silencio. Por si acaso no era el momento. Por si acaso te hiciera daño la idea del amor.
Tengo que llorarte; es un proceso emocional y fisiológico que esta vez tengo que pasar sin saltarme ningún ciclo, yo que antes no tenía la lágrima demasiado fácil; y cuando me duermo exhausta y ahogada entre mis trenes de perlas y lágrimas ya silenciosas y parsimoniosas, lentas y cálidas como el placer vuelto del revés, al despertar no hay otra manera de calmar el dolor si no es llorándote escribiendo. Escribiéndote tengo que llorarte entero, desde la primera voluta irregular en tu cabello hasta el último pensamiento que has compartido conmigo. Tengo que llorarte, empezando por tus estallidos de risa, que en mi cuerpo-ánima siempre producían una revolución de gloria. En mi vida que ya estaba tan llena no viniste a darme la luz, sino a intensificarla hasta la euforia. Y ahora tengo que llorar tu risa, no puede haber una paradoja más inmensa.

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No fue rápido, pero sí por descuido, así que me marché de camino al Hades libre de toda culpa. Cruzaba la calle, sonó esa canción, me detuve una milésima de segundo y un tranvía hizo el resto. Al menos, un tranvía era lo suficientemente poético, de modo que agradecí que no me hubiera matado un autobús o un taxi. Aunque a veces me digo que quizás había sucedido antes, mucho antes, mientras dormía, sin que me diera cuenta; quizás estuviera muerta hacía mucho pero, ciega y cegada por la luz de la vida, no había sabido comprender lo evidente.
En todo caso el episodio del tranvía ya había de arrancarme del mundo sin remedio. Así que morí definitivamente y huí a una biblioteca; no era el sitio más apropiado que podía haber elegido, pero tenía tanto tiempo por delante que me pareció lo más lógico. Desde la sección de prosa neoclásica y ensayo llamé a Ángeles; su nombre, en semejante trance, sí que era apropiado. Fue la primera en enterarse de mi muerte. Fue, comprobé después de una decena de llamadas, quien se lo tomó con mayor naturalidad:
-¿Por qué no has ido a clase?
-Porque los muertos no salen a la calle.
-¿Estás muerta?, ¿cómo es que no me has invitado a tu entierro?
-No lo sé, acaba de suceder. Quiero una corona de crisantemos. Como no traigas una corona de crisantemos no aparezcas por el cementerio - dije muy seriamente, pero rió y colgó risueña, seguramente de camino a la floristería, como una moderna Señora Dalloway, no tan fúnebre como comprensiva.
Estuve leyendo durante varias horas hasta que por alguna razón tuve que huir del olor azucarado de los libros. Me asomé al portal de la biblioteca. Tenía mucho calor. Tenía las manos calientes, me arranqué el abrigo de golpe y, simplemente, aspiré el invierno.

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Al cabo de cuatro días dejé de llorar físicamente. Me desperté sola en mi habitación, un silencio terrible se cernía sobre mí, pero en aquel momento estaba tan vacía que la luz me atravesaba y me hacía temblar de frío y calor. Me acordé de aquella profesora que decía que las esculturas estaban hechas de huecos y vacíos, y de lo estúpido que me pareció entonces; y aquella mañana, diez años después de aquella clase de historia del arte impartida un jueves de febrero -la memoria de Funes (¿to?), Borges, no me habría torturado más que la mía propia-, yo era una escultura hecha de huecos, yo era el beso de Rodin pero sin beso: un nuevo alter ego mirando al vacío, en proceso de reconstrucción. Cerrado por obras, modelando universos nuevos con la arcilla blanca del dolor emocional.

Es curioso como el mundo intenta, aunque no lo logre, reequilibrar las cosas, como si aquello del yin y el yang fuese cierto. Unas semanas antes, J. me había dicho, precisamente la noche antes de una de mis primeras caídas hacia la verdad de las cosas, que no sabía cómo decírmelo…, ni siquiera por messenger, decía; y yo, como por mi parte me había declarado, un cinco de julio, a otro hombre pero también por messenger -no fue tanto por cobardía como por falta de voz; la emoción nunca antes había sido tan intensa-, entendí cual iba a ser su dolor al ver mi no impreso en la pantalla. La letra, con sangre entra. Hace tan sólo unos días lo vi sumergido en lágrimas, y llegó a decirme que lloraba porque le dolía mi dolor aunque fuese ajeno a él mismo.

Entretanto A. reapareció en mi círculo social diciéndome que en aquella época -hará algo más de un lustro- mi piel era rosa como mi jersey, que aún parecía una diosa olímpica (ay) y que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos (Neruda -Es mi favorito.-Ya lo sé.). Pero, continuó, ya sabes que tú eras mi Florie (no, no lo sabía), tu eras la chica con la que me hubiera gustado llevar una relacion intensa, prolongada de amor. ¿Lo nuestro qué fue?, me preguntó después de un silencio. No lo sé, dije, dímelo tú. Me contestó literalmente que habíamos sido dos hojas al viento que el otoño había unido; y probablemente aquel verso improvisado era lo que mejor definía el recuerdo de nuestro amor truncado por nosotros mismos, por nuestra torpeza y excesiva juventud, años atrás.
En tercer lugar, una petición de matrimonio, no perpetrada por J. ni por A., sino por A2., probablemente no demasiado fundada ni sentida, vino sorprendentemente a adherezar todos esos excesos; el yin y el yang se estaban excediendo; mientras tanto, mi dolor por el amor no correspondido seguía evolucionando, entre la paz del que espera resignado y la angustia de las espinas rodeando mi sagrado corazón.

Después vino la gran caída: el enfrentamiento cara a cara con la verdad.

Al cabo de cuatro días dejé de llorar físicamente. Me desperté sola en mi habitación, un silencio terrible se cernía sobre mí, pero en aquel momento estaba tan vacía que la luz me atravesaba y me hacía temblar de frío y de calor. Coincidió que él se marchó unos días. Alternativamente, me encerré al aire libre y huí en los libros, con todo el dolor del rechazo quemándome la piel y, en contraste, el estupor de aquella acumulación de declaraciones de amor burbujeando en alguna parte de mi cabeza; pasaron unos días hasta que él regresara y, sin decir una palabra, me enviara una fotografía: una imagen que lo retrataba, con una sonrisa seria, aparentemente triste, seguramente tímida y concentrada en el objetivo de la cámara, inclinándose hacia un lado de aquella manera tan suya, delante de una estatua que se me antojó con nombre de beso, esculpida por un hombre que, aunque él no lo sepa, nos une en un recuerdo, o incluso varios. Siempre regresan estas esculturas, cada tanto tiempo, marcando mi trayectoria; frente a aquella instantánea de su Historia personal, incapaz de adivinar sus pensamientos, lo miré rodeado de esos inmensos labios como en un sueño; una voz habló en mi cabeza a pesar del dolor, a pesar del desengaño, a pesar de saberlo en otros brazos, una voz en mi mente susurró te quiero.

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